Dante Trujillo

Pese a tener entonces ya tres libros publicados, la antología Páginas amarillas (Lengua de Trapo, 1997), que reunía una selección de narradores españoles nacidos entre 1960 y 1971, no incluyó a Javier Cercas. Y eso que fueron 38 los integrantes de la nómina. La leyenda cuenta que aquello le afectó, lo deprimió, pero que el apoyo de amigos como Roberto Bolaño lo animaron a persistir.

A sus 39 años, en el 2001, Cercas publicó una novela llamada Soldados de Salamina, que cuenta la historia de un miliciano que, en medio de la Guerra Civil española, decide salvarle la vida a un ideólogo del falangismo llamado Rafael Sánchez Mazas. Inspirada en sucesos reales, la anécdota y lo que implicaba, la persistencia y la amplitud del pasado hasta mezclarse con el presente, el estilo narrativo —esa presencia del narrador-personaje que busca una verdad en la realidad y en la historia— y la manera de tratar un asunto tan espinoso, una herida aún abierta como la guerra y sus secuelas en la sociedad española, conllevaron un reconocimiento automático y mundial para su autor. Con el aval de personalidades como J. M. Coetzee, Doris Lessing, Susan Sontag y, sobre todo, Mario Vargas Llosa, Soldados —que introduce a Bolaño como personaje— fue traducida a 30 idiomas y llevada al cine en el 2003 por Fernando Trueba (quien, casualmente o no, queriéndolo o no, ha vuelto a cruzarse con los trabajos de Cercas). Y Cercas pudo dejar su cátedra en la Universidad de Gerona y dedicarse, desde entonces, de pleno a su oficio de escritor.

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Su siguiente novela, La velocidad de la luz (2005), confirmó sus méritos, y si bien es un libro fascinante, será la última vez, hasta hoy, que se aleje tanto de la Guerra Civil y de sus secuelas como marco de sus entregas. Prosiguió en el 2009 Anatomía de un instante, una “novela sin ficción” sobre el 23F, un acontecimiento que vendría a ser para la memoria de los españoles como el asesinato de Kennedy para los estadounidenses: el fallido golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, cuando un grupo de guardias civiles entraron disparando al Congreso de los Diputados de Madrid y, mientras todos huían o se escondían, tres individuos permanecieron quietos en sus asientos. El libro, en sus muchas páginas, se pregunta por qué lo hicieron.

Luego, el 2012, publicó Las leyes de la frontera, una historia de aventuras con
toques policiales donde también se regresa desde el presente hasta la época de la Transición. Siguió El impostor (2014), una historia real que supera la ficción: la vida de Enric Marco, un sujeto que se pasó la vida diciendo que era un veterano de los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial, y por décadas vivió de esa patraña. Y hace solo semanas salió de imprenta El monarca de las sombras.

El título refiere al canto XI de la Odisea, cuando Ulises se encuentra con Aquiles en la mansión de los muertos, y le dice que, habiendo sido el héroe máximo, el hombre perfecto que entregó su vida en la guerra, debía ser ahora tal monarca. Y Aquiles le responde: “… yo más querría ser siervo en el campo de cualquier labrador sin caudal y de corta despensa que reinar sobre todos los muertos…”. Es decir, antes que la gloria, Aquiles hubiera preferido simplemente seguir vivo, como cualquier joven.

El libro —otra búsqueda personal de un personaje llamado Javier Cercas, otro viaje al pasado, otra novela sin ficción— es un alegato contra la absurdidad de la guerra, y el intento de develar la figura de Manuel Mena, tío abuelo del escritor, quien muriera a los 19 años en la batalla del Ebro. El monarca es la pesquisa, y la historia de esa pesquisa, y la de la familia de Cercas, y la de su ominoso pasado falangista, y la de su madre, y la del momento —a sus cuatro años— cuando tuvo que dejar Ibahernando, su pueblo natal en Cáceres, para mudarse a Cataluña.


