Jorge Paredes Laos

Las torres de 14 pisos parecen flotar entre las copas de los árboles. Vista desde la avenida Gregorio Escobedo, la Residencial San Felipe se asemeja a un oasis verde, salpicado de edificios de ladrillos de colores claros que apenas contrastan con el cielo pálido de Lima. Después de pasar por un gran jardín que resguarda las viviendas de la calle, y a través de un pasaje que da a un conjunto de casitas dúplex, se llega al ágora, una pequeña plaza cuadrada como un tablero de ajedrez que —dicen— fue el origen de todo. Desde aquí se puede observar la perfecta geometría de las cuatro primeras torres construidas en el lugar hace 50 años: las ventanas corridas que rodean cada uno de los pisos como cinturones transparentes y las rampas que conducen a los departamentos ubicados sobre un extenso hall de dos pisos. Es temprano y el espacio está casi vacío. Solo una señora cruza apuradamente la explanada y en uno de los pisos un hombre joven habla por celular. El ruido del tráfico ha cesado y se impone una calma de otro tiempo. En su armonía y soledad, San Felipe parece una pequeña urbe de ficción que contrasta con el desasosiego de Lima. Es un ejemplo de esa ciudad ordenada y planificada, con gigantescas áreas verdes, comercios, bancos, centros culturales, nidos y colegios, que alguna vez pudimos construir.


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Los años sesenta se iniciaron con gran efervescencia en el país: golpes de Estado, migración del campo a la ciudad y un urbanismo creciente. En ese momento, el hipódromo de San Felipe, rodeado ya de exclusivas mansiones, decidió mudarse a Monterrico. Sus 32 hectáreas despertaron entonces el apetito de Pedro Beltrán, ministro de Fomento, quien pensó lotizar los terrenos para la construcción de grandes residencias particulares, como las existentes en la aristocrática avenida Salaverry. Se trazaron los planos y el negocio inmobiliario se puso en marcha en los primeros meses de 1962; sin embargo, un golpe militar lo detuvo todo. El presidente Prado fue depuesto por el general Pérez Godoy y, en un año, este efímero gobierno unificó dos entidades de fomento y creó la Junta de la Vivienda. Se reunió a un grupo de talentosos y jóvenes arquitectos, quienes vieron el momento ideal para poner en marcha, en los antiguos predios del hipódromo, una obra destinada a satisfacer a una naciente e inédita clase media. La coyuntura política facilitó las cosas. En 1963 llegó al poder el arquitecto Fernando Belaunde, quien de inmediato hizo suyo el proyecto de quienes habían sido, además, sus alumnos. Se inició una competencia por ver quién presentaba las mejores propuestas y Palacio de Gobierno se llenó de maquetas. 
    Enrique Ciriani tenía en esa época 26 años y una experiencia inusitada para su edad. Había estado en Brasilia —la capital brasileña levantada desde la nada hasta convertirse en un hito de la arquitectura continental— y ya había diseñado la Unidad Vecinal de Matute, en La Victoria. Entre sus profesores estaban Belaunde, Adolfo Córdova, Santiago Agurto, Luis Miró Quesada Garland y Javier Cayo Campos, quien era su jefe en la junta y quien había sido, además, el director de su tesis. Entonces, presentó para San Felipe el concepto de las cuatro torres de catorce14 pisos distribuidas alrededor de un ágora, rodeada de volúmenes más pequeños, que se convertirían en dúplex. Se lo aceptaron.  
    “Fue un período de gran entusiasmo impulsado por el arquitecto Belaunde. Mis recuerdos son de una época dorada cuando el futuro y el presente eran lo mismo, y ambos eran sinónimos de mejor”, cuenta Ciriani, 50 años después, a través del correo electrónico. Actualmente, vive en París, en un multifamiliar hecho por él mismo. “En un lugar, donde al despertarme, estoy de acuerdo con todo lo que veo”, dice. 
     Y lo mismo podría decirse hoy de San Felipe. 


