(Foto: AFP)
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Jerónimo Pimentel

El mundo del tenis anda revuelto, aunque no necesariamente por el ya nostálgico deseo de que la ‘next gen’ suceda finalmente a Nadal, Djokovic y Federer. Los ánimos están agitados desde lo organizativo: la Copa Davis ha cambiado de formato y la Asociación de Tenistas Profesionales (ATP) ha relanzado su Copa Mundial en enero, lo que ha producido una serie importante de cambios y trastrueques.

¿Lo bueno? Algunas apropiaciones de la Laver Cup de Federer (el equipo completo va al banquillo e interviene en los partidos), el uso más intensivo de la tecnología (se ha probado con éxito las repeticiones en video para determinar las polémicas faltas de pie) y el reparto de puntos, la verdadera cereza de la torta.

Roger Federer da la mano y abraza a Rafael Nadal después de ganar su partido de semifinales de individuales masculinos el día 11 del Campeonato de Wimbledon 2019. (Adrian Dennis / AFP)
Roger Federer da la mano y abraza a Rafael Nadal después de ganar su partido de semifinales de individuales masculinos el día 11 del Campeonato de Wimbledon 2019. (Adrian Dennis / AFP)

¿Lo malo? Muchas cosas carecen de sentido, pero la principal es que el nuevo torneo se celebra a un mes de haberse jugado las finales de la Davis.

Sorprende también que el nuevo evento no haya contemplado la participación de mujeres y que haya forzado el calendario de inicios de año, con consecuencias negativas para los torneos de Brisbane, Sidney y Doha.

El choque de la ATP con la ITF (Federación Internacional de Tenis) es evidente y tiene como fondo una lucha de poder que resulta en recargar aún más el año tenístico, una de las principales quejas de los jugadores de élite. Quien siga este deporte sabrá que hay poco tiempo para el descanso y los trabajos de acondicionamiento físico.

¿Lo feo? Mientras se juega la Copa en Australia con la intención de empalmar con el Abierto, el país-continente arde en llamas en una catástrofe ecológica sin precedentes. Algunos jugadores como Kyrgios y De Miñaur han propuesto iniciativas de apoyo (donar US$150 por cada ace), y ya hay voces, como la de Djokovic, que han alertado de los riesgos a la salud que implica practicar deportes de alto rendimiento en entornos tan contaminados.

No se ha contemplado una postergación del Open a la espera de que el tiempo cambie y disipe el humo de los incendios, pero alarma saber que Canberra es al día de hoy la ciudad con el aire más poluto del mundo, por encima incluso de las megápolis industriales chinas.

Las preguntas de cara al aficionado son muchas. Una de ellas es si la nueva Copa logrará desplazar el foco de atención que aún mantiene la Davis. Otra es cuál será el lugar que tendrá la Laver Cup en esto, ya que mantener tres competiciones por equipos al año parece excesivo incluso para un deporte acostumbrado a convocar atención y financiamiento (aunque al ser una competición privada, como ha señalado Jon Wertheim, es probable que en ese caso la regulación la dé estrictamente el mercado).

Lo último es cuánto de este entusiasmo se podrá mantener cuando los principales animadores de esta era dorada, finalmente, se retiren.

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