Imágenes de la batalla de Ebro. (Wikicommons)

Imágenes de la batalla de Ebro. (Wikicommons)

La novela ha sido muy bien recibida, pero junto a los elogios y las polémicas que suelen recoger sus libros, se suma cierta acusación de amarillismo por tocar brevemente un tema ‘chismográfico’ como la separación del director de cine Fernando Trueba de la actriz Ariadna Gil (quien lo dejara por la estrella Viggo Mortensen).

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Además de haber sido por mucho tiempo profesor de Filología, Cercas ha escrito ensayos, realizado traducciones, y colaborado con distintos medios (aún hoy escribe cada semana para ). Ha publicado Una buena temporada (de 1998, una miscelánea literaria), Relatos reales (de 2000, un conjunto de crónicas, perfiles y reseñas), La verdad de Agamenón (de 2006, una antología de sus colaboraciones con El País), y una selección de todo ello publicada por la UDP en Chile el año pasado: Formas de ocultarse.

En esta veta suya se inscribe El punto ciego, reciente adaptación de unas conferencias que diera el 2015 en la Universidad de Oxford y que giran alrededor del arte narrativo, postulando, entre otras, una teoría seductora: que la verdadera potencia de las novelas, desde El Quijote —solo desdeñada por el realismo del siglo XIX—, radica en el punto del título, extraído de la biología: un vacío visual que debemos llenar con la información que tenemos a la mano. Según Cercas, los relatos que más nos conmueven son aquellos que no dan respuestas, ni ponen todo claro y expuesto sobre el papel; sino aquellas que se hacen preguntas de manera compleja, y nos entregan puntos ciegos para que los lectores terminemos de asirlos, de interpretarlos: ¿por qué el miliciano no mató a Sánchez Mazas? ¿Por qué Adolfo Suárez, Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo no se movieron de sus escaños cuando comenzaron los tiros? ¿Por qué mintió Enric Marco por décadas?

Lo que sigue es una extensa conversación, un intento de ‘ver’ el punto ciego de El monarca de las sombras junto a su autor.


Javier Cercas presenta su nueva novela El monarca de las sombras en el canal de Youtube de megustaleer.

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Hace cinco años le hice una entrevista a Cercas que empezaba, desde una frase de Pavese que solía citar (“La literatura es una defensa contra las ofensas de la vida”), preguntándole contra qué ofensas escribía. Y Cercas respondió: “Montones. La primera —y quizá la más importante— el hecho de que a los cuatro años mi familia se trasladara desde un pequeño pueblo de Extremadura, donde lo éramos todo y estábamos totalmente protegidos, hasta una ciudad de Cataluña donde no éramos nada y estábamos solos. De ese primer desarraigo creo que me he protegido siempre, o de él he intentado aliviarme, con la literatura. Naturalmente, no he conseguido vencerlo, así que sigo siendo un desarraigado”. En esa época ya le rondaba fuerte, silenciosa, la presencia de su tío abuelo Manuel Mena, y para escribir sobre él, ha vuelto también a Ibahernando, y a sus orígenes. A un pasado que le ha pesado mucho, que incluso le ha avergonzado (concretamente, la filiación política de varios miembros de su familia en un momento crítico).

¿Escribir El Monarca te ha provocado alivio a ese desarraigo —esa “ofensa”—, o más bien te ha abierto más preguntas, acaso ha dado pie a más ofensas?

