“Para quien escribe, ‘Triple G’ estuvo delante por tres puntos, veredicto que comparte la prensa especializada”. (Foto: AFP)
“Para quien escribe, ‘Triple G’ estuvo delante por tres puntos, veredicto que comparte la prensa especializada”. (Foto: AFP)
Jerónimo Pimentel

Saúl ‘Canelo’ Álvarez y Gennady Golovkin protagonizaron el sábado pasado una gran pelea de box opacada por un resultado polémico, de esos que han cimentado un sólido escepticismo alrededor de las maneras del pugilismo profesional.


Ambos luchadores, fajadores francos, buscaron el centro del ring y favorecieron el intercambio sin especular, algo que no resulta frecuente en estos tiempos. Golovkin, más persistente y eficaz, quizás demoró en lanzar golpes de poder, pero puntuaba bastante con el jab y pronto hizo daño en la ceja izquierda del pelirrojo.


El mexicano, por su parte, buscó la distancia corta para prevalecer en el ‘infighting’, donde se permitió probar la mandíbula del kazajo con uppercuts precisos. También se pueden identificar patrones tácticos en ambos: el euroasiático reservaba sus recursos para finalizar los rounds con predominio, mientras que el tapatío, cuando no lograba mantener la posición, dependía del contragolpe con distinto éxito.


El control del combate estuvo disputado y hacia el sexto asalto dos cosas quedaron claras. La primera es que, como en su primer encuentro, no iba a haber KO, por lo que la noche se convirtió en un ejercicio de resistencia. Lo segundo es que, como ninguno parece tener poder suficiente para doblegar a su rival, el resultado iba definirse por detalles e interpretación, un campo dudoso y, a veces, antojadizo.


Para quien escribe, ‘Triple G’ estuvo delante por tres puntos, veredicto que comparte la prensa especializada. Quienes vieron que ‘Canelo’ salió airoso en los asaltos difíciles de calificar, tuvieron empate en las tarjetas. Lo que poquísimos espectadores imparciales observaron fue un triunfo del mexicano, aunque dos de ellos sí, curiosamente, los únicos que importan: los jueces Dave Moretti y Steve Weisfeld (ambos dieron 115 a 113). Glenn Feldman, el tercero, marcó un empate.


El problema, luego, es el siguiente: para todos los involucrados en el pleito era materialmente beneficioso que Álvarez gane, en tanto se aseguraba un tercer encuentro, digamos, definitivo.


Golovkin sacrificó su invicto, pero obtuvo US$30 millones y una extensión en su vida profesional. Álvarez logró el título de los medianos, limpió su nombre luego del dopaje y se llevó al banco US$40 millones. La promotora Golden Boy se frota las manos. De ahí que lo primero que hayan comentado ambos contendientes haya sido relativamente amable. Uno: “Si la gente quiere una tercera pelea, la hacemos”. Otro: “Con las condiciones adecuadas, sí”. El drama estuvo sobre la lona.


¿Pero qué ocurre con el espectador? Se ve obligado a dudar de sí mismo. Tiene que aceptar que aquello que vio no fue así, que los golpes que contó no existieron, y que las sensaciones que lo emocionaron fueron producto de la ignorancia boxística o la necedad plena. También podríamos decirlo de otra forma: en Las Vegas, Nevada, se creó la posverdad.

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