Miguel Villegas

cumple 65 años pero debería tener 20, o menos. Sería más imprescindible que Paolo o Jefferson. Su importancia en la historia del fútbol peruano va más allá de los dos mundiales o el título sudamericano de 1975: fue el precursor de una posición –extremo por izquierda- que no abundaba en el continente y que parecía una rareza por su velocidad y disciplina, en un medio lento y burocrático. Cuando Oblitas atacaba los defensores zurdos no podían marcarlo, apenas perseguían. Y cuando se volvía lateral, cosa de tres segundos, tenía un orden tal que más de uno podía decir que el Perú de los setenta defendía con 5.

Tras salir campeón como jugador con la ‘U’ –el club del que es hincha-, migrar a España, mudarse a México y arribar a Bélgica, Oblitas dejó el fútbol para hacer docencia: se convirtió en un técnico exitoso con la misma inteligencia de su etapa de jugador. De Marcos Calderón aprendió el manejo de vestuario, de Roberto Scarone la frialdad para decidir estrategias y de Chale, el Niño Terrible, la manera de llegar a lo más íntimo del jugador. El técnico Oblitas fue importante no solo por los campeonatos con Universitario y Cristal –el célebre Tri-, sobre todo por la influencia que tuvo en los jugadores que luego se harían entrenadores, la llamada generación Francia 98: Chemo, Reynoso, Maestri, Pepe Soto, Cominges, Ñol. Todos, cobijados notablemente por el Ciego, que hasta en eso, fue uno de los mejores.  

Hoy, en su faceta de Director Deportivo, influyente a un nivel mayor y más macro, Juan Carlos Oblitas tiene la misión de extender todo eso que fue como futbolista y entrenador a un medio que nunca tuvo un proyecto en serio y a un fútbol como el peruano que, como la política, cree en el mesianismo. El último legado del Ciego debe ser la visión de que el Plan Qatar 2022 -hoy Plan Centenario- no necesite de un crack, de un gran entrenador o de un millonario dirigente. Depende de todos.

En eso está, hoy que cumple 65.