La celebración de la selección 'vinotinto' luego de la histórica clasificación. (Foto: AP/AFP)
La celebración de la selección 'vinotinto' luego de la histórica clasificación. (Foto: AP/AFP)
Miguel Villegas

Lo que no hacen los adultos por , lo están haciendo estos niños Sub 20. Ser felices, nada más.

UNO

Yeferson Soteldo tiene 19 años y es el 10 de la selección Sub 20 de Venezuela. Por número y por juego, es crack. En 22 días cumplirá 20, tiene un hijo y algún día será millonario. Mucho antes de que Marcelo Gallardo preguntara por él para llevarlo a River -mucho antes-, Soteldo tuvo que sortear a la pobreza: a los 13 años, figura del equipo de su esquina, no pudo ir a probarse a un club profesional por la razón más dolorosa e inevitable de millones de futbolistas: no tenía chimpunes. Conseguirlos para su mamá fue una tarea titánica pues en casa no había dinero más que para la comida del nene. No alcanzaba para nada más, después de vender frutas y verduras con su padrastro. Más hecho para la gambeta en espacio corto que el choque, más cercano a un Stalin Rivas que a un Rondón, su felicidad en las fotos de las agencias es la estampa sudamericana del momento. Es la belleza más grande que hay en un lugar donde conviven Maduro y las Misses. Nació en el segundo país más peligroso del mundo, solo para agigantar su biografía. Creció en un barrio cuya sola mención da miedo: 'El Muertico'. Ya es, claramente, un feliz sobreviviente.

DOS

Adalberto Peñaranda fue, por un día, más noticia que Messi. En diciembre del 2015, se convirtió en el jugador extranjero más joven en anotar dos tantos en un mismo partido en la Liga Española. Tenía 18 años de edad y 195 días. Dio la vuelta al mundo. El récord le pertenecía al mejor del mundo por lo que hubo decenas de periodistas indagando, preguntando. Y agentes, claro. Esa fue su carta de presentación.
Extremo por izquierda y fanático del coiffure, Peñaranda nació en el Vigía, estado Mérida, en una casa de deportistas. Su padre quiso jugar al fútbol pero no pudo. A los 14 años, entrenando en el campamento PAN que patrocina Polar en Venezuela con el objetivo de hacer una pasantía en el Real Madrid, su abuelo, Don Ugenio Rafael Maestre, le dijo que sería un crack. Como Soteldo, cumplirá 20 años a fin de mes y ya es un prócer venezolano a la altura de Leopoldo, con el perdón de todos ustedes. Lejano parece el día en que una bala perdida lo hirió en el muslo izquierdo, lo dejó en cama y casi apaga sus sueños.

TRES

Si no tuviera puesta la camiseta ‘vinotinto’, Sergio Córdova sería un muchacho venezolano promedio. Orgulloso de su país, avergonzado de sus gobernantes. Preocupado porque no tiene trabajo, porque no tiene comida, porque sus amigos se convierten en delincuentes. De las 28.479 muertes violentas registradas en 2016, 9.967 correspondieron a menores de 21 años y 854 a menores de 15, según el Observatorio Venezolano de Violencia (OVV). Córdova podría ser uno de ellos.
Pero no fue. Eligió un balón antes que una bala. De hecho, Córdova es el goleador venezolano en el Mundial Sub 20 que celebra como si fuera un agotado hombre de 90 años que ya lo ha visto todo: sin euforia pero con profunda fe. Con esperanza.
–Pido la paz para mi país, escribió, como la mano que también podría ser la del Papa.

En julio del año pasado, el muchacho Córdova se rompió el quinto metatarsiano del pie izquierdo. Lloró semanas enteras, con sus días y sus noches. Un año después, sus ojos siguen igualitos, mientras corre con libertad como si estuviera en su barrio de -vaya ironía- Calabozo, en el estado Guarico. Corre porque ya no tiene que escapar. Corre porque puede llegar. No te confundas si lo ves llorando en algún video de ESPN.