Alessandra Miyagi

En el imaginario colectivo, Colombia brilla entre los países latinoamericanos como un lugar de contrastes prodigiosos, un espacio donde la desigualdad social engendró una situación de violencia desenfrenada que empapó de sangre y miseria varias décadas de la historia nacional; pero también como un lugar donde las mariposas amarillas anticipan sin falta la llegada del hombre amado, y donde hay mujeres tan hermosas que Dios las reclama para sí, haciéndolas ascender lentamente al cielo en cuerpo y alma.
    Colombia es un país complejo, y su literatura así lo refleja. Sin embargo, esta no se reduce únicamente a la estética del realismo mágico o a la narración del eterno conflicto armado. En los últimos años, ha surgido una serie de autores que dan cuenta de una realidad distinta, más amplia y a la vez más íntima; en cuyas obras podemos encontrar ya solo vestigios de la propuesta de García Márquez, y donde “la violencia y el narcotráfico no aparecen como protagonistas, sino como un telón de fondo, como un ruido incidental en las historias”, nos dice Margarita García Robayo, autora de la novela Lo que no aprendí (2013).
    
El cosmopolitismo temático es también otro rasgo de estos nuevos autores. “Hoy en día, los escritores tenemos más libertad para escribir lo que se nos ocurra. No siento que haya mandatos muy prominentes sobre los temas o las estéticas, como sí ocurría en generaciones pasadas, donde la narrativa latinoamericana era sobre todo un intento por explicarnos como región”, continúa Margarita. De este modo, podemos encontrar “temas comunes a toda Latinoamérica, y que demuestran que la literatura colombiana trasciende lo nacional”, interviene Andrés Felipe Solano, escritor bogotano que hoy vive en Seúl. Al lado de estos temas evidentemente contemporáneos, “hay también un gran interés por ahondar en la historia para volver a contarla y así, desde la ficción, entenderla por fin”, nos dice Juan Esteban Constaín, novelista, historiador y columnista del diario colombiano El Tiempo. Todo esto está atravesado por la tendencia posmoderna de la narrar desde y sobre la intimidad, tendencia que no es exclusivamente colombiana, sino que es un fenómeno que se aprecia en la literatura de distintas partes del mundo, concluye Juan Álvarez, autor de la novela La ruidosa marcha de los mudos (2015).
    
Andrés Felipe Solano, Juan Álvarez, Margarita García Robayo y Juan Esteban Constaín son cuatro de las más refrescantes voces de la nueva narrativa colombiana. Todos ellos nacieron en distintas ciudades a fines de la década del setenta, cuando el clima de violencia se encontraba en efervescencia; todos pasaron en algún momento de sus vidas por el periodismo; todos se formaron en distintas disciplinas —excepto Solano, él ya estaba condenado a la literatura desde el principio—, pero un día sus caminos se torcieron y se dejaron arrastrar por sus perversiones textuales. Sin embargo, salvo por la simple contingencia cronológica, ninguno se siente parte de una misma generación literaria —“concepto caduco”, suelta Solano—, sino que son conscientes de que integran un grupo heterogéneo con estéticas y propuestas divergentes. A continuación, una mirada a sus biografías y obras.

Andrés Felipe Solano
Es el mayor de los cuatro y el único que nació y creció en Bogotá (1977); pero también es quien ha encontrado su hogar en la más lejana de las ciudades. Seúl, en Corea del Sur, le abrió las puertas a Solano en el 2008, cuando ganó una residencia literaria. Allá, el autor de Sálvame, Joe Louis (2007) y Los hermanos Cuervo (2012) —dos extravagantes novelas, donde narra la historia de un fotógrafo de sociales cuya vida se ve trastocada al enterarse de la muerte del hombre más viejo del mundo, y donde le seguimos los pasos a dos enigmáticos hermanos con fama de perversos, respectivamente— enriqueció su vida y su obra: conoció a su esposa y encontró la inspiración para escribir Corea: apuntes desde la cuerda floja (2015), un estupendo libro que, entre la crónica y el diario íntimo, retrata la vida en aquella vertiginosa ciudad, y por el que Solano acaba de ganar el Premio Biblioteca Narrativa Colombiana. Lo cual no es de extrañar, pues, pese a que se formó en Literatura, pasó diez años de su vida dedicado al periodismo —tiempo en el que colaboró con medios como Soho, Gatopardo, The New York Times Magazine y Arcadia—, hasta que en el 2007 decidió que necesitaba emociones más fuertes. Fue entonces que aceptó viajar a Medellín para experimentar durante medio año cómo era la vida de aquellos que ganan sueldo mínimo. De ahí nació la crónica “Seis meses con el salario mínimo” (2008), texto que quedó finalista en el premio de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, y que el año pasado ha sido reeditado por Tusquets con el nombre de Salario mínimo, vivir con nada. Solano, quien en 2010 fue seleccionado por la revista británica Granta como uno de los 22 mejores escritores menor de 35 años en español, nos cuenta que lo que lo motiva a escribir es “la exploración, el vaivén. Veo mi obra como esas páginas holgazanas de internet: siempre en construcción. Lo cual no me parece malo en absoluto. Si tuviera claro algún tipo de proyecto personal, seguro dejaría de interesarme al poco tiempo”.

