Jorge Luis Pinto: la emotiva carta a su querido Alianza Lima
Jorge Luis Pinto: la emotiva carta a su querido Alianza Lima

Jorge Luis Pinto escribió el Prólogo del Libro de Oro de Waldir Sáenz y el título de de 1997. Es un texto cargado de emoción y en el que recuerda lo que sufrió y vivió para conseguir ese campeonato que se venía postergando 18 años. 

El Libro de Oro de Waldir Sáenz está a la venta en Librerías Crisol y son relatos de dicha campaña escritos por el periodista de este Diario, Elkin Sotelo, con motivo de la despedida del goleador histórico de los grones en diciembre pasado. A continuación, un extracto de lo que el técnico colombiano escribió con el corazón. 

PRÓLOGO 
(Jorge Luis Pinto)

Yo era un técnico con muchas ilusiones. Lo soy porque mantengo mi esencia, pero en 1997 el mapamundi se detuvo en un país que solo me podía inspirar admiración y respeto por la historia hecha en Colombia y el espectáculo que significaba recordar a grandes maestros del balompié que dieron cátedra en la tierra de mis ancestros. ¿Lo pensé? ¡Claro que sí! Me invitaron al Alianza Lima y de solo escuchar tamaña propuesta mis fibras más profundas se conmovieron y algunas se manifestaban en contra por lo importante que era el reto. Un desafío extenso y atemorizante.

Quiero contextualizar. Era un momento en que las informaciones eran escasas si se quiere comparar al día de hoy. Había que levantar el teléfono, buscar amigos que puedan ofrecer un punto de vista subjetivo y tomar la decisión. No había posibilidad de ingresar a una computadora y tener un estupendo material para que el mundo al que se viajaba dejara de ser desconocido.

Casi dos décadas después, podría decir que enemigos gratuitos trataron de confundirlo todo. Lo natural era que dijeran que yo no tenía capacidad porque soñaban con tener mi cargo, pero instalaron una idea maléfica a través de una curiosa táctica que hoy puedo sustentar. Yo era el terrorífico entrenador que llegaba a ser un militar a Matute y los jugadores eran unos demonios capaces de superar a cualquier exorcista. Esas ideas se instalaron en los medios y quienes las consumimos por esos días perdimos mucho tiempo en aterrizar hacia la realidad.

Lógico, ese Alianza era un plantel virtuoso pero que también tenía carencias que le impedían ser campeón. Y a mí me llevaron para serlo. Llevaba algunos días de pretemporada en Matute y me encontré con hombres de exquisita técnica, pero con desórdenes de cultura táctica. Intentaba corregir y parecía que había una pared que me impidiera acercarme más al plantel. Claro, me habían estigmatizado como un militar obsesivo y enfermizo y los jugadores (algunos más que otros) lo creyeron y establecieron barreras.

Tengo claro en el recuerdo el 7 de marzo del 97. Me presenté ante el presidente Alberto Masías y le dije: “no puedo más, me voy”. Supuse que era suficiente para alejarme y sacarme el problema de encima. Solo mi Ángel de la guarda me decía que estuviera tranquilo porque sería respaldado.
Pensando en regresar a Colombia recibí el llamado del presidente y en la reunión con los jugadores recuerdo claramente el siguiente mensaje: “el último al que yo echaría sería al técnico”. Semejante respaldo me alcanzó para recuperar fuerzas y para que las barreras desaparecieran. El grupo empezaba a creer en el proyecto y yo en convencerme de que tenía a mi cargo una calidad de seres humanos inmejorables.

Cómo no voy a expresarme sobre Waldir Sáenz y su increíble forma de jugar que sería determinante para nuestro campeonato. Lo identifiqué de inmediato, tenía clase mundial. Como entrenador debía dedicarle tiempo a su entrenamiento y su disciplina fuera de él para que su respuesta sea la mejor. Cuando tomaba la pelota yo tenía mínimas preocupaciones. Había llegado a un punto en el que el equipo se ponía a su merced para que resolviera.

No hubiera querido que sea tan así, pero cuando tienes jugador como Waldir Sáenz, la táctica a veces es superada por el factor humano. Y un talento como Waldir era capaz de cambiar la historia de un partido con una locura e improvisación.

Empecé a darle libertad a Waldir en la cancha. No tenía posición fija en el frente de ataque y lo notaba cómodo y eficaz. Aunque todos los rivales lo tenían plenamente identificado, era capaz de sortear problemas y sacar recursos para salir airoso. Ya no era un jovencito, ya tenía buenos años en Primera y jugando por el mejor equipo del Perú, pero necesitaba el rigor de una persona que día a día le muestre el camino para quedar en la historia.
Me convencí de que seríamos campeones el 3 de mayo de 1997. Esa tarde en Matute recuerdo a Waldir intranquilo, con ganas de imponerse a Sporting Cristal que venía haciendo una excepcional Copa Libertadores con Sergio Markarián. El fútbol quiso que nos pusiéramos 3-1 en contra, pero Waldir mantenía su esencia de buscar el arco rival y me devolvía la confianza. Finalmente ganamos 5-4. Así comprobé que ese grupo de jugadores tenía una fibra hecha para sostener una campaña durísima.

Alianza alcanzó su mejor promedio en muchos años (no sé si la llegó a superar). Ganó el campeonato de punta a punta, nos hicimos dueños del Apertura y Clausura y Waldir no dejó dudas de su estirpe. Siempre tuvo a la prensa encima, siempre lo quisieron enemistar conmigo o con cualquiera, pero muy a tiempo entendió que solo había un objetivo por perseguir y que era su momento para trascender en la historia. Otros jugadores dejan pasar ese instante por vanidad, pero Waldir aterrizó en lo verdaderamente importante para su vida.

Este libro hace homenaje a la trayectoria de un jugador histórico. Porque sí, créalo, es histórico por cuanto se impuso a las más difíciles adversidades. Se impuso a un entorno desfavorable, a medios de comunicación dispuestos a exprimir su fama a todo costo por encima de conducirlo a la deportividad. Un chico de carne y hueso cuyos goles le traían más perjuicios que beneficios porque aumentaba la idea de un ídolo popular al que había que perseguir y al que no se lo había preparado lo suficiente para semejante desafío.

Pero Waldir ha terminado en pie.

Recuerdo Talara y esos minutos de confusión y algarabía sobre el final. Los mismos hacedores de fábulas e historias que nos enemistaban a inicios de año nos acercaron al abrazo. Tenían las cámaras prendidas para tal momento y se mordían entre sí por la mejor ubicación. Waldir y yo fuimos genuinos y nos agradecimos. No nos guardamos nada. Lloramos. Él era goleador y yo su técnico. Él la estrella y yo su entrenador. Él me respetaba por eso y yo sabía que su modelo me serviría para siempre en mi camino profesional. Y claro, fui el que más gritó sus anotaciones para mis adentros. Diría que los sigo gritando cada que me transporto a 1997 y me veo como protagonista de esos años maravillosos.

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