La verdad es que la historia de Manuel Mena me ronda desde que tengo uso de razón; de hecho, su destino me planteó de niño, o de adolescente, quizá el primer interrogante serio que me he planteado en la vida: ¿por qué un adolescente como él, de 17 años, perteneciente a una familia humilde de pequeños propietarios rurales, con serias inquietudes intelectuales, se enrola al estallar la guerra en el ejército de Franco y durante dos años pelea por una causa injusta en los frentes más duros de la guerra, y muere ya casi al final, en la batalla más cruenta de la historia de España? La novela es un intento de formular esta pregunta de la manera más compleja posible; eso es lo que hacemos los novelistas: formular preguntas complejas de la manera más compleja posible. Es un intento de comprender a Manuel Mena (a él, a toda mi familia, que fue franquista, y en definitiva a mi país, que toleró o apoyó una dictadura de 40 años). Comprender no significa justificar; significa lo contrario: darse las armas para combatir el mismo error en el que incurrieron Manuel Mena y tantos chavales como él, en España y fuera de España. Y en el que de uno u otro modo siguen incurriendo.


Imagen del documental "Las grandes batallas de la guerra civil española" (Crédito: Premium Cine)

Imagen del documental

El mismo protagonista es el punto ciego de la novela.

El propio Manuel Mena y su destino trágico, del que sabemos mucho menos de lo que intuimos o imaginamos. Y él no es más que un emblema del peor pasado de mi país, del más duro y el más triste.

Cuentas al principio las dificultades que te representó primero la carga, y luego enfrentar ese pasado familiar. ¿Cómo te arrojaste finalmente el desafío? ¿Por qué, para qué?

Para entender, ya digo, para formular esa pregunta de la manera más compleja posible y entregársela al lector y que sea él quien la responda, porque es el único autorizado a responderla. En cuanto a las dificultades, fueron enormes: de hecho, ya te digo que me he pasado toda la vida con esta historia a cuestas. Y quizá la he escrito ahora porque estaba maduro para escribirla y porque o la escribía ahora o no la escribía nunca y, por tanto, dejaba que siguiera flotando sobre el pasado de mi familia en la guerra la misma niebla que flota sobre el pasado de todas las familias españolas.

Como un pacto de silencio.

La gente que vive la guerra no habla de ella, y tienen derecho a callarse porque la guerra es espantosa; pero nosotros tenemos el deber de saber, porque cargamos con esa herencia y es mejor saber lo que contiene, porque, si sabes lo que contiene, puedes manejarla. Pero, si no lo sabes, se convierte en un peso muerto, en una traba, y puede acabar haciéndote daño (que es lo que pasa con la herencia de la guerra en mi país). Y porque quien no sabe de dónde viene no puede saber adónde va


El cuadro "El 3 de mayo en Madrid", pintado por Francisco de Goya en 1814, volvió a tener una relevancia aterradora con la llegada de la Guerra Civil.

El cuadro

“Quien no sabe de dónde viene no puede saber adónde va”. 80 años después de la guerra muchos podrían preguntarse para qué seguir removiendo las heridas. Y no hablo solo en el caso español, sino en todos los países, como el Perú, que vivieron atroces periodos fratricidas. ¿Vale la explicación más sencilla?

Obviamente: las explicaciones sencillas suelen ser las mejores. Por otra parte, es falso que haya que olvidar el pasado y ocuparse solo del futuro: en realidad, la única forma de hacer algo útil con el futuro es tener el pasado siempre presente, porque en cuanto olvidas el peor pasado ya estás preparado para repetirlo. Que es, obviamente, lo que nos está ocurriendo ahora mismo en Occidente: que estamos repitiendo lo que ocurrió en los años treinta, que estamos incurriendo en muchos de los peores errores en los que incurrimos entonces. Porque ya los hemos olvidado o porque los recordamos mal, de manera casi caricaturesca.

Me imagino que estarás cansado de hablar del asunto, pero te voy a preguntar sobre Trueba. Su inclusión y participación en la novela resultan muy útiles: en algún momento funge como un compañero dialéctico que ayuda a iluminar ciertos espacios narrativos, a sembrar ambigüedad (incluso habría determinado que escribieras el libro). La pregunta es: ¿para qué incluir dos páginas de la historia de su separación que no abonarían a las varias capas de la trama? ¿Qué decirles a quienes suponen que es un pasaje innecesario (o morboso, o efectista)?

