Del amor y otras funciones imaginarias, por Jerónimo Pimentel
Del amor y otras funciones imaginarias, por Jerónimo Pimentel
Jerónimo Pimentel

Dos parejas bailan. Ellas llevan vestido de noche;  ellos, smoking y un número de competencia que los identifica en la espalda. Los pasos de salón son firmes y ensayados; los cuerpos, rígidos, se atienen a los compases; los rostros reflejan una compostura de salón antiguo y, cuando es permitido, en los sones más coquetos, las sonrisas se dibujan con esa severidad que solo transmiten las maneras aprendidas. Las parejas intercambian consortes. Un espejo opaco los difumina detrás y no queda claro si proyecta un reflejo o una verdad interior.  
     Suena el teléfono.

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Leí "El continente negro" de Marco Antonio de la Parra en el invierno del 2002 y la he visto montada hace unos días en el Centro Cultural El Olivar (va hasta el 9 de agosto). Alberto Ísola dictaba un curso de Teatro Latinoamericano, lo que en ese momento era una suerte de ovni para los legos que ocupábamos las primeras clases de Comunicaciones en la Católica, pero la tentación era irresistible para quienes estábamos obligados a completar 27 créditos electivos. La mayoría de alumnos era de la especialidad de Artes Escénicas. Se les reconocía porque iban en buzo, se comportaban, por lo general, de manera extrovertida, y parecía que lidiaban bastante mejor con los rigores de la vida universitaria que nosotros, los de Periodismo, pues para empezar se les veía reconciliados con sus afectos (en español, daba la impresión de que hacían el amor más y mejor). Todo era, como se ve, muy intimidante. El estudiante promedio de Periodismo era un sujeto confuso y gris, quizá un poco amargado, pues había tenido un bautizo de fuego prematuro en los últimos años del fujimorismo. Teníamos otro punto en contra: en una universidad donde se cultivaba la pretensión intelectual con tanto fervor que la palabra esnob parece un eufemismo para calificarla, el lugar del aprendiz de prensa era incierto: escritores sin fe suficiente para intentar literatura; sin la disciplina para hacerse un lugar entre los abogados que, muy temprano, iban en terno y caminaban con seguridad hacia el desempleo o la oficina; y lejos también del compromiso pastrulo de los futuros antropólogos que convertían incluso el quiosco de su facultad en una suerte de experimento social, a la manera de "Redoble por 
Rancas". Una amiga lingüista me dictó sentencia: “Periodistas: tratan de hacer una vida con algo que no estudian ni entienden: el lenguaje”. (No la invité a salir). Con esa carga, no era fácil entrar al salón donde revoloteaba esta gente alegre y resuelta. Y luego estaba el profesor, Ísola, una leyenda. Yo lo recordaba de las épocas de "La nona y Simón" en el Teatro Larco, pero mucho más vivo era el recuerdo de su participación en "El rey Lear" que se celebró en el Teatro Municipal quemado. Ahí su vigor competía con el de Roberto Moll, quien por entonces saltaba de balcón en balcón como el funambulista del mundo en ruinas que, sin metáfora, por entonces habitábamos. De teatro regional nadie sabía nada, excepto por las piezas de Cossa y Chocrón que he mencionado, pero las tradiciones artísticas nacionales nos eran casi tan desconocidas como lo son ahora. La clase, para empeorar las cosas, empezó con una aclaración dirigida a quienes no habíamos hecho de nuestros cuerpos una herramienta artística: el teatro no era literatura, ni siquiera en su versión puramente textual, pues siempre se trata del primer movimiento hacia uno segundo y definitivo, la puesta. El texto es solo potencia que se desarrolla en el montaje, insistía Ísola, y en virtud de esa invitación esas sesiones se convirtieron en una sucesión de funciones imaginarias: los desesperados personajes de Egon Wolff eran reemplazados por la realidad dividida de aquellos creados por Nelson Rodrigues; a los perversos hijos recluidos de José Triana en "La noche de los asesinos" (una suerte de homenaje a Genet) los siguió ese intenso y dramático portento llamado "Aire frío de Virgilio Piñera" (una suerte de homenaje a O’Neil). Hubo una obra, sin embargo, que no se parecía a nada y que, en su fragmentación y aparente esquematismo, parecía resumir perfecto el doble drama de la comunicación y los afectos que por entonces me agobiaba: "El continente negro".
Suena el teléfono.

***
Una mujer trata de convencer a su esposo; otra requiere a un viejo marido abandonado. Un arquitecto intenta aliviarse en un hotel y no sabe si encontrará calma u obsesión. Un profesor de arte encuentra a una alumna que, precisamente, busca. Ísola los hace danzar en un escenario entre onírico y nostálgico que, por momentos, recuerda a ciertos planos afiebrados de "Mulholland Drive", y no podemos ver en esos pasos aprendidos y esos protocolos de mediados de siglo XX sino un juego donde se representan roles que, de cuando en cuando, nos toca personificar en la vida: todos hemos sido o somos o seremos primer flechazo, ilusión, esposo-peor-es-nada, ama de casa en control, amante que no hace preguntas o aventura que sí las hace. La dramaturgia está fragmentada y en ese quiebre hay una resistencia al amor como discurso íntegro: quienes en un instante ocupan un lugar, en el siguiente se sitúan en otro; las posiciones se intercambian e interrumpen con llamadas que son a la vez pedidos de auxilio (¿de dónde?) y timbrazos de alarma (¿de qué?). De fondo, los valses y boleros nos recuerdan que esta historia es más añeja, más melodramática y más latina de lo que a veces nos gusta aceptar. Y ante la inminencia de esa epifanía no podemos sino voltear hacia atrás para ver si no somos nosotros también los protagonistas de una telenovela con llanto y cuita y número de competencia pegado en la espalda que alguien, otro, está viendo. 

    Suena el teléfono, sí, pero es número equivocado. Otra vez.

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