Juan Álvarez
Nació en Neiva, en 1978; luego se trasladó a Bogotá, ciudad en la que vive hasta ahora. Álvarez es un narrador escéptico e irreverente. Cuando le preguntamos por sus referentes literarios, nos responde “En homenaje a los versos de Nicanor Parra, mis tres principales referentes colombianos son dos: A Confederacy of Dunces, de John Kennedy Toole”. Dice que estudió Filosofía con opción en Literatura porque “Para lo único que más o menos era bueno, era para quedarme en la cama leyendo, y había que justificarlo académicamente". Y así siguió. Tras graduarse de la Universidad de los Andes, marchó a El Paso donde obtuvo un máster en el departamento bilingüe de creación literaria de la Universidad de Texas; luego partió nuevamente, esta vez a Nueva York, y se doctoró en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Columbia.
    
En 2005 empezó a llamar la atención de la crítica, cuando su libro de relatos Falsas alarmas ganó el Premio Nacional de Cuento Ciudad de Bogotá. Después llegó su novela C. M. no récord (2011), donde narra la historia de la creación del festival Rock al Parque, y da cuenta del clima político y las transformaciones que sufrió la capital durante la década del noventa. Ese mismo año, la FIL Guadalajara lo incluyó en la lista de “Los 25 secretos mejor guardados de América Latina”, aunque autores reconocidos como Guido Tamayo ya habían elogiado la originalidad y calidad de su prosa, la cual, sin artificios innecesarios, nos envuelve en un universo cotidiano que deja entrever con sutileza el panorama muchas veces desolador que ciñe cada una de las historias particulares. Esta marca estilística se percibe también en La ruidosa marcha de los mudos (2015), su más reciente novela y la primera de corte histórico, donde presenta una versión no oficial de la independencia colombiana a través de un personaje enigmático y olvidado, José María Caballero.

Juan Esteban Constaín
Debido a su maestría y doctorado en Historia del Mediterráneo e Historiografía antigua, obtenidos en Inglaterra e Italia, respectivamente; a su dominio de siete lenguas, entre ellas el latín y el griego clásico; o a su antiguo empleo como profesor de Relaciones internacionales en la centenaria Universidad del Rosario de Bogotá; Juan Esteban Constaín (Poyapán, 1979) podría parecer el más serio y riguroso de este cuarteto. Sin embargo, si miramos más allá de su conocimiento enciclopédico y de sus ensayos sobre filología, historia y filosofía, y nos asomamos a sus novelas —las dos primeras, El naufragio del imperio (2007) y ¡Calcio! (2011), de corte histórico—, descubriremos una prosa cargada de humor, ironía y de escenas hilarantes aderezadas con datos precisos que nos atrapan desde las primeras líneas y nos conducen en zigzag a lo largo de épocas, espacios y personajes tan diversos como Gerardo Bermeo, un navegante español que pretendió rescatar a Napoleón de su exilio en la isla de Santa Helena; o dos profesores de la Universidad de Oxford, quienes hurgan en la Florencia de 1530 en busca del primer partido de fútbol. Y es que, como Constaín mismo afirma, lo que le interesa no es “contar la Historia, sino una historia”.
    
En esta línea se encuentra su último libro, El hombre que no fue jueves (2014), en el que marca distancia con la novela estrictamente histórica, pero sin abandonar por ello el hecho que ancla la narración a la realidad. En esta tercera entrega —ganadora del Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana, reconocimiento que disputó con Margarita García Robayo— Constaín narra los insólitos esfuerzos del mismísimo Jorge Bergoglio, hoy papa de la Iglesia Católica, por canonizar oficialmente al escritor inglés G.K. Chesterton en la década del cincuenta.

Margarita García Robayo
Nació en la anacrónica ciudad de Cartagena de Indias en 1980. Fue su padre —con quien tuvo una relación muy estrecha hasta la adolescencia— quien le infundió el gusto por la lectura. A los cinco años, Margarita ya era una voraz lectora que reclamaba uno tras otro los títulos que este le recomendaba, en especial uno: el diccionario, de donde aprendió el significado de palabras como tautologíay emancipar.
    
Años después, esta precoz lectora se convirtió en una muchacha de grandes ojos almendrados y mirada altanera, que decidió estudiar Comunicación social y Periodismo en la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Durante algún tiempo se dedicó a escribir reportajes culturales, crónicas y columnas sobre cine; luego se convirtió en coordinadora de proyectos de la Fundación Gabriel García Márquez, institución donde conocería personalmente al Nobel y al escritor argentino Tomás Eloy Martínez, en cuyo honor se crearía después una fundación que Margarita dirigiría entre el 2010 y el 2014.
    
Pero no fue sino hasta el 2005, cuando partió hacia Buenos Aires, que se inició como escritora de ficción. Atrás quedaron la muralla, el mar y su familia; pero fue esta misma distancia, geográfica y emocional, la que le permitió observar de una manera desapegada, “casi quirúrgica”, aquello que le interesaba plasmar en su obra. La familia, el inevitable paso del tiempo, el cuerpo y la recuperación de la memoria íntima son algunos de los tópicos que pueblan las historias de Margarita, abordados de una manera absolutamente cruda y sugerente. Algunos de los títulos de esta autora ya imprescindible son los relatos Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalza (2009), Las personas normales son muy raras (2011); y las novelas Lo que no aprendí (2013) y Cosas peores (2014), ganadora del Premio Casa de las Américas.

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La inminente llegada a nuestra ciudad de estos talentosos escritores es una buena excusa para empezar a leerlos y descubrir aquellos mundos íntimos y a la vez colectivos que se desprenden de las puntas de sus dedos; mundos en los cuales el realismo mágico y la narcoviolencia han sido desplazados por una sensibilidad posmoderna y cosmopolita que no necesita justificaciones. Porque su literatura se defiende sola. Porque, gracias a ellos, las estirpes condenadas a cien años de soledad ya tienen una segunda oportunidad sobre la tierra.