Doris Villar
Doris Villar
Miguel Villegas

Por Miguel Villegas

El primer viaje internacional de un periodista es un premio a la constancia. Es un galón. Es, también, una responsabilidad: no va Juan Pérez a secas, viaja Juan Pérez de El Comercio, en que este caso es un equipaje pesadísimo, demasiado diría, que obliga a repensar cada decisión, cada paso, cada pregunta para la nota. Sin subirse al avión ni buscar el pasaporte, estoy absolutamente seguro que desde hace más de 30 años, Doris Villar sabe al detalle cada viaje de cada periodista. Cada segundo de pánico, cada hora exacta de vuelo, cada terminal de bus que te lleva, en Barajas o el John F. Kennedy, al hotel que ella ya googleó.

No miento si digo que, esa vez del 2009, cuando yo nunca había pasado Migraciones, Doris Villar tenía todo claramente calculado.
Por razones que no convienen recordar –mi impericia y mis dudas-, olvidé los pasajes en print en uno de los cajones del diario. Era una época sin Whatsapp ni Facebook, donde todo se controlaba bajo la vigencia de un papel impreso y cualquier llamada por rpm. Una hora antes de llegar al counter, y cuando mis dos compañeros –Germán Falcón y Ángel Pilares- ondeaban felices sus pasajes, recordé que nos los tenía y en ese instante de pavor no se me ocurrió llamar a nadie que no sea Doris. No tenía idea de cómo resolverlo ni de cuál podría ser la salida, pero la sola sensación de que a la hora en que la mitad de periodistas se van a casa, Doris tiene los ojos despiertos y el teléfono en la mano, me calmó. No le lloré, pero casi. No le pedí nada, pero me salvó.

-Dame 30 minutos que tomo un taxi y te llevo los pasajes.

Ella llegó al aeropuerto en el primer station wagon que encontró y, como si los millones de pendientes que tenía en la oficina no fueran suficientes, o sus hijos no le preguntaran qué rayos hace en el aeropuerto a las 10 de la noche, Doris Villar tuvo aun la sabiduría inmensa de tomarme la mano y decirme, como si fuera mi mamá:

-Anda con cuidado, papito. Dios te bendiga.

Cuento esto maravillado. A mi familia; a la familia que son los viejos periodistas de El Comercio, a la familia que ya serán los jóvenes muchachos que acaban de llegar a El Comercio. A todos los que, en distintas circunstancias y bajo condiciones en las que cualquiera miraría para otro lado, han vivido una escena parecida con Doris, han recibido como un abrazo no solo su diligencia, su astucia, su trato, o su salida ante un problema laboral. Un abrazo desde su sabiduría, que me ha tocado increíblemente y que hoy que se va no solo voy a extrañar sino a admirar.

En tiempos en que nadie piensa en nadie, Doris Villar ha pensado por cada uno de nosotros. Sabe dónde está la luz de la Hemeroteca, sabe quién administra las tintas de la impresora, sabe quién firma los documentos importantes, sabe quién vende el café más rico, sabe cuándo pagan. Sabe dónde estamos de vacaciones, sabe qué camino tomar para llegar más rápido, sabe escribir a máquina, en la pc, en el Smartphone.

Y sabe, sobre todo, decir siempre que sí. Eso, me parece, es todo lo que uno necesita saber para llegar aquí a El Comercio y no detenerse.

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