Nick Kyrgios, tenista australiano. (Foto: AFP)
Nick Kyrgios, tenista australiano. (Foto: AFP)
Ricardo Montoya

Periodista y psicólogo

@RMontoyaDes

“Lo contrario del amor no es el odio sino la indiferencia”. Esta es una sentencia popular entre los psicólogos humanistas. En esa actitud distante y pasiva de las otras personas respecto de nosotros, analizan los estudiosos del comportamiento, existe un mayor daño que en el desprecio o en el rencor. “Nos sentimos tan poco importantes que creemos que no somos siquiera merecedores de un insulto” y eso es una bomba atómica contra cualquier autoestima, declara la terapeuta Luciana Sabater. Mucho de eso es lo que hay en el alma de , un atribulado que, en otra de sus noches de plenilunio, prefirió el bochorno y el insulto a la despedida silenciosa de la derrota.

Youtube | Nick Kyrgios rompió dos raquetas e insultó al árbitro en el Abierto de Cincinnati | NCZD

Lo preocupante es que, más allá de los evidentes desajustes emocionales del irascible tenista australiano, hay una doble moral en los aficionados, que por una parte se horrorizan con sus desplantes y lo fustigan, pero por otro lado lo convierten en tendencia en las redes sociales. Bien lo dijo Rafael Nadal, estamos prestándole tanta atención a Kyrgios que estamos incentivándolo a continuar con estos escándalos absolutamente inaceptables en el deporte. En buen cristiano, si alimentas al monstruo, este crecerá robusto y fuerte.

La hipótesis de Rafa se confirma cuando se repara en que al principio de su carrera los exabruptos de Kyrgios eran esporádicos. Es a partir de algunas victorias importantes, de las críticas del público y la estigmatización de algunos colegas que advierte tristemente que su rol no es el de convertirse en el grandísimo deportista que podría ser, sino en el del “payaso que le estaba faltando a este circo”, Federer dixit.

Hace un par de semanas en su inexplicable obsesión por defenestrar a Novak Djokovic, Nick rayó con un plumón la camiseta de un admirador que tenía estampado en el pecho el nombre del serbio. Por si fuera poco, al hacerlo le envió un provocador mensaje al número uno diciéndole “esto es lo que pienso de ti”.

El miércoles por la noche, Kyrgios reincidió en sus dislates. Después de un primer set sobrio contra Karen Kachanov empezó a boicotearse criticándose cada vez que cometía un error no forzado. Así fue que lentamente terminó por perder el control del juego, no sin antes insultar al juez, escupir al piso y escaparse unos minutos al lavabo para romper iracundo una raqueta contra el suelo. La multa por obscenidad audible, conducta antideportiva y abuso verbal supera los 100 mil dólares, el desprestigio por el papelón protagonizado sale más caro.

Lo más doloroso de la situación es que apenas tres semanas atrás en Washington, en una maravillosa versión de sí mismo, no solo conquistó el torneo ATP de la ciudad con una sinfonía tenística maravillosa sino también con una insólita buena onda. Peor aún es que como en la recreación de la fábula del burro y la flauta de Iriarte, Nick Kyrgios es incapaz de comprender la magnitud de su propio talento y por eso se separa de él, presuroso y avergonzado, de producir alguna vez sobre una cancha de tenis “la mejor música de su triste existencia”.