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El arquitecto Adolfo Córdova también recuerda con nostalgia el tiempo en que se creó la residencial. Pronto cumplirá 93 años y es la memoria del lugar. Vive aquí desde hace cuatro décadas y, cuando se le pregunta por qué decidió mudarse a este espacio diseñado y construido por alumnos suyos, explica: “Siempre quise venir porque sabía que aquí se vivía muy bien”. Primero llegó como inquilino en una de las torres, la C2, donde estuvo cuatro años. Luego, ya cincuentón, pudo adquirir uno de los buenos dúplex de ladrillos rojos que tienen una vista de más de cien metros de jardín. “Hace pocos días he podido felicitar a su autor, el arquitecto Jorge Páez”, relata. Córdova está sentado en una mesa del café Aguaymanto, un lugar acogedor ubicado en la plaza Belaunde, frente a la zona bancaria. Viene aquí todas las mañanas a conversar con los vecinos, con antiguos alumnos o jóvenes profesionales que le piden consejos. No escucha muy bien pero tiene la memoria fresca y recuerda con exactitud fechas y nombres.  
    “Se menciona, a veces, a Enrique Ciriani como autor único del diseño —empieza a contar— pero hay que recordar que otros arquitectos también han trabajado aquí. Javier Cayo Campos fue el jefe de todos. Ciriani concibió el conjunto de las cuatro torres de la primera etapa, ahí trabajó con la colaboración de Mario Bernuy. Los otros edificios, que son de tres tipos, tuvieron otros autores: los de bloques largos y calles aéreas son de Luis Vásquez y Jacques Crousse; las nuevas torres y el centro comercial son de Víctor Smirnoff y los dúplex de ladrillos rojos corresponden a Jorge Páez”. Excepto Vásquez, todos fueron sus alumnos.  
    En un inicio se pensó repetir el  módulo de la primera etapa tres o cuatro veces, pero esta resultó muy costosa y se tuvo que abandonar la idea. Córdova explica que la primera etapa fue cara porque las torres gozan de un gran sótano de estacionamientos y de ventanas corridas que proporcionan a las habitaciones una vista amplia, sin interrupción. “Para lograr eso hay un volado muy fuerte. Es decir, la estructura tiene un soporte central de placas gruesas y el techo sale de ahí tres metros. Esto libera el exterior de columnas y hace que cada edificio se vea liviano como si estuviera flotando en el aire. Todo eso es bello, pero costoso”, dice. 
    Por eso luego se hicieron edificios libres que formaban espacios agradables y que hoy destacan por su buen urbanismo y arquitectura. 
    Sin embargo, cuando se inauguró la residencial, en 1966,  hubo resistencias. En una ciudad plana, de tradicionales mansiones o de pequeños lotes, unas columnas de cemento que invadían el horizonte fueron vistas por muchos como algo negativo. Un atentado a la Lima señorial. Algunos diarios de la época las calificaron de “elefantes blancos”. A inicio pocos se acercaron a inscribirse para acceder a las viviendas (se daba una cuota inicial y después se pagaba el resto trimestralmente).Eran, sobre todo, empleados y jóvenes profesionales. “Gente de izquierda, progresista y buena onda”, dice de pronto la periodista Mariella Stuart, quien acompaña a Córdova en la mesa. Ella llegó a vivir a mitad de los años ochenta y ahora lidera las actividades por el medio siglo de la residencial. Córdova la mira y sonríe: “Los departamentos eran caritos —comenta—. Yo me había inscrito, pero las circunstancias hicieron que no pudiera completar la cuota inicial. Era profesor universitario, y no ganaba mucho. Pero como todos eran mis amigos, me reservaron mi inscripción un buen tiempo”. Luego, se ríe como si hubiera dicho una broma.   


