Manejar solo dinero físico puede implicar que algunas personas no tengan acceso a financiamiento en casos de emergencia, si es que no disponen de efectivo en el momento. Foto: Karen Zárate /Archivo El Comercio
Manejar solo dinero físico puede implicar que algunas personas no tengan acceso a financiamiento en casos de emergencia, si es que no disponen de efectivo en el momento. Foto: Karen Zárate /Archivo El Comercio
Andrea Stiglich

La cuarentena ha expuesto de forma muy cruda la precariedad de las personas excluidas financieramente. El Perú es uno de los países emergentes con la menor dado su nivel de ingreso. La consecuencia es que la gran mayoría de personas vive en una economía dominada por el efectivo, y más allá de la pandemia, eso tiene un costo enorme que representa un impuesto oculto para las personas de bajos ingresos.

En los últimos años he participado en decenas de investigaciones para entender el comportamiento financiero de las personas en la base de la pirámide socioeconómica y su relación con la economía del efectivo, y he encontrado tres principales puntos de dolor.

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El primero es uno que puede sonar obvio pero tiene implicancias profundas y sutiles: las personas que dependen del efectivo solo pueden hacer transacciones si tienen efectivo. Eso significa que el microcomerciante o el independiente tienen que forzosamente vincular todas sus transacciones a su ciclo de cobranzas. Si un día tienen una emergencia o si querían aprovechar una oportunidad para hacer una compra, no pueden hacer nada si no tienen efectivo en ese momento. Solo pueden vivir el hoy, están forzados a tener el mayor cortoplacismo posible, porque solo cuando tienen un billete en la mano pueden consumir o invertir. La economía del efectivo los hace muy vulnerables.

Lo segundo es que la economía del efectivo impone un numero alto de pequeños sobrecostos que en conjunto son significativos. Por ejemplo, hay muchos casos como el de Juan, un obrero que salta entre diferentes trabajos de corta duración con empresas que siempre le pagan en una cuenta bancaria. Pero Juan solo usa su cuenta mientras dure su trabajo. Cuando cambia, la deja de usar, y cuando consigue otro trabajo le abren una nueva. Juan no quiere usar su cuenta, porque solo siente seguridad cuanto tiene el efectivo en la mano; por lo tanto, siempre retira todo el saldo. Esto significa que pierde mucho tiempo, energía y dinero yendo al banco a sacar nuevas tarjetas, retirar, y proteger y esconder lo poco que ahorra (y aun así con frecuencia se lo roban).

Lo tercero es que por vivir en la economía del efectivo muchos no dejan rastro de su flujo de ingresos en el sector bancario; por lo tanto, hacen muy complicado que los bancos los conozcan, puedan medir bien su riesgo crediticio y ofrecerles productos financieros adecuados a sus necesidades. El resultado es que cuando necesitan crédito, están en manos solamente de proveedores informales que los conocen (amigos, familiares, prestamistas del barrio) y pueden evaluar su riesgo, u otros que tienen mecanismos de cumplimiento de pago extralegales. Los créditos informales pueden llegar a ser, según Asbanc, hasta 8 veces más caros que los formales.

Elaboración: Raúl Rodríguez / El Comercio
Elaboración: Raúl Rodríguez / El Comercio

Por estas razones, la inclusión financiera puede ser muy potente para aliviar la pobreza. Una estrategia efectiva debe usar la tecnología como pieza fundamental, pero no solo para aumentar el acceso a servicios financieros, sino para mejorar su uso, y ahí entra el diseño.

Esto es clave porque si bien es indispensable usar la tecnología para abaratar los costos de distribución y permitir que cualquiera tenga acceso a productos financieros sin importar si vive en el lugar más alejado, de poco sirve que una persona pueda abrir una cuenta si no la usa bien, o si no está aprovechando al sector financiero para tomar mejores decisiones de gasto, ahorro e inversión.

La tecnología tiene un rol mucho más inclusivo. La característica de costo marginal cero del software permite un grado de personalización que nunca ha existido en la banca. Así se pueden adecuar los productos a la gran variedad de necesidades en la base de la pirámide.

Si esto se combina con la aplicación de aprendizajes de economía del comportamiento para entender mejor las razones de mal uso por parte de las personas (o no uso, como Juan), se pueden diseñar productos financieros inclusivos. Abundan las historias de personas que por error, descuido o desconocimiento utilizan mal sus productos financieros con consecuencias importantes.

Casos de personas que se endeudaron para inversiones riesgosas o de largo plazo con créditos de disposición de efectivo, o que prestaron sus tarjetas de crédito sin entender bien el concepto de titularidad, y no solo dañaron su historial crediticio, sino que quedaron con una marcada desconfianza hacia los bancos. Gracias a los hallazgos de la economía conductual sabemos que la falta de experiencia y familiaridad con el uso del sistema financiero se combina con sesgos de cortoplacismo, exceso de optimismo, mala comprensión del concepto de riesgo, entre otros, que inducen este tipo de errores.

Por lo tanto, incluso si la banca pudiese entregarles una tarjeta de crédito a todos los peruanos con tasas y limites perfectamente adecuados a su nivel de riesgo, no sería suficiente si no viene con un diseño que facilite el buen uso. La inclusión financiera requiere productos financieramente saludables. Esto se aplica a todos los productos financieros, desde la más sencilla cuenta de ahorros. La tecnología más el diseño inclusivo son la clave para una buena inclusión financiera.

*La autora es líder de la tribu de Inclusión Financiera de Yape.

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