Jorge Paredes Laos

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Hace más de 240 años, los pueblos de Tungasuca y Tinta fueron el escenario de la mayor rebelión indígena en la América virreinal. Ahí, en las escarpadas alturas cusqueñas, Túpac Amaru y Micaela Bastidas ajusticiaron al corregidor Antonio de Arriaga, e iniciaron un levantamiento en contra del sistema de aduanas, de la mita y de los obrajes impuestos por el imperio español.

Por más de seis meses, el sur peruano se convulsionó y puso en jaque a la corona hispana, lo que determinó la cruenta represión de las autoridades coloniales. Muertos los principales líderes de la rebelión, en 1781, se produjo, en los meses y años siguientes, una persecución implacable contra sus familiares, allegados y colaboradores, con actos tan inhumanos como la llamada caravana de la muerte, en la que más de setenta personas, entre mujeres, ancianos y niños, fueron obligadas a caminar, en 1783, desde el Cusco hasta Lima para ser conducidas al destierro. La mayoría murió en el camino.

Actualmente, esa memoria se mantiene viva entre los habitantes de Tinta y Tungasuca, pueblos ubicados en las provincias cusqueñas de Canchis y Canas, respectivamente. Se llega a ellos después de más de dos horas de viaje por una carretera afirmada desde el Cusco, que sube sobre las montañas, a más de 3.500 metros de altura. Ese es el camino que realizó en junio y agosto Sonia Cunliffe, directora del proyecto La Gran Rebelión, una serie de intervenciones fotográficas que forman parte de una iniciativa global liderada por el artista francés J.R., quien busca convertir el mundo en una galería de arte urbano.

El proyecto se denomina Inside Out, y consiste en retratar a personas de ciudades y pueblos que buscan transmitir algún tipo de mensaje, o que se encuentran en situaciones vulnerables debido a factores geográficos, históricos, sociales o ambientales. Desde el 2011, cuando se inició el proyecto, ya se han retratado a más de 400.000 personas de 138 países.

Con las intervenciones en Tinta y Tungasuca, Cunliffe busca reconocer, en pleno bicentenario, a quienes ella llama los “herederos morales” de la gesta de Túpac Amaru, aquellos hombres, mujeres y niños —en su mayoría, quechuahablantes— que viven, trabajan y estudian en estos pueblos, y quienes, a pesar del olvido del Estado y las enormes carencias existentes, se sienten orgullosos de este legado y esperan que pronto sus distritos se conviertan en rutas turísticas a partir de la memoria del cacique rebelde.

El proyecto Inside Out se pudo realizar con el apoyo de la Embajada de Francia y de la Alianza Francesa, en cuya sede del Cusco también se desarrolló otra intervención dedicada a las mujeres cusqueñas que han sostenido a sus familias en estos difíciles tiempos de pandemia. Como dice la gestora y artista Sonia Cunliffe, en este caso, se buscó rendir homenaje a la mujer trabajadora cusqueña.

Estas intervenciones del proyecto Inside Out se han desarrollado también como parte de la I Bienal de Arte de Cusco, que se lleva a cabo hasta fines de diciembre en la Ciudad Imperial. Las intervenciones se pueden ver en el sitio web .

En la calle Bolívar, el alcalde de Tinta, el profesor León Huancachoque Quispe, mira las más de dos docenas de fotografías gigantes con los rostros de mujeres y hombres tinteños, ubicadas sobre las paredes del recientemente inaugurado mercado municipal. “Las personas, a veces, de acuerdo a nuestros intereses, queremos ver siempre diferentes cosas —dice—. Algunas quieren ver obras de fierro y cemento, un reservorio, una calle empedrada o pavimentada, pero hay otra necesidad importante también: el desarrollo de la autoestima y la identidad”.

“El alcalde entendió el concepto rápidamente y se comprometió con el proyecto”, cuenta Sonia Cunliffe, mientras nos pasa un pequeño video del montaje de la instalación a través de WhatsApp. Recuerda que los retratos se tomaron en las semanas previas a la segunda vuelta electoral y, al inicio, pocos estaban dispuestos a posar para una imagen. “Había mucha desconfianza —comenta—. Era un momento político complicado, y la gente preguntaba para qué iban a ser las fotos. No son imágenes que se toman y llevan a exponer a Lima, no. Las personas deben posar frente a un fondo que los creadores del proyecto nos envían. Debemos contarles de qué trata el proyecto, y ellos cuentan su historia, su vida. Es algo muy participativo”.

En Tinta, con el apoyo de las autoridades, se lograron hacer los retratos; sin embargo, en Tungasuca, la gente se mostró reacia a participar. “El primer día que fuimos solo pudimos tomar dos retratos —precisa Cunliffe—. Entonces, conversamos con el alcalde Vito Suni Villavicencio —un maestro de escuela—, con los encargados de cultura, pero, a pesar de su interés, las personas no querían colaborar. Regresé a Lima, ya que días después tenía que viajar a Estados Unidos, cuando me llaman y me dicen que ya se pusieron de acuerdo, que todos en el pueblo querían ser parte del proyecto y que estaban muy entusiasmados. Lamentablemente, ya no podía volver, así que le pedí al fotógrafo Bakkus Carrillo, quien también forma parte del proyecto, que fuera, y resultó de lo más emocionante”.

Según lo establecido por el proyecto Inside Out, todas las imágenes tomadas son enviadas a un estudio en Estados Unidos, donde son editadas e impresas en un formato establecido. Luego, regresan convertidas en gigantografías para instalarse en las mismas localidades en las que se realizaron, como una forma de otorgar identidad y visibilidad a sus habitantes.

“El día de la instalación en Tungasuca —relata Cunliffe—, hubo una feria artesanal. Ellos querían mostrarnos lo que producía su comunidad. Se hizo un pago a la tierra y luego una huatia en la que participó la población”. En las fotos, se pueden ver a hombres, mujeres y niños posando sonrientes con sus retratos antes de que estos fueran instalados en las paredes de un centro tecnológico y al costado de la casa de Túpac Amaru, que está siendo remodelada.

Muchas de estas personas —reflexiona la artista— tienen como única foto impresa la de su DNI; por eso, ver una foto suya que mide un metro cuarenta de alto conlleva una carga emocional enorme. Parece algo simple, pero tiene un gran simbolismo”.

“¿Hasta cuándo se quedarán las fotos pegadas en las paredes de Tinta y Tungasuca?”, le preguntamos a Cunliffe. “Hasta que se deterioren —responde—. Luego, hay un presupuesto asignado para sacar todo y repintar la pared”. Ella sospecha que las de Tinta durarán más tiempo porque están ubicadas bajo un techo; en cambio, las de Tungasuca se encuentran en paredes al aire libre y es probable que desaparezcan con las próximas lluvias. “El sentido de este proyecto es efímero”, dice. Pero lo importante es que queda registrado, no solo en una página web, sino también en la memoria de quienes participaron de él.

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