Jorge Paredes Laos

La imagen se multiplicó de inmediato en diarios y redes sociales. En setiembre del 2015, el cuerpo inerte de un niño de tres años apareció en una playa situada al oeste de Turquía. Había muerto ahogado al naufragar la frágil barcaza en la que trataba de alcanzar la isla griega Cos. Era tan chocante que algunos diarios en Europa prefirieron no mostrarla. Otros, en cambio, la publicaron en portada con la pregunta: “Si estas poderosas imágenes de un niño sirio muerto varado en una playa no cambia la actitud de Europa hacia los refugiados, ¿qué lo hará?”.
    Lamentablemente, “el niño de la playa” —como lo llamó la prensa— no ha sido un caso aislado. Por el contrario, nueve meses después el drama ha ido en aumento. Según Save The Children, desde el año pasado, unos 325.000 niños han cruzado el mar Mediterráneo y el mar Egeo huyendo de la guerra en Siria e Iraq. De ellos han muerto ahogados unos 340 y los que se han salvado han llegado a refugios, muchas veces solos y expuestos a todo tipo de vejámenes. La odisea de estos pequeños es solo una de las múltiples caras que tiene el tema de los refugiados en Europa, desde el drama humano de quien sale huyendo con una mochila de un país devastado, hasta consideraciones políticas, económicas y sociales de países occidentales que se han visto desbordados desde el verano pasado por más de un millón y medio de personas que reclaman asilo, y que han encendido las alarmas sobre las políticas de seguridad, tras los atentados terroristas en París y Bruselas.     
    La migración desde Siria e Iraq, en realidad, solo es la más reciente, pues el tránsito hacia Europa es un tema de larga data y la movilidad por el Mediterráneo ha sido constante e intensa. El sur pobre que viaja hacia el norte rico buscando un mejor empleo, educación y salud. Las rutas que han seguido las migraciones al Viejo Continente han sido generalmente tres: desde Ceuta y Melilla, en Marruecos, hacia España; de Túnez, Libia y Egipto hacia Italia; y de Turquía hacia Grecia y Macedonia.  
En el fondo, es un asunto global. En este lado del mundo, la historia no es muy diferente. Según cifras publicadas por el diario El Universal casi 200.000 mexicanos cruzaron la frontera con Estados Unidos el 2014 y la mitad de ellos lo hizo de manera ilegal, por rutas insufribles a través del gigantesco desierto de Sonora, a veces a pie o escondidos en vagones, llevados por bandas organizadas que les cobran entre 4.000 y 5.000 dólares por hacerles cumplir el sueño americano. 

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El antropólogo Teófilo Altamirano es en nuestro medio uno de los mayores estudiosos del fenómeno de la migración, tanto la laboral, cuyas remesas han transformado las economías de muchos países en el mundo; como la originada por conflictos o guerras civiles; o por un fenómeno que ya empieza a ser gravitante en el planeta: la ocasionada por el cambio climático. En uno de sus últimos libros, "Refugiados ambientales", Altamirano llega a la conclusión de que debido a este problema en el 2050 habrá unos ciento cincuenta millones de desplazados. 
    “Pocos lo dicen pero Siria lleva ya ocho años de sequía —advierte—. Hay un proceso de desertificación creciente y eso está afectando su seguridad alimentaria. Muchos de los siete millones de desplazados internos y de los cuatro millones que han fugado al exterior en estos últimos meses lo han hecho no solo por la guerra sino porque cada vez hay menos agua en este país. Esto ha traído nuevas enfermedades y ha acentuado las que ya había”. 
    Violencia, hambruna y sequía, un cóctel mortal que ha ocasionado que casi un tercio de la población de Siria haya buscado refugio en Estados fronterizos como Líbano, Turquía y Jordania; o haya partido hacia Europa a través de territorio turco, desde donde se embarcan en precarias naves hacia las islas de Lesbos o Cos, en Grecia. “Aquí existen dos temas separados”, dice el periodista e internacionalista Ariel Segal por el teléfono. “Una cosa es la migración económica tradicional; y otra, estas oleadas de personas que hace un año no pensaban ir a Europa, pero que se han visto forzadas a hacerlo por la guerra civil en su país, donde podían ser asesinadas por los grupos radicales o, en el mejor de los casos, ser obligadas a vivir en condiciones terribles de represión”. 
    Si al inicio estos refugiados fueron recibidos con flores y vivas en las puertas de los trenes que llegaban a Alemania o a Bélgica o a Suecia, poco a poco la situación ha ido pasando de castaño a oscuro, sobre todo después de los atentados en París y Bruselas. 
    “Es fácil criticar —dice Segal— porque, claro, uno ve el drama de estos refugiados que hacen de todo para ponerse a salvo, pero también debemos ver el otro lado, gente que ha empezado a sentir miedo y que quiere vivir en paz”. 
    Y debido a esta presión de los grupos nacionalistas, en los últimos meses se han multiplicado en Europa las restricciones a los migrantes. Dinamarca, Hungría y Austria han establecido medidas para cerrar sus fronteras. En Grecia el problema amenaza con quebrar un país agobiado por la crisis económica y por instituciones débiles. Ante esto la Unión Europea, luego de reiteradas sesiones extraordinarias, llegó a un acuerdo con Turquía para abordar este problema. Las condiciones no han dejado contentos a todos; el objetivo es impedir que siga llegando más gente. La idea es que Turquía, un país que históricamente ha comunicado el Oriente Próximo con el Viejo Continente, reciba a la mayoría de “migrantes irregulares” que hayan llegado a las islas griegas. A cambio, los países europeos le otorgan a Turquía ayuda económica y abren la posibilidad para que en el corto plazo los ciudadanos turcos puedan viajar sin visa al espacio Schengen. 
La sociedad civil en Europa occidental ha reaccionado con escepticismo. Como dice Segal la principal objeción que se hace es que se haya negociado con un gobierno, sobre el que pesan serias  denuncias de restricción de las libertades individuales 
y de prensa.


