Juan Bonilla

¿En serio ya han pasado dos años de aquello? Cómo pasa el tiempo. Pasa y pesa. Pero recuerdo esa semana como si acabara de pasar, comprimida en una serie de imágenes que han quedado distendidas porque ya no las hace temblar la ansiedad de entonces. José Manuel Blecua, entonces director de la RAE y presidente del jurado de la I Bienal, dijo solo la primera palabra del título de mi novela, “Prohibido”, y unos locos que había en el Gran Teatro Nacional de Lima —cuyos nombres no diré para no avergonzarlos— empezaron a gritar. Me puse de pie, abracé a Juan Gabriel Vásquez (aprovecho para decir que he ido a la casa de apuestas a invertir en él en esta segunda edición), subí al escenario, abracé a Mario Vargas Llosa. Y me quedé sin nervios y sin memoria, así que apenas balbuceé unos versos de Vallejo (porque me había prometido regalarme la primera edición de "Poemas humanos" si ganaba). No era aquella la primera vez que posaba para una foto con Vargas Llosa. Años antes me habían concedido un premio a mejor libro de relatos del año y era él quien lo entregaba. Aproveché para llevar conmigo las primeras ediciones de La ciudad y los perros y La tía Julia y el escribidor para que me las dedicara, y recordé que cuando era yo un chiquillo esos dos libros me acompañaron durante un viaje que hice, con otros enfermos de literatura, desde Jerez a Sevilla, porque nos habíamos enterado de que Vargas Llosa iría a la Universidad de Sevilla a dar una conferencia. Bachilleres como éramos y adolescentes letraheridos, enseguida hicimos planes para no perdérnoslo. “Planes” significaba ahorrar en desayunos para pagar el tren —que entonces tardaba hora y media: ahora las dos ciudades están a 45 minutos—, llevar dinero para aguantar la noche en los garitos en que nos dejaran entrar, y volver en el primer tren de la mañana si no daba la casualidad de que conocía uno al amor de su vida y se quedaba en Sevilla para siempre, abandonando estudios y familia y billares en las afueras del Instituto Alvar Núñez. Habíamos hecho aquel viaje solo una vez previa: para ver el colosal combate del siglo entre Borges y Calvino, que se produjo justo el mismo día en que enterraban a Paquirri. La gente se echó a las calles. Joder, sí que ha venido gente a ver a Borges y Calvino, dijimos. Pero qué va, era por el entierro del torero. Calvino comentó nada más empezar su conversatorio: “¿Cómo vamos a hablar del tema si la ciudad nos ha dado una lección de literatura fantástica hoy?”. 
     Hicimos pues aquel viaje a Sevilla para ver y oír a Vargas Llosa, y yo me había provisto de la primera edición de "La ciudad y los perros" que conseguí poco antes en una feria de libro viejo, con sobrecubierta y todo, en muy buen estado: me costó el equivalente a dos semanas de desayunos, pero seguro que habría en alguna revista científica un estudio que demostrara que el desayuno no era la comida más importante del día. En aquella época heroica, "La ciudad y los perros" se leía en segundo o tercero de bachillerato, y de todas las lecturas del curso había sido, junto con "El árbol de la ciencia", de Pío Baroja, no la que más me hubiera gustado o dejado de gustar —que a fin de cuentas poco importaba—, sino la que más deseos de ser escritor me había inyectado en la sangre. Desde entonces divido a los escritores en dos grupos: los que, al leerlos, te dan ganas de escribir y los que te las quitan. Nabokov te da ganas de escribir; Proust te las quita. Vargas Llosa te las da; Musil te las quita. Borges te las da; Joyce te las quita. No tiene que ver con la calidad, pues. Es otra cosa que no sé denominar sino con la palabra “encanto”. Los escritores que te dan ganas de escribir tienen un encanto que los otros no: ya sé que es una apreciación barata y particular, indemostrable, pero a mí me sirve. ¿Cuántos íbamos? No sé, en mi recuerdo éramos una multitud de lo eufóricos que estábamos, pero puede que no fuéramos más que cuatro o cinco. 
     La facultad donde iba a disertar Vargas Llosa estaba a tiro de piedra de la antigua estación de Cádiz, hoy un mercado después de haber sido macrodiscoteca. Cruzamos los Jardines de Murillo e ingresamos al edificio de la Fábrica de Tabaco donde trabajó Carmen —la de Mérimée— y entonces se licenciaban filólogos e historiadores, traductores y abogados. Encontramos el aula magna y parecía que allí iba a jugarse un Real Madrid-Barcelona. No sé si tenemos alma, pero, si la tenemos, puedo decir que en aquel salón no cabía ni una más. Apenas pudimos oír a lo lejos la voz del peruano disertando, arrancando risas y aplausos que se nos contagiaban aunque no supiéramos ni qué aplaudíamos ni de qué nos reíamos. Bueno, me dije, no importa, cuando acabe me acerco y por lo menos me firmará el libro. Ya, o no acabó nunca o no me di cuenta de qué ocurrió: parecía que todos los allí reunidos habían ido no tanto a escuchar a Vargas Llosa como a que les firmara algo, lo que fuera, alguno de sus libros, un papel para enmarcar, lo que fuera. Resultó imposible siquiera ponerse en una fila para alcanzarle mi ejemplar. Mis compañeros tiraron de mí, volvimos al resplandor vegetal de los Jardines de Murillo, la noche caía prometedora sobre la gran ciudad llena de tabernas y flamenco para turistas. Por ahí nos perdimos hasta el alba y hasta el alba me acompañó en mis correrías aquel libro sin firmar.