Que no han leído bien la novela. O peor aún: que se han dejado contaminar por el morbo y el efectismo y la frivolidad de la prensa rosa, como le está pasando a tanta prensa seria o supuestamente seria. En mi novela se habla de la vida privada de todos los personajes, de absolutamente todos, porque las novelas hablan de la vida privada de la gente: ¿por qué algunos lectores —poquísimos, en honor a la verdad— solo parecen interesarse por la de Trueba (cuando se cuentan cosas mucho más dramáticas sobre la vida privada de otros personajes del libro, todos los cuales son tan reales como Trueba)? Evidentemente, porque la prensa rosa ha intentado usarla, por fortuna sin éxito. Así que el problema no es de la novela, sino de los lectores contaminados, o de los malintencionados: porque los lectores de buena fe, que son la inmensa mayoría, notan que sin sus problemas sentimentales —y sin su capacidad de reírse finalmente de ellos— el personaje de David, que tan importante es en la novela, carecería de relieve y evolución moral, y sería un mero sparring intelectual y abstracto del narrador; es decir, no sería un personaje complejo, frágil y cambiante, como somos las personas de carne y hueso. Y los personajes de novela, creo que estaremos de acuerdo en ello, deben ser así. Por lo demás, creo que esto también está relacionado con la necia idea de que el humor está reñido con la seriedad. Y en esta novela, gracias a Dios, también hay humor.

Hay un tema que subyace en la novela, y que continúa vigente: el de la emigración por razones económicas, políticas o religiosas. En tu caso hablas de ello con vergüenza, y ya no me refiero solo al pasado político. ¿Por qué?

Como todos los emigrantes, de niño me avergonzaba de serlo, de estar fuera de lugar, de ser un desarraigado; ahora me avergüenzo de haberme avergonzado de eso. En mis libros nunca había hablado del tema —como no había hablado del pasado franquista de mi familia—, y estoy muy contento de haber sido capaz de hacerlo. Este libro trata de mis orígenes —personales, geográficos, políticos, familiares—, y por eso es que tengo esa impresión de que es el libro que me había estado preparando para escribir desde siempre. Repito que quien no sabe de dónde viene no puede saber adónde va.

Otro aspecto es el de la herencia, que pasa tanto por la casa misma de Ibahernando, como por tu madre, como por el pasado que, en tu misma sangre, se niega a desaparecer.

Ese es quizá el tema central del libro. El monarca de las sombras no habla de la Guerra Civil o de la guerra a secas —o no solo habla de ellas—, sino de la herencia de la guerra, con la que en España todos cargamos (y fuera de España también, porque no hay ningún país sin un pasado violento); y es mejor saber en qué consiste, porque, si la sabes, puedes manejarla. Somos lo que hemos sido: somos nuestros antepasados como seremos nuestros descendientes, porque la materia ni se crea ni se destruye, sino que solo se transforma. De alguna manera extraña y elemental no nos morimos del todo.

Otra idea es la de estar entre los vencedores y perder, como los soldados marroquíes que pelearon con Franco.

Es que hubo muchos perdedores que lucharon en el bando de los vencedores, como ocurre en todas o casi todas las guerras, y esos quizá son los peores perdedores. El caso más evidente en el libro es naturalmente el de Manuel Mena, que, aunque combatió con los franquistas, es un perdedor por al menos tres motivos: primero, porque no peleó por sus intereses, sino por los de otros, básicamente los de la oligarquía (los intereses de su familia de pequeños propietarios rurales los defendía la República); segundo, porque luchó por una causa injusta, y ahora no podemos honrarlo; y, tercero, porque en la guerra lo perdió todo, incluida la vida. Por eso, aunque el final de la novela sea luminoso, o eso creo, la historia de Mena es tristísima. Y también por eso, porque es un perdedor total entre los ganadores, había que contar su historia.

