"Para el próximo año, independientemente de quién sea el próximo presidente, el panorama no es alentador", indica Marrero. (Reuters/Agustin Marcarian)
"Para el próximo año, independientemente de quién sea el próximo presidente, el panorama no es alentador", indica Marrero. (Reuters/Agustin Marcarian)
Diego Marrero

Estando a pocos días de las elecciones presidenciales en , este país se encuentra nuevamente en el ojo de la tormenta. Todo parece indicar que el candidato opositor (), quien es percibido como un regreso al kirchnerismo que devastó al país, será el ganador. Existe el temor de que este posible nuevo gobierno instaure nuevamente un modelo económico populista, intervencionista e irresponsable.

Luego de las elecciones primarias de agosto, en donde ya se asume que la probabilidad de que Fernández sea presidente es muy alta, el efecto en los mercados financieros fue nefasto. Al día siguiente el peso se depreció 25%, el riesgo-país se desbordó, la bolsa cayó 50%, y empezó una tremenda fuga de capitales que tuvo que ser contenida por el gobierno con un fuerte control de estos. El clima de incertidumbre y paralización de la inversión privada volvieron.

Cuando Macri fue elegido presidente cuatro años atrás, Argentina estaba en el colapso económico y si bien este era percibido como una mucho mejor opción para el futuro del país, había dudas sobre su efectividad. La era Macri, que representó el fin del kirchnerismo, era sin duda una gran oportunidad para el país, y había mucha expectativa de que podría estabilizar la economía e implementar las reformas necesarias para que Argentina entre nuevamente en la senda de crecimiento. Sin embargo, Macri fue una gran decepción y con él, la derecha argentina perdió la oportunidad dorada de hacer algo relevante en el país. El gran error fue el gradualismo en la implementación de los ajustes. No implementar las reformas agresivamente desde el inicio de su mandato significó un desgaste en su efectividad y una decadencia en su popularidad, que a su vez contribuyó a la pérdida de peso político sin el cual ya no podía implementar las reformas.

La crisis económica se siguió sintiendo, como consecuencia de los insuficientes ajustes fiscales y la inestabilidad macroeconómica, aunque algo contrapesado por un contexto internacional más auspicioso.

Para el próximo año, independientemente de quién sea el próximo presidente, el panorama no es alentador. La economía se mantendrá en recesión, el gasto público tendrá que reducirse y muy probablemente se tenga que renegociar la deuda externa. En caso sea elegido Fernández, se sumaría una mayor paralización de la inversión privada, un incremento de los costos de financiamiento y posiblemente más populismo, ante una gran expectativa por cumplir promesas de campaña.

Los problemas de Argentina son estructurales e imposibles de solucionar sin una reforma integral. Con una población económicamente activa de 11 millones de personas y 16 millones de empleados públicos, la carga fiscal se vuelve insostenible.

Si bien estas elecciones conllevan a una gran incertidumbre, los inversionistas más experimentados siempre mantuvieron la cautela con el gobierno de Macri: Argentina tiene una historia de fallar repetidamente los desafíos más básicos de política macroeconómica, descuidar reformas estructurales profundas y sucumbir regularmente al populismo desenfrenado.