Fotocomposición de Rolando Pinillos Romero
Fotocomposición de Rolando Pinillos Romero
Carmen McEvoy

Historiadora

“La expedición destinada al Perú va a afianzar la libertad de la ; mientras los tiranos dominen ese territorio, la suerte de Buenos Aires y de Chile debe ser vacilante”, escribió en 1820, desde Bogotá, el presidente Francisco de Paula Santander. Para el hombre que organizó la campaña de la resistencia contra la reconquista española y consiguió la libertad definitiva de Nueva Granada, la emancipación del más importante bastión realista del Pacífico Sur era una tarea ineludible. Y así se lo hizo saber a su homólogo Bernardo O’Higgins en una carta de felicitación y apoyo con motivo de la partida de Valparaíso de una flota encargada de llevar adelante una operación militar anfibia, inédita en la historia de las jóvenes repúblicas sudamericanas. A pesar de que Lima —sede del del Perú— era el objetivo político de los expedicionarios, la causa de la libertad no sería posible sin el despliegue del poderío rebelde en los Andes peruanos, situación que obligó al establecimiento de alianzas estratégicas con los patriotas provincianos.

Lienzo del general San Martín realizado por el pintor Daniel Hernández.
Lienzo del general San Martín realizado por el pintor Daniel Hernández.

—El principio del fin—

La Expedición Libertadora del Perú (institucionalizada en Chile mediante decreto del Congreso del 19 de mayo de 1820) fue una empresa político-militar que movilizó ingentes recursos materiales. Contó con el apoyo económico y moral de importantes líderes americanos, y fue Bernardo O’Higgins su mayor promotor.

Existía un claro consenso entre el comando patriota de que la gesta independentista no debía estar circunscrita a estrechos límites nacionales, más aún cuando estos no se encontraban claramente definidos, ni a nivel cartográfico ni en el imaginario de los habitantes del viejo imperio global.

En 1820 los ojos del mundo se posaron, al menos por un momento, en un grupo de jóvenes repúblicas que se apoyaron, mutuamente, en la gesta y consolidación de su independencia. Para ello contaban con un viejo lobo de mar, como el marino escocés Lord Cochrane, quien desde noviembre de 1819 comandó una avanzada naval que inició su reconocimiento de la costa peruana e incluso desembarcó en el puerto de Santa para establecer contactos, explorar el terreno, conseguir provisiones para la tropa y analizar las posibilidades de futuros desembarcos.

Resulta más que evidente que sin el apoyo de múltiples maquinarias locales este tremendo esfuerzo transnacional hubiera sido en vano. La imbricación de diversos planos (nacional-regional-local) y de múltiples intereses constituye la trama principal de una fascinante travesía —material y simbólica— que se inicia en La Moneda y va expandiendo su radio de acción a villas, pueblos y provincias del Perú, algunas de las cuales irán proclamando su independencia con el respaldo —al menos simbólico— de repúblicas vecinas, siendo Supe un caso bastante temprano en dicha tendencia.

—O’Higgins y San Martín—

Chile, que asumió el liderazgo y la responsabilidad política de la expedición, debió convocar a su Congreso para solicitar el permiso y las instrucciones para los expedicionarios. Trámite nada fácil para una república recién salida de una guerra de liberación propia el levantar los fondos para una campaña en la que nuevamente se desafiaba abiertamente al poder imperial asentado en Lima.

Es importante recordar que las negociaciones para movilizar a miles de hombres al Perú se iniciaron después del triunfo de Maipú, el 5 de abril de 1818, y la instauración del Gobierno chileno, confiado al director supremo Bernardo O’Higgins. Fue el quien apoyó a su aliado militar José de San Martín en la iniciativa de encauzar la guerra revolucionaria, esta vez hacia el virreinato peruano.

El camino de esta empresa que involucró a dos viejos aliados militares —además de miembros de la Logia Lautaro— estuvo plagado de inconvenientes. Las larguísimas negociaciones de San Martín con Buenos Aires y Santiago, su malestar ante el nombramiento de Cochrane como jefe de la escuadra, pasando por su dependencia económica del gobierno de Chile —cuyo mandatario debía de lidiar con los avatares de la política interna—, desembocarán más adelante en su desafío a su socio. Se nombró “protector del Perú” y contravino así lo estipulado en las instrucciones sancionadas por el Congreso.

Este cambio súbito y “enigmático”, como muy bien señala Ana María Stuven, causará un grave daño a O’Higgins, quien, ante los desarrollos políticos en Lima, recibirá el ataque de sus opositores, los que más adelante forzarán su salida del Gobierno chileno y su exilio al Perú. Bernardo de Monteagudo, mano derecha de San Martín, boletinero de la expedición y defensor de su proyecto monárquico en la Sociedad Patriótica de Lima, recordó en uno de sus escritos que existían las “causas de las causas”, refiriéndose a cadenas de acontecimientos difíciles de controlar. En ese sentido, la contingencia del “momento expedicionario” fue creando múltiples escenarios que muy pocos imaginaron cuando partieron de Valparaíso con rumbo a la bahía de Paracas.

Pintura del artista argentino Augusto Ballerini en la que se aprecia a San Martín liderando su ejército.
Pintura del artista argentino Augusto Ballerini en la que se aprecia a San Martín liderando su ejército.

—La primera proclama—

Con el rango de capitán general del Ejército de Chile, José de San Martín zarpó el 20 de agosto de 1820 de Valparaíso junto con seis mil hombres y 25 navíos, ocho de guerra y 17 de transporte. El comando de la escuadra, que enfiló rumbo al norte, estaba a cargo de Lord Cochrane, quien estuvo acompañado por un contingente importante de súbditos británicos, encargados de los aspectos navales de esta notable empresa anfibia. A su llegada a Pisco, donde instaló el cuartel del Ejército Libertador, el veterano de decenas de batallas políticas y militares emitió su primera proclama, fechada el 8 de setiembre de 1820: “Compatriotas”, se dirige a los peruanos para recordarles que “el último virrey del Perú” hacía infinidad de esfuerzos para “prolongar su decrépita autoridad” en el último bastión imperial. Sin embargo y a pesar de ello, “el tiempo de la impostura y del engaño, de la opresión y de la fuerza” estaba llegando a su fin.

“Yo vengo a poner término a esa época de dolor y humillación. Esto es