En un pasaje, conversando con el personaje de David Trueba mencionan que entonces el honor de estar haciendo lo correcto, de combatir —y morir— por lo que se creía justo y noble permitía, al menos a los deudos del joven soldado muerto, recordar su acción como lo hacían los antiguos griegos, como una “bella muerte”; y que hoy la gente ya no idealiza la guerra, que es una estupidez sin ningún romanticismo para cualquiera.

Esta es una novela belicosamente antibelicista en la que se abomina de la visión idealizada de la guerra que tanta gente ha difundido desde que el mundo es mundo (y sigue difundiendo ahora mismo). Esa visión —que en la novela se representa con el cuadro “La rendición de Breda”, de Velázquez, uno de los más hermosos que se han pintado nunca— es la que ha llevado siempre a los niños al matadero, como le ocurrió sin duda a Manuel Mena, que era un niño cuando fue a la guerra (la guerra, eso también se nos ha olvidado, la han hecho siempre los niños, y la siguen haciendo); esa visión, e ideologías tan ponzoñosas como el falangismo, que no fue más que la versión española del fascismo.


“La rendición de Breda” (1634-1635), de Diego Velázquez

“La rendición de Breda” (1634-1635), de Diego Velázquez

¿Y qué pasa hoy entonces con los extremistas, o con quienes se entregan con pasión a causas sin sentido? ¿Tienen derecho al kalo thanatos?

Ambas cosas, o variantes de ambas cosas, son las que ahora mismo llevan a los islamistas radicales a cometer las atrocidades que cometen; también ellos son víctimas de los adultos, que les envenenan el cerebro con esas fantasías y los llevan a la muerte. También ellos son víctimas y hay que entenderlos, porque entenderlos es la única forma de combatirlos. Y sí, casi todos esos chicos son idealistas, gentes que mueren creyendo que matando traerán el paraíso en la Tierra, cuando lo único que traen es el infierno. Es lo que en cierto modo le ocurrió a Manuel Mena. Pero, que yo sepa, él no mató a sangre fría a nadie, no hizo más que pelear en combates terribles, en batallas tremendas; nunca fue un terrorista: en este sentido, no tiene nada que ver con los radicales islámicos. Pero sí en su fe de idealista en una causa política equivocada.

¿Por qué decidiste que los episodios “históricos” de la novela fueran narrados en tercera persona, donde Javier Cercas se convierte en un personaje, aun sin acción, sobre el que de alguna manera solo recaen ciertos datos? ¿Es una estrategia para evitar ficcionalizar, caer en supuestos cuando se trataba de reproducir en la medida de lo posible la verdad histórica?

En la novela hay dos narradores. Uno es un historiador que reconstruye con la mayor precisión, honestidad y complejidad posible el pasado, la historia de Manuel Mena, de su familia y de mi pueblo durante la guerra, que es la historia de mi familia y de mi pueblo y que pretenden ser la historia de todas las familias y los pueblos (“Pinta tu aldea y pintarás el mundo”, dice Tolstoi; “Pinta tu familia y pintarás todas las familias”, añadiría yo): este narrador, insisto, es un historiador, casi un notario, que no puede inventar nada y que, claro, habla de mí desde fuera. El otro narrador soy yo, o alguien muy parecido a mí, que reconstruye en el presente —y tomándose algunas mínimas libertades con la realidad, que el otro no puede— el propio proceso de hacerse la novela, su making off. Sobre ese diálogo entre el pasado y el presente, entre la historia y la ficción o la leyenda, entre lo colectivo y lo individual, se estructura la novela. En definitiva: yo necesitaba al historiador, al narrador frío y notarial, para muchas cosas, entre ellas para distanciarme de la historia más dura y difícil de mi familia, para narrarla con la mayor objetividad y rigor posible.