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Muchos años después, cuando le dieron a mi libro de relatos el premio que él entregaba, volví a acompañarme de ese viejo ejemplar. Le conté a Vargas Llosa la peripecia de unos adolescentes que subieron a un tren para ir a verle y por fin me lo firmó: “A Juan Bonilla, excusándome por el retraso, con el abrazo de Mario”, dice la dedicatoria. 
     Después le dieron el premio de la I Bienal a mi “Maiakovski”. Pero el premio real no se entregaba aquella noche del teatro en la que, sádicamente, Vargas Llosa alargó su discurso para que siguieran comiéndonos los nervios. Recuerdo que contó que una vez se les ocurrió a unos cuantos colegas hacer un concurso para decidir qué escritor merecía entrar en el Reino de los Cielos, y decidieron optar por Juan Rulfo. Yo pensé, mientras Vargas Llosa seguía hablando, que dejaría entrar a todos los escritores del mundo menos a él mismo, por alargar su discurso, y a J. J. Armas Marcelo, por habernos puesto en una tesitura a la que los escritores no tenemos por qué acostumbrarnos: la de esperar que se abra un sobre y se lea un nombre, como si fuésemos estrellas de Hollywood. Estuve a punto de no ir a la gala en protesta por esos métodos, pero Rosa Montero y Leila Guerriero me hicieron ver, con harta sabiduría, que, si no iba, quedaría como un divo tanto si ganaba como si no, lo que resultaba muy patético. Tenían razón. 

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La recompensa de verdad llegó una semana después de la noche de la Bienal, en forma de artículo de Vargas Llosa sobre mi novela. Uno en el que sabía ver que el verdadero protagonista no era Maiakovski sino el narrador, alguien que a veces parecía su amigo íntimo, otras el propio futurista, otras un historiador que trata de poner en pie su vida. No sé cuántos lectores ganó ese artículo para mi libro: muchos sin duda. Lo comprobé al año siguiente cuando me tocó viajar siete u ocho veces a América Latina y me encontraba con personas que habían ido a que les firmara su ejemplar de "Prohibido entrar sin pantalones", que lo compraron animadas por las palabras de Vargas Llosa. Esos viajes fueron el gran premio, la gente conocida en Caracas, Panamá, Cartagena, Bogotá, Tegucigalpa, Veracruz, Guadalajara, México. Y Lima, claro. La Lima que empecé a conocer en los libros de Vargas Llosa. Esa Lima que también formaba parte del premio real que me dieron aquella noche de la que —¿de verdad?— han pasado ya dos años. 

Sociedad del espectáculo

Al día siguiente de ganar el premio me llevaron a un canal de televisión. El edificio estaba rodeado de adolescentes. Joder, pensé, sí que son importantes Vargas Llosa y su premio, vaya que es literaria Lima. Qué va, la multitud estaba allí para pedirles autógrafos a las estrellas de un programa juvenil llamado "Esto es guerra". Me presentaron a algunos de ellos, unas muchachas rotundas y unos chicos hercúleos que no me hicieron el menor caso cuando les avisaron que yo era el ganador del Premio Vargas Llosa. Era como si Vargas Llosa, al no ser una marca de batido reconstituyente ni el nombre de una discoteca de moda, no les sonara de nada. 
     Decidí vengarme. Les dije a las chicas que quería hacerme una foto con ellas, que mis amigos no iban a creer la suerte que había tenido de conocerlas, que en España todas ellas eran famosísimas y no podrían caminar por la Gran Vía de Madrid sin que las pararan mil veces, que tenían fans de todas las edades y capas sociales. Abrieron los ojos sorprendidas y encantadas, incrédulas. ¿De verdad?, me preguntaron. Inventé que el programa se seguía religiosamente por Internet, que todos mis alumnos estaban enamorados de ellas, que no hablaban de otra cosa, que sus cuerpos ilustraban carpetas y forraban habitaciones, que protagonizaban los sueños más pecaminosos del país. 
     Cambiaron de actitud, de repente se mostraron simpáticas, me pedían más noticias. Les aseguré que me iban a envidiar de verdad, no por el premio, sino por haber conocido a las chicas de "Esto es guerra". Y nos hicimos una hartura de fotos.