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“Mi padre llegó a San Felipe gracias a García Márquez”. La frase es de Eloy Jáuregui, periodista y poeta, vecino de la residencial desde 1968, cuando era un adolescente. El padre de Jáuregui era librero y trabajaba en la librería Studium. Un día le pidieron vender un libro de un autor colombiano, casi desconocido en Lima, que había publicado una novela titulada "Cien años de soledad". “Mi viejo llegó a la casa alucinado —cuenta Eloy—. Había leído hasta la cuarta página y no lo podía creer. ‘Es un libro maravilloso’, decía”. No se equivocó. Se vendió como pan caliente y la familia pudo mudarse del modesto Surquillo a un lugar más encumbrado, a las recién construidas torres, cerca de la avenida Salaverry. 
    Si Córdova es la memoria de San Felipe, Jáuregui es su cronista. Es el periodista dicharachero e interesado en la gente y en la vida cotidiana del lugar. En estos momentos tiene alquilado su departamento, por lo que vive recluido, por un problema en la rodilla, en una casa de Santa Anita. “Le decíamos Manhattan chico”, cuenta. “Es la primera construcción urbana y social que consolida a esta clase que no es media, hermano. Es, más bien, un fragmento, un sándwich, una franja formada por empleados, profesionales, comerciantes emergentes y por esos ricos venidos a menos afectados por las reformas de Velasco. Todos ellos van a dar a San Felipe que es esta metáfora de ciudad en perpetua creación, que no termina nunca de tener un rasgo”. 
    En la residencial no había solo limeños, sino también muchos provincianos. Políticos de izquierda, como Héctor Béjar, Carlos Malpica, Edmundo Murrugarra; o de centro, como Sandro Mariátegui, quien era amigo y ministro de Fernando Belaunde; o artistas, como Elvira Travesí; o periodistas, como el recordado Alfonso Tealdo. “Lo que ha pasado con San Felipe es lo que ha pasado con el Perú —continúa Jáuregui—. Yo he visto la lucha constante de los sectores sociales que vivían ahí”. 
    Después, en un tono más confidencial, afirma: “Yo nací en Surquillo, pero donde fui feliz ha sido en San Felipe. Entrábamos a todas las fiestas que eran rockeras, no salseras ni chicheras como en otros lados. Eran los tiempos de Woodstock y todos éramos hippies, fumábamos marihuana, usábamos pantalones acampanados y camisas con flores”. 
    Eloy recuerda con emoción un restaurante llamado El Palmero. Estaba ubicado en el segundo piso del área comercial y su dueño era un arequipeño llamado Guillermo Stanbury. Un lugar de buena comida y buena música que, según su eslogan, presentaba un  “grandioso y variado show de Sudamérica”. Ahí se presentaban desde grupos como Perú Negro y cantantes como Lucha Reyes, hasta ídolos de la Nueva Ola como Sandro, Yaco Monti, Los Ángeles Negros. El show empezaba a las once. Jáuregui consiguió en el restaurante su primer trabajo. “Una tarde bajó de una camioneta un señor con acento chileno y me pidió que lo ayudara a cargar sus instrumentos. Después, me preguntó si tenía traje negro y me dijo que si quería ganar algo que regresara en la noche para ayudarlo. Era de Los Ángeles Negros y me fui con el grupo de gira por todo el Perú”. 
    Y si El Palmero fue el centro de la movida en la residencial hasta entrados los años ochenta, hoy —asegura Jáuregui— este privilegio lo tiene La Retama, un restaurante cuyo dueño es Hugo Crespo, un huantino que prepara las pachamancas más exquisitas de la ciudad. “Es un modelo de economía familiar. Ahí se hacen los menús para todo San Felipe, y los domingos se presentan grupos de música, sobre todo ayacuchana”, detalla Eloy.
    Le preguntamos a Hugo Crespo por este calificativo y solo sonríe. Está sentado en una de las mesas de La Retama y cuenta que llegó a San Felipe como canillita, poco  después de la inauguración. “Era todo bien bonito, los jardines estaban bien cuidados, y me enamoré de este lugar”, dice. Con el tiempo, pasó a trabajar en el restaurante Las Casuarinas, y como no había muchos clientes, el dueño se lo dejó para que lo hiciera progresar. Crespo le cambió de nombre y trajo a San Felipe lo que mejor sabía hacer: la comida de su tierra, la pachamanca, el mondongo y otros manjares que no se conocían en Lima, como la oca. Con los años, compró el negocio, y hoy en una de las paredes se luce un letrero que dice: “La Retama, desde 1969”. 
