Brasil
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Rember Yahuarcani

Las mujeres indígenas continúan siendo el nexo perfecto entre los distintos ecosistemas visibles e invisibles en la . Conocen los distintos cambios climáticos que guían con precisión sus vidas cotidianas. Educan a sus hijos en el arte del sembrío, la cosecha, la pesca y en actividades científicas como la medicina y la astrología. Un acontecimiento asombroso es el nacimiento de un bebé. La partera tiene un conocimiento amplio del bosque que lo rodea y de las medicinas que necesita para llevar a cabo su tarea.

La Amazonía arde y frente a nuestros ojos acontece un genocidio ambiental. En 20.000 años los indígenas no hemos visto una catástrofe de tal magnitud, que de hecho quedará grabada en nuestro , como la cicatriz de un arma que lleva el sello del mundo civilizado. Las pérdidas para nosotros son invaluables; a este genocidio ambiental hay que sumarle un genocidio cultural.

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Cada animal, ave, árbol, río, montaña, quebrada, etc., tiene un vínculo con nuestra memoria y por lo tanto con nuestro ADN, porque los indígenas también tenemos ADN. La gran tragedia de estos días se ha traslado a nuestros genes y se puede sentir en cada célula de nuestro cuerpo, con una tristeza e impotencia indescriptibles.

Esa tristeza e impotencia son evidentes en el llanto de miles de mujeres indígenas que ven arrasadas y destruidas sus casas, sus chacras y sus vidas. Vidas que están al margen de las decisiones políticas. Espacios que no caben en el imaginario del hombre civilizado. Filosofía que no tiene lugar en los más renombrados círculos académicos. Conocimiento que no forma parte del currículo oficial del educando. Indígenas y no indígenas debemos, hoy más que nunca, estar unidos para salvaguardar el futuro de nuestra existencia. Es ahora o nunca. Por un futuro compartido y más humano.