"El gran problema, sin embargo, viene ahora en que el encendido gradual de motores desnudará, sin duda, mercados más debilitados de lo que se anticipaba", sostiene Tuesta. (Foto: Ángela Ponce)
"El gran problema, sin embargo, viene ahora en que el encendido gradual de motores desnudará, sin duda, mercados más debilitados de lo que se anticipaba", sostiene Tuesta. (Foto: Ángela Ponce)
David Tuesta

Si bien los peruanos soportan una difícil cuarentena de más de 60 días, la batalla contra el y sus consecuencias estarán lejos de acabar. No habrá vacuna en un rango de 1 a 4 años, por lo que primará un largo período de relaciones sociales y económicas limitadas para mitigar los efectos de los subsiguientes rebrotes de contagios.

La historia de las pandemias no deja dudas de la alta probabilidad de más olas de infecciones. La estricta cuarentena que se nos impuso buscó retrasar el colapso del sistema de salud, pero no es la cura. Es más, cuando salgamos de este primer confinamiento, quedará un colectivo amplio de la población que no se contagió y que seguirá siendo vulnerable a contraer la enfermedad. En España, a pesar de las apabullantes cifras de contagios y fallecidos, se estima que solo el 5% de su población ha desarrollado anticuerpos del COVID-19, muy lejos de la inmunidad de rebaño. Generalizando el hallazgo, esto anticipa una alta probabilidad de más rebrotes en el mundo, por lo que será importante haber aprendido de los errores cometidos para perfeccionar futuras estrategias.

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Si anteriormente nos escudamos en que el COVID-19 avanzó muy rápido y no dio espacio de reacción –aunque no dejamos de preguntar por qué otros países vecinos sí lo hicieron– ahora habrá que dejar la improvisación de lado y enfrentar mejor las siguientes emergencias. Ello implicará ir superando el actual escenario de gastar e invertir en salud a golpes y trompicones, por la situación en la que el virus nos encontró, para transitar a un despliegue más eficiente del .

La ausencia de planificación oportuna en otros frentes no debería repetirse. Por ejemplo, llamó poderosamente la atención que representantes del sector empresarial manifestaran que el Gobierno recién los llamó a fines de abril para coordinar las acciones del retorno a la actividad por fases. ¿Puede ser posible que esto se empiece a coordinar mes y medio después del inicio de la cuarentena? Uno hubiese esperado un Gobierno más consciente de los gigantescos costes de congelar la economía y de lo complicado que sería reactivarla. Cuarentenas futuras, que las habrá, deberán hacerse de forma más inteligente y evitando repetir significativos daños económicos.

El pertinente despliegue de medidas de contención por parte del MEF y el Banco Central ha ayudado a mitigar los problemas de corto plazo que trajo la cuarentena sobre salud, familias y aparato productivo-financiero. El gran problema, sin embargo, viene ahora en que el encendido gradual de motores desnudará, sin duda, mercados más debilitados de lo que se anticipaba, con empresas incapaces de sostenerse dada la incertidumbre doméstica e internacional. Se deberá entonces echar mano de otra artillería de inyecciones financieras por un período más prolongado. La sostenibilidad, por tanto, se pondrá a prueba, lo cual nos llevará ineludiblemente al terreno de contemplar incómodas pero urgentes reformas, cosa que veo difícil de abordar dada la decepcionante clase política que nos esmeramos en elegir siempre.

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