La batalla del Ebro fue la lucha más larga, la que más vidas reclamó, y una de las más sangrientas de la Guerra Civil. El enfrentamiento se dio entre julio y noviembre de 1938, entre las provincias de Tarragona y Zaragoza. (Foto: PREMIUM CINE)

La batalla del Ebro fue la lucha más larga, la que más vidas reclamó, y una de las más sangrientas de la Guerra Civil. El enfrentamiento se dio entre julio y noviembre de 1938, entre las provincias de Tarragona y Zaragoza. (Foto: PREMIUM CINE)

Una cuestión moderna es cuestionarse la valía del relato histórico, partiendo de que se trataría de una quimera. Sin embargo, tú vas a las fuentes, a los recuerdos, a los campos de batalla. ¿En qué medida los hechos reales deciden su propia evolución? ¿Los mínimos detalles de la historia —con minúscula— determinan la Historia?

Mira, para mí, igual que el pasado es una dimensión del presente (sobre todo el pasado del que hay memoria y testigos), lo colectivo es una dimensión de lo individual, y por eso en mis libros pasado y presente se alternan y entrecruzan —yo hablo del pasado para hablar del presente, o hablo de un presente ensanchado, que incluye también el pasado—, igual que parto de minúsculas historias personales para contar la gran historia colectiva. Por otra parte, no creo que la historia sea una ficción: creo que es una conjetura. Tampoco creo que no exista la verdad; existe, aunque es cierto que quien cree poseerla o es un tonto o es un fanático (o ambas cosas a la vez). La verdad existe, solo que al final siempre se nos escapa de las manos. Quizá la verdad sea nuestro esfuerzo por hallar la verdad.

¿Tiene sentido hoy atender ideales de izquierda y derecha? ¿Existen realmente?

Yo debo de estar un poco anticuado, porque no solo creo que la verdad existe, sino también que existen la derecha y la izquierda, igual que existen el norte y el sur; eso no significa que izquierda y derecha sean absolutos: como el norte y el sur, son solo instrumentos útiles para orientarnos. Por eso creo que quien dice que la derecha y la izquierda no existen está desorientado o intenta desorientar.

Javier, ¿este libro cierra, al menos por ahora, el ciclo iniciado con Soldados de Salamina? ¿O tienes más preguntas que hacerte, que interpelar sobre la Guerra?

No sé si este libro cierra o abre algo, la verdad. Sé que es el libro que me había estado preparando para escribir desde que soy escritor, y que estoy muy satisfecho por haberlo escrito (de hecho, durante mucho tiempo, como cuento en el propio libro, pensé que nunca lo escribiría, que no sería capaz de escribirlo), y también, desde luego, por cómo ha sido recibido. Pero me ha dejado en un estado de feliz perplejidad, sin saber muy bien por dónde iré ahora. Veremos. Sea como sea, la guerra es el primer tema de la literatura, y probablemente será el último, así que no deja de plantearnos preguntas: creer que el tema está agotado es como creer que está agotado el tema de la muerte, o el del amor.


Javier Cerca en el Seminario "Vargas Llosa: Cultura, Ideas Y Libertad" en la Casa de America. Fue el 30 de marzo del 2016, en Madrid, España. (Créditos: Getty Images)

Javier Cerca en el Seminario

Para terminar: ¿qué opinas de  que le dirigió Mempo Giardinelli a Vargas Llosa?

Opino que es bastante educada, cosa que se agradece. Solo añadiré que, si es verdad lo que dice Giardinelli (que el actual gobierno argentino es “un gobierno de facinerosos y malvados insensibles que a lo largo de cuatro décadas, y bajo todos los gobiernos [sic], han venido fugando del país alrededor de 350.000 millones de dólares que tienen escondidos en cuevas fiscales que llaman paraísos”), yo no le daría la mano a Macri, y estoy seguro de que Vargas Llosa tampoco.

Sobre el libro

(Créditos: Literatura Random House)

Título: El monarca de las sombras
Autor: Javier Cercas
Editorial: Literatura Random House
Páginas: 288
Precio: S/ 69,00