    “Aquí he conseguido todo lo que tengo”, sentencia Crespo. En 1999 logró inscribir su nombre en "El libro Guinness de los récords" por haber hecho la pachamanca más grande del mundo. Luego, en julio del 2003, consiguió que el Instituto Nacional de Cultura declarara este plato patrimonio de la nación, y recientemente, tras tocar muchas puertas,  hizo que se declarase el primer domingo de febrero el Día Nacional de la Pachamanca. Después de varias décadas de emprendimiento, Crespo es desde hace cinco años otro vecino ilustre de la residencial. 

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Pero en San Felipe no todos son comerciantes. También han vivido y viven aquí intelectuales o artistas, como el cineasta José Carlos Huayhuaca, el diseñador José Ruiz Durand o el literato Tomás Escajadillo. Bruno Mendizábal pertenece a este grupo. Una no tan calurosa noche de verano, recuerda, vio en la entrada de Los Fresnos, el edificio donde vive, a un adolescente vestido solo con un short. “Estos muchachos son eternos —pensó—. Nada les pasa”. En esa imagen banal, Mendizábal vio la semilla de un poema dedicado al lugar donde había crecido. Así nació "San Felipe Blues", un libro aparecido en 1999 y que en el 2004 fue reeditado, con otros poemas, por Arturo Higa y su sello Álbum del Universo Bakterial. 
    “En ese tiempo seguía un consejo de Hemingway que decía que uno debía escribir sobre lo que conocía —expresa—. Y lo que yo conocía era la vida en la residencial”. Es decir, esas tardes de pinball y esas fiestas de fines de semana cuando los muchachos se reunían al pie de las escaleras y rampas que daban al centro comercial para escuchar música y tomar y fumar todo lo que podían. “Nadie nos botaba y se armaban unas juergazas”, recuerda Mendizábal, y hace una mueca como si fuera una sonrisa. Eran otras épocas. Hoy, en cambio, esa generación ya no existe. La mayoría se ha mudado y los fines de semana el conjunto se parece más a una ciudad fantasma. Es que sus habitantes, como San Felipe, también se están haciendo viejos.
    Este tiempo,  suspendido entre el pasado y el presente, ha quedado muy bien reflejado en las espléndidas fotografías que Philippe Gruenberg y Pablo Hare realizaron para ilustrar el poemario de Mendizábal. La serie ha cobrado vida propia y ha sido exhibida en distintas exposiciones dentro y fuera del Perú. En el 2007 el Museo de Arte Lima las publicó en un pequeño libro, con un ensayo de Rodrigo Quijano. “Fue el segundo proyecto que realizamos juntos”, afirma Gruenberg, “y respondía a nuestro interés por la historia de la ciudad, la arquitectura y el modernismo”.  Ahí están, en blanco y negro, los departamentos espaciosos, las máquinas de pinball apagadas, las sillas de las antiguas barberías. Todo en una armonía silenciosa como los rastros inertes de una tormenta. 
    “La arquitectura influye en la gente y viceversa”, dice Adolfo Córdova, mientras inicia la marcha de regreso hacia su casa. “Creo que el diseño ayuda a la relación de la gente con el edificio. Hay mucha comunicación. Esta calidad de vida es defendida por los vecinos”, enfatiza. Pone como ejemplo lo sucedido hace seis años, cuando el alcalde anterior quiso ceder a una compañía el parqueo que está delante de un supermercado que da a Gregorio Escobedo. Entonces la gente reaccionó. Todas las noches, después de las 8, se escuchaba el ensordecedor ruido de las cacerolas. “El bullicio era tremendo”, recuerda el arquitecto. La calma solo volvió cuando el municipio dio marcha atrás. 
    Córdova se aleja por uno de los pasajes de la residencial. Afuera la ciudad sigue siendo la misma.