El Barza, una caricatura de sí mismo. (Foto: AFP)
El Barza, una caricatura de sí mismo. (Foto: AFP)
/ JOSE JORDAN
Jorge Barraza

Se gana y se pierde, se juega bien y mal, también regular; el patentó el sábado de la semana pasada ante el Valencia una nueva forma de actuar: ridícula. Tuvo el 65% de posesión de balón, hizo cerca de mil pases, casi todos hacia atrás o a los costados, un modo no ya desabrido y timorato, sino absurdo de jugar, de este a oeste en lugar de sur a norte, tal como corresponde. Como si dos boxeadores estuviesen complotados en un tongo, solo que el Valencia no se sumó a la zoncera, toda vez que pudo atacó a fondo, ganó 2-0, le anularon un gol legítimo y tuvo varias más para aumentar. El único que verticaliza en el cuadro catalán, como siempre, es , quien remató once veces al arco, aunque sin su habitual eficacia.

Fue, quizás, la peor actuación del Barza en 12 años. Incluso más que en la derrota ante el Liverpool 4-0, pues allí la catástrofe fue básicamente defensiva, Piqué y compañía parecían zombis. También en Valencia lo semejaron, con el agravante de un mediocampo y una delantera de burocráticos en el que Arthur, Rakitic, Griezmann, De Jong, Ansu Fati, Jordi Alba resultaron exasperantes con sus cientos de pases en línea descendente. Deben existir pocos tópicos más enervantes en el fútbol que una sucesión interminable de toques para atrás. Estamos hablando de jugadores contratados en decenas de millones y que cobran obscenidades. Griezmann costó 135 millones de euros (más gruesas comisiones para su padre, su hermana, su agente y etcétera). La masa salarial del Barcelona es la más alta del fútbol.

Ya venía el equipo azulgrana de una noche inquietante por Copa del Rey ante UD Ibiza, peregrino de la Segunda B. Imprescindible aclarar que la Segunda B es la tercera categoría, que además cuenta con 80 equipos. O sea, una Primera C tirando a D. Ante ese Ibiza, sin Messi, perdía 1-0 y su primer disparo a puerta fue al minuto 67. Luego ganó 2-1, pero quedó un mal sabor de boca. Y tres días antes, en el debut de su nuevo técnico Quique Setién, había vencido lastimosamente al Granada 1-0 con un gol inventado y definido por Messi. Esa tarde había realizado 1.005 pases, y de ellos apenas 203 hacia adelante, tampoco muy profundos.

Messi en el Barcelona. (Foto: AFP)
Messi en el Barcelona. (Foto: AFP)
/ Alberto Saiz

La derrota ante el Atlético de Madrid por la Supercopa (injusta, sea dicho también, mereció golear) supuso el despido del técnico Ernesto Valverde, una decisión que dio pie a la contratación de Setién, un fundamentalista de la posesión. Como si tener el balón todo el tiempo, inútilmente, fuese jugar bien. Setién ha dirigido un poco de clubes chicos (su cumbre ha sido el Betis) y se encontró inesperadamente con que le nombraron capitán de un transatlántico. Debió reconocerlo al final del juego: “Hemos dado muchos pases sin sentido”.

Barcelona perdió la punta de la Liga. Quién sabe si la recupere. Pasó a ser una caricatura de sí mismo. La posesión, que fue un emblema y orgullo del barcelonismo, es ahora motivo de burla por su esterilidad, al punto de ser cuestionada como sistema. El fútbol es el síntoma, el mal viene de arriba. La desfiguración del estilo, de la imagen deportiva impecable del club, es obra de los fallos frecuentes de su directiva.

Pep Guardiola se fue casi huyendo; le birlaron a Neymar; dejaron ir a Dani Alves sin tener sustituto en la banda derecha; el equipo se fue envejeciendo; Carles Puyol rechazó la oferta de ser director deportivo, cargo por el que han desfilado varios nombres y todos se fueron mal, el último, Pep Segura, autor intelectual de la compra de Coutinho. Xavi acaba de decirle “ahora no” al Barcelona, el amor de su vida, por lo cual debieron contentarse con Quique Setién. La Masia, que había ganado fama mundial con los productos servidos a la Primera –Puyol, Xavi, Iniesta, Messi, Busquets, Piqué, Jordi Alba– no volvió a surtir ningún crack, apenas el correcto Sergi Roberto y dos chicos que asoman, pero que aún deben confirmar: Ansu Fati y Riqui Puig. En cambio se dejó libre al japonés Kubo, hoy en Mallorca aunque perteneciente a los registros del Real Madrid, de muy promisorio futuro; se fue Adama Traoré, una de las revelaciones de la Premier League, en el Wolverhampton.

Y lo peor, se fueron comiendo los mejores años de Messi sin rodearlo adecuadamente.

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