Klopp: "Lo urgente y lo importante", por Jerónimo Pimentel
Klopp: "Lo urgente y lo importante", por Jerónimo Pimentel
Jerónimo Pimentel

Uno de los actos más difíciles de dominar en cualquier deporte consiste en determinar cuándo uno debe retirarse. En realidad, en cualquier proyecto, actividad, trabajo, arte o disciplina. El atleta encuentra numerosos motivos que le impelen a mantener su estatus y evitar el cambio, la jubilación, el paso al costado o la búsqueda. Se entiende por qué: todo deportista es una máquina de detectar estímulos. El boxeo, por su falta de metáfora, ha hecho de esta duda una maldición, con tono de fábula y moraleja. 

Existen beneficios pasivos, como la inercia o la tentación de la estabilidad emocional y económica. También, incentivos intrínsecos al carácter del campeón, como el ímpetu de quien se cree capaz de revertir un traspié, el recuerdo de un pico alcanzado o el reto competitivo de volver a escalar lo que ya se ha domeñado antes. Todo ello nubla la visión y detiene la mudanza, así esta sea evidente. La perturbación y la comodidad coinciden, cada una con sus atractivos, para que los cambios internos no produzcan movimientos externos. 

La gran noticia deportiva de la semana pasada es que un entrenador excepcional, , ha tenido la lucidez suficiente para entender que su momento en el ha terminado. Es esta una verdadera revolución silenciosa. Klopp no solo catapultó a una generación sobresaliente, la de Götze, Reus y Hummels, al primer nivel futbolístico (todos son ahora campeones del mundo), sino que lo hizo a través de un juego fresco, atrevido y popular, una línea que buscó fusionar la tradición de orden táctico alemán con el fútbol total hispano-holandés representado por el Barcelona. No es superficial decir que parte del éxito del proyecto de Löw tiene que ver con cómo sus ideas a nivel de selección tuvieron a nivel de club un correlato cómplice. Ello permitió que el Dortmund pueda retar al enemigo de siempre, el Bayern Múnich, a la vez que llenaba estadios (ningún equipo europeo lleva tanta gente a las tribunas como el BVB) y cosechaba títulos (dos Bundesliga). 

Solo el largo plazo permite traducir ideas en juego, proyectos en títulos, identidad en estilo. El paso de lo abstracto a lo concreto es acumulativo y diario, pero los efectos solo se distinguen cuando se abre el lente y el paisaje, labrado en el detalle cotidiano, se muestra panorámico, magnífico. A Klopp le tomó 7 años resucitar a la escuadra que Matthias Sammer llevó a la gloria en los noventa. En un momento, la mejor forma de sostener ese edificio era salir de él. Diego Simeone tiene cuatro años en el Atlético de Madrid. Hace unos días firmó contrato por cinco más.

La ampliación del vínculo sorprende, pues estas costumbres, hasta hace poco, se tenían como muestras de pintoresquismo británico (Ferguson, Wenger). No lo es. Simeone, premunido de esa idiosincrasia llamada “cholismo”, donde la actitud combativa es tan importante como la distancia en centímetros que separa la primera línea de volantes de los centrales, se ha convertido en héroe y símbolo de una institución de la que es arte y parte. Esta simbiosis le ha permitido retar el duopolio del Real y el Barza, convirtiéndose en una opción, entre modesta y achorada, que cierra perfecto con la imagen de un club que ya había encontrado en los migrantes latinos su nicho identitario. Simeone ha sido capaz de convertir esa comunión en una forma de entender el fútbol y esa alianza se ha formalizado con un matrimonio tan largo como natural.

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