"Según el extremo al que se llegue, se podría desacelerar el crecimiento, pero, difícilmente, revertirlo", anota Marthans.
"Según el extremo al que se llegue, se podría desacelerar el crecimiento, pero, difícilmente, revertirlo", anota Marthans.
Juan José Marthans

La estos últimos 21 años ha demostrado, sin duda, una especial resiliencia. Tres hechos claros. 1) Durante las crisis políticas del 2001 y 2018, pese al desconcierto generado por la fuga de un presidente, fuertes pugnas entre el Legislativo-Ejecutivo, referéndums, cierres de Congreso, el crecimiento no se paralizó. 2) Llegó la crisis financiera internacional del 2009, gran parte de América Latina se paralizó, y en medio de esa tormenta seguimos creciendo. 3) Se suscitaron diversos desastres naturales como el terremoto del 2007, y a pesar de estos, nuestro PBI continuó mostrando expansión.

Disponemos de buenos fundamentos macroeconómicos, y pese a no haber completado la tarea con necesarias reformas estructurales pendientes, nuestra economía ha mostrado una entereza espectacular de cara a la región latinoamericana y al mundo.

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Llegó el COVID-19, nuestro confinamiento fue agresivo porque nos encontró con una de las peores infraestructuras sanitarias del mundo que, adicionalmente a errores incuestionables, explican la recesión de alrededor del 12% para el presente año.

Nunca fue del 20 o 25% como públicamente proyectaron ciertos analistas. Se hizo daño a las expectativas y al país con dichas opiniones antojadizas y apresuradas, pero, a pesar de ello, hoy todos los indicadores muestran que progresivamente salimos del problema.

La reciente evolución de la producción de electricidad, cemento, así como la mejora de las expectativas empresariales en todos sus tramos, acompañan la desaceleración continua en la tasa de decrecimiento y de desempleo. Luego, la recuperación progresiva de la minería, pesca y la consolidación de la agroexportación nos señalan que debemos pensar en un entorno de claro crecimiento el 2021, y despedir, cuanto antes, lo doloroso y crítico del actual.

En ese contexto, esta semana los peruanos, en el marco de un frente político mayoritariamente desgastado por la y la irresponsabilidad que nos está llevando nuevamente a una posición extrema, debemos plantearnos la pregunta de si nuestra economía, a pesar de las positivas señales mencionadas, realmente reencontrará la senda del crecimiento el próximo año. La verdad, esperamos enmiendas, unidad, madurez política, pero nuestra comprobada resiliencia nos llevará, en cualquier escenario y con muy poca probabilidad de error, a no afrontar nuevamente escenarios de decrecimiento.

Según el extremo al que se llegue, se podría desacelerar el crecimiento, pero, difícilmente, revertirlo. Es más, tal y cual lo espera lo más respetable de la opinión internacional, el Perú liderará el crecimiento de la región en el 2021.

¿En qué se sustenta todo esto? Cinco razones. Las dos primeras de naturaleza exógena: el natural rebote estadístico frente a la reanudación de la actividad productiva, y el tremendo viento a favor de la recuperación imprevista de los precios de los minerales a niveles pre-COVID-19. La tercera, asociada a que nunca perdimos los fundamentos propios de una economía de mercado, lo cual también ayuda. La cuarta, vinculada a lo relevante del esfuerzo y los recursos asignados en materia fiscal-monetaria con un propósito contracíclico. Por último, la lenta pero progresiva recuperación de la inversión pública en el marco de los convenios G2G y del impulso para relanzar megaproyectos.

Decir que el “rebote” tendrá un tinte puramente estadístico, sería mezquino. Decir que con este paquete de medidas el ruido político lo afectará sustancialmente es una exageración.

"La verdad, esperamos enmiendas, unidad, madurez política, pero nuestra comprobada resiliencia nos llevará, en cualquier escenario y con muy poca probabilidad de error, a no afrontar nuevamente escenarios de decrecimiento", dice Marthans.
"La verdad, esperamos enmiendas, unidad, madurez política, pero nuestra comprobada resiliencia nos llevará, en cualquier escenario y con muy poca probabilidad de error, a no afrontar nuevamente escenarios de decrecimiento", dice Marthans.

Es más, ni los sectores externo, monetario o fiscal sentirían mayor impacto. Para empezar, el abultado déficit de 10,4% para este año tiene un carácter contracíclico y transitorio. A pesar de la crisis del COVID-19 y del inevitable mayor déficit y endeudamiento que ello viene comprometiendo, al final el Perú seguirá disponiendo de uno de los más bajos indicadores de deuda pública como porcentaje del PBI de la región y el mundo. Alrededor de un 36% del Perú para este 2020 nos distancia, ventajosamente, del 81,5% de América Latina y del 101,5% del promedio global.

Cierto, nadie quita que, a mediano plazo, tendremos que ser cautos y tomar medidas para asegurar la regeneración de los ingresos tributarios y disponer de una trayectoria de gastos conducentes con el progresivo cierre de la brecha fiscal. Esto nadie lo niega y es absolutamente necesario, pero de allí a estimar una posible catástrofe por esta revuelta política de tinte novelesco es otra cosa.

¿Queremos evitar a futuro las limitaciones y sustos vividos esta semana? Para ello requerimos construir una nueva clase política. Hasta ahora nuestra economía muestra resiliencia a los golpes de este frente; eso no garantiza que lo siga haciendo siempre.

Adicionalmente, para disponer de un crecimiento más sostenible requeriremos una reingeniería integral del Estado, de una nueva visión empresarial, de la reducción progresiva y consensuada del déficit de infraestructura y de una nueva institucionalidad.

Del lado fiscal, para consolidar aún más este frente, requerimos mecanismos concretos para ampliar la base tributaria disminuyendo la informalidad, reducir el componente inflexible a la baja del gasto público, revaluar la permanencia de exoneraciones tributarias ciegas, se requiere evitar la acumulación indefinida de deudas tributarias y de un proceso de racionalización y optimización del gasto de gobiernos subnacionales, entre otros.

Sabemos lo que necesitamos para solucionar nuestros problemas; no sabemos ponerlo en práctica. La turbulencia política de este año y las elecciones del próximo demostrarán que, a pesar de estas, nuestra economía no se desalineará en extremo con respecto a lo que experimente el resto del mundo y que, adicionalmente, disponemos de bases para recuperar progresivamente el paso perdido frente al COVID-19.

Aprovechemos esta nueva oportunidad y dejemos la crítica extrema e interesada. Dejemos de dar vergüenza ajena en lo político.

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