Redacción EC

Lino Chipana es un fotoperiodista de El Comercio. Es también un ojo que ha visto desfilar delante suyo los acontecimientos que han marcado el país por varias décadas con la sensibilidad de un pintor renacentista y el fuego combativo de un guerrero que transita por todas las canchas. Como esta tan pesada del Estado de Emergencia y el .

Hace ya varios años, por ejemplo, Lino llegó manejando una camioneta a la plaza de armas de Andahuaylas y, vociferando en quechua mientras alzaba su cámara, consiguió ingresar a la comisaría donde Antauro Humala llevaba a cabo el denominado ‘Andahuaylazo’, para poder llevar las imágenes que resumían un tenso momento del que pendían varias vidas. Otro hubiera hecho caso al miedo. En esa ocasión o en otras, como cuando viajó con el fallecido periodista Javier Ascues a la zona fronteriza entre Perú y Colombia para buscar una entrevista con un jefe de las FARC.

Lino, a veces, parece no temer a nada. Y con esa fuerza a prueba de balas hoy cubre la pandemia del coronavirus mientras el obturador de su cámara se encarga de retratar lo que ocurre en las calles. Porque alguien tiene que mostrarle al mundo qué es lo que está pasando. Porque alguien tiene que contar con imágenes las historias más profundas.

De ahí viene esta serie de fotos, que retratan un momento pero también retratan todo: una mujer de avanzada edad llega en brazos de un hombre hasta un banco y luego un militar toma la posta para permitirle cobrar un dinero. Es el retrato del amor por el prójimo en los tiempos del coronavirus.

“La fotografía fue tomada el martes 24, cerca del Banco de la Nación ubicado en la cuadra 6 de la avenida Salvador Allende en Villa María del Triunfo”, cuenta Lino. “Una mujer muy mayor caminaba lentamente y se dirigía a las instalaciones del Banco de la Nación para cobrar su pensión 65. De pronto fue cargada por una persona y la llevó en sus brazos por más de una cuadra. Al llegar al frontis del Banco, un efectivo del ejercito peruano que cuidaba los cajeros automáticos no dudó en darle el alcance. Dejó a un lado su arma y la cargó varios metros e ingresó al local para que fuera atendida. Todo esto ante el asombro y admiración de las decenas de personas que hacían cola para poder ingresar”, agrega.

María del Carmen Yrigoyen, la redactora que iba con Lino en esta comisión -que es como llamamos los periodistas a cada una de las tareas que nos encomiendan- ha encontrado más luces sobre uno de esos buenos samaritanos. El militar de las fotos es el suboficial de tercera Diego Nina Achapuma. Un joven que nació en Sicuani, Cusco, y que a los 16 años decidió entrar a la Escuela de Paracaidistas del Ejército. Que a los 23 postuló a la Escuela Técnica de la misma arma. Y que hoy, parado junto a los cajeros automáticos del Banco de la Nación en Villa El Salvador, aún tiene tiempo de agradecer a su formación el hecho de que esté preparado para lo que llama “los nuevos roles que el Estado encomienda al ejército”. Entonces mira a quienes están cerca a él y sigue hablando en ese leguaje castrense: “Este entrenamiento ha hecho que gestos y acciones como estos por parte de nuestro personal sean lo más apropiado”.