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En el quinto piso de un moderno edificio en San Isidro, se encuentra la sede de la Unión Europea en el Perú. La delegación acaba de celebrar 25 años de presencia en nuestro país con un conjunto de actividades que llevaron el título de Migración y Movilidad. Su representante, la embajadora Irene Horejs, nos recibe con el dilema de tener al frente dos hechos paradójicos: por un lado, la reciente exención de la visa que abre el espacio Schengen a peruanos y colombianos; y, en segundo término, la crisis de los refugiados, de esos millones de hombres, mujeres y niños que reclaman un asilo humanitario. 
Sobre este tema, prefiere ser cauta: “La Unión Europea se encuentra en la crisis más complicada desde su creación porque se han juntado varias cosas”, dice con sinceridad. “Por un lado, estábamos saliendo de una fuerte crisis económica; y, por otro, era evidente que el continente se hallaba rodeado de problemas bélicos al sur del Mediterráneo, en Siria, Iraq, Afganistán. Todo esto provocó, desde el año pasado, el flujo masivo de refugiados y en medio de ello, aunque no forzosamente vinculado, empezaron los ataques terroristas. Entonces, entre el desempleo, el flujo de migrantes y los ataques, los europeos, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, comenzaron a sentir miedo. Esto es utilizado por movimientos nacionalistas, que dicen cerremos nuestra casa porque vienen a quitarnos el trabajo y encima nos traen inseguridad”. 
    Luego de una pausa, Horejs continúa: “Es un poco complicado decirlo en la prensa, pero la Unión Europea está conformada por 28 países y, a pesar de que existe un espacio común, cada Estado maneja su propia política migratoria. Y, de repente, en todos los países no existe la misma reacción, cada uno está en un momento político distinto. Por todo ello, ha sido muy difícil ponernos de acuerdo sobre un plan para enfrentar este tema. Ha ingresado tanta gente que no sabemos si todos los refugiados tienen derecho al asilo o no, y, si no es así, necesitamos acuerdos con terceros países para repatriarlos. De esta manera se llega a este convenio con Turquía para que este país acoja a estas personas”. 


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El argumento más repetido por los grupos nacionalistas para oponerse a la migración y a la llegada de refugiados es que entre ellos se esconden grupos terroristas. ¿Qué tan cierta es esta afirmación? “La actitud inicial de apertura hacia la migración en gobiernos como los de Alemania o Suecia ha ido cambiando sencillamente para evitar el éxito electoral de grupos de extrema derecha que crecen mintiendo sobre lo que implica la migración”, responde el internacionalista Farid Kahhat. “Hay estudios, no uno sino muchos, que básicamente concluyen que la migración es buena económicamente para los países receptores. Los migrantes no son más proclives que la población promedio a involucrarse en actividades criminales. Por ejemplo, The Economist compila una serie de investigaciones para desbaratar la xenofobia del discurso de Donald Trump”, agrega Kahhat, respecto a las ideas del magnate y político estadounidense.
    En su opinión los líderes extremistas de derecha y los grupos terroristas que combaten en Siria coinciden en algo: “Ninguno quiere que haya musulmanes en Europa. Los extremistas islámicos igual que la extrema derecha tienen una visión polar del mundo. O eres un islamista militante o eres un cristiano y occidental. No hay punto medio. El Estado Islámico sabe que sus ataques generan animadversión contra los refugiados y eso es lo que busca con sus atentados”. 


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La xenofobia tiene al parecer resortes profundos. El psicoanalista Moisés Lemlij lleva toda una vida investigando este tema que lo afecta de manera personal: sus familiares paternos y maternos murieron en los campos de concentración de la Alemania nazi.
“El ser humano siempre ha sido un animal móvil —empieza diciendo—. Pero, a diferencia de otras especies migratorias que van y vuelven, el hombre a veces se queda en un solo lugar. Este conflicto está bíblicamente descrito en la historia de Caín y Abel, entre el agricultor sedentario [Caín] y el pastor y cazador que se mueve [Abel]. Y todos sabemos cómo terminó esta historia. Curiosamente, es el sedentario el que mata al errante”.  
    Uno de los aspectos centrales de la tradición judeocristiana está justamente ahí, en ese éxodo de todo un pueblo que busca la tierra prometida. “Todos migran, Abraham, Josué, Moisés llegaron a territorios nuevos y provocaron conflictos terribles, como en Jericó, donde mataron a los que vivían ahí. Desde siempre, los que están establecidos en un lugar esperan que los que llegan trabajen por un tiempo y se vayan; y los que llegan esperan ser alimentados y tratados bien. Es lo mismo que ocurre ahora entre los alemanes y los turcos o entre los estadounidenses y los mexicanos”, concluye el psicoanalista. 
    Es como si la migración y la xenofobia fueran las dos caras de una misma moneda. “Cuando todos comparten la fruta y comen un poquito no hay problema, pero es en los momentos de crisis cuando se exacerban las diferencias y se busca un culpable en el otro, el que te quita la comida, el trabajo, el que te da envidia, el diferente”, enfatiza Lemlij, y pone de ejemplo lo sucedido en la antigua Yugoslavia: “Cuando existía un líder fuerte [Tito] y una situación económica más o menos estable, todo funcionaba bien; pero, cuando desapareció este personaje, la aparente unidad comenzó a desarticularse”. 
    Luego, baja la voz y nos pregunta: “¿Sabes qué le dijo Nehru a Tito? Le dijo: ‘Tu país ahora está bien, pero su destino es catastrófico porque son cinco naciones que hablan cuatro idiomas, tienen tres religiones y solo una cosa en común: odio’”. Años después, Yugoslavia terminaría desintegrándose. 

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La actual campaña en Estados Unidos ha puesto en primera línea el tema de la migración. El responsable es un millonario y antiguo presentador de televisión que ha entrado a la carrera por la Casa Blanca con un discurso marcadamente xenófobo. Propone construir un muro en la frontera con México para evitar el paso de los inmigrantes ilegales o expulsar a todos los indocumentados. Entre esos perseguidos estarían más de medio millón de peruanos que, según estima Teófilo Altamirano,  se encuentran de manera irregular en Estados Unidos.  
    ¿Cómo analizas el fenómeno Trump? Le preguntamos a Lemlij. Lo piensa un momento y dice: “La gente se ríe de Trump como antes se reía de Hitler, de Mussolini o de Idi Amin. No hay cosa más peligrosa que el Joker, el personaje de Batman. Mucha gente cae seducida por estos líderes que usan lo sardónico y la ironía para justificar cualquier cosa. La historia demuestra que no hay nada más peligroso que un payaso sangriento”. 
    Hace poco un millonario egipcio propuso comprar una isla en el mar griego para llevar ahí a todos los refugiados y alejarlos de una guerra que ha causado ya medio millón de muertos. Por ahora la única solución ha sido huir. Algo que parece no tiene fin.