(Foto: Richard Hirano / GEC)
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Mariza Zapata

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Estoy convencida de que en El Comercio hemos aprendido de nuestros errores. Y es bueno recordarlos en todo momento para que en cada construcción noticiosa estos se muestren no solo como una mala experiencia, sino también como ese zumbido que anime nuestra voluntad de no volver a cometerlos. Es parte de la impronta narrativa de nuestra redacción.

Hemos tenido vergüenza, sí. Por ejemplo, cuando vimos espantados en la portada del Diario, en la edición print, que el pretérito “iba” estaba escrito con “h” debajo de un titular. Fue un “error de dedo”, dijimos. “Justo cuando se enviaba la página a la planta de impresión”, nos lamentamos. No pudimos corregirlo a tiempo. Era tal vez ese duende que odiamos en la redacción y al que siempre lo culpamos de nuestros yerros.

O cuando, a mediados de enero del año pasado, publicamos el siguiente titular: “60 personas afectadas por aniego”, acompañado por una foto que resultaba contradictoria, pues esta mostraba la verdadera magnitud de la inundación y el daño ocasionado. No eran solo 60 personas, sino cientos de ellas; decenas de familias perjudicadas. Incoherencia total. También hemos interpretado mal un enunciado en la entrevista que ofreció a El Comercio el entonces presidente del Congreso, Daniel Salaverry. En otro momento, hace más de 10 años, creímos que existía una banda Los Pishtacos, cuyos integrantes mataban y vendían grasa humana. Título de portada.

Todos fueron descuidos de verificación y confrontación en las diversas fases de la producción noticiosa. Imprecisiones en la identificación de los hechos, la indagación y el procesamiento de la información. Confiamos en el dato improvisado de un funcionario de Defensa Civil, cuando era evidente que el aniego que observamos en un sector de San Juan de Lurigancho había afectado a muchas más personas; en otra ocasión, escuchamos mal el contenido de una grabación; también creímos la inverosímil historia de la policía sobre la venta de grasa humana para la industria cosmética; y para rematar, el “error de dedo” con una letra que transformó la palabra “iba” en “hiba”.

Las responsabilidades siempre han sido compartidas y las drásticas sanciones también. El manual de estilo y los principios rectores del Diario lo establecen así. Redactor, editor, diseñador, infografista, Control de Calidad, Mesa de Redacción. Todos. Todos de alguna manera tenemos el deber de advertir los errores; y, en varias ocasiones, todos, en esa cadena productiva, no los vemos. Hemos querido retroceder en el tiempo, y una y otra pregunta se suman a los reproches matutinos: ¿por qué no leí otra vez?, ¿por qué no pregunté?, ¿porqué no dudé?…

Ahora, hay que leer. Mirar y mirar una y otra vez. Y cuando esté ya en planta de impresión, volver a mirar. Pero con la versión digital ya no podremos decir que nos vamos a casa a dormir tranquilos, sino que tenemos que seguir revisando y revisando para que, en cada actualización, ese dato, esa foto, ese gráfico, se encadene a otros con coherencia discursiva y veracidad.

El rigor es una condición sine qua non (sin la cual no) del ser y quehacer periodístico; y hay que entenderlo, desde la ética aristotélica, como un hábito, como una disposición de hacer bien las cosas. Pero ese hábito inmerso en la rutina periodística requiere también de la experiencia, de lo vivido, de los errores y los aciertos, y de dejar a un lado nuestra soberbia.

Nos pasa en la edición impresa, y hay que admitirlo. Y ahora, en la versión digital, mucho más. Seguimos cometiendo errores, pero hoy nos enfrentamos a la inmediatez, la hipertextualidad, la temporalidad, la multimedialidad... Nos enfrentamos, en fin, al periodista polivalente. ¿Cómo lidiar con ello? La prudencia periodística como virtud debe ser parte de la praxis en la rutina diaria.

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