(Foto: Archivo)
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David Tuesta

Desde los turbulentos sucesos en el vecindario latinoamericano, exigiendo mejores condiciones socioeconómicas, muchos se apresuran en sentenciar el fracaso del modelo económico peruano. A este se le acusa de su falta de solidaridad. Pero antes de valorar culpabilidades, señalemos lo cierto: la población está furiosa con lo que vive y ve. El Latinobarómetro ilustra la creciente insatisfacción con la y el Estado ausente, lo que dinamita la confianza en nuestra democracia (su apoyo cae del 60% al 40% en ocho años). Peor aún, existe la abrumadora certeza para el 80% de compatriotas de que el país no es gobernado en favor del pueblo, sino en beneficio de élites. Viendo estos ingredientes, es realmente una suerte ver calles mansas.

¿Es el modelo el enemigo? Antes de sentenciar, definamos la trinidad sobre la que está construido: reglas monetarias-fiscales, mercados eficientes y rol del Estado. ¿Y qué ha pasado? Respecto a lo primero, no hay duda de su protagonismo como soporte de la dinámica económica. Sobre lo segundo, sigue pendiente mejorar la competitividad. Y el Estado, responsable también de lo anterior, ha fallado estrepitosamente.

El modelo ha logrado una senda de crecimiento jamás vista en las últimas dos décadas. Redujo la pobreza del 58% al 20%, y logró una sociedad más equitativa, permitiendo que el quintil más pobre eleve en 60% su participación en el total de ingresos y que los quintiles medios lo hagan en 30%. Pero esta se quedó a medio camino hace algunos años, lo que se evidencia en el justo reclamo ciudadano. Y esta parálisis responde a un culpable, que no es el modelo, sino la ausencia de reformas claves que transformen al Estado en solucionador de necesidades, que formalice la economía, se concentre en implementar políticas solidarias, y evite compadrazgos mercantilistas. A la par, se requieren reformas que mejoren el capital humano, promuevan innovación, modernicen el mercado laboral, fortalezcan la seguridad jurídica, entre otras. Una lista que nuestros políticos han ignorado.

Todas estas reformas son las que necesita el modelo para lograr un crecimiento que facilite políticas redistributivas fornidas y efectivas. Según el Banco Mundial, los progresos en solidaridad en el Perú responden en 65% al crecimiento económico y 35% a políticas redistributivas. Está muy bien abogar por un mayor énfasis en la solidaridad. De hecho, la Comisión de Protección Social, en la que participé, dejó una propuesta que detallaba mayores recursos en favor de más equidad. Pero, ojo, estas políticas aplicadas por sí solas, sin reformas que sostengan el crecimiento, son mentiras monumentales. Las mismas farsas con las que políticos y gobernantes tienen cegado al ciudadano hoy. Ahí están los verdaderos enemigos, no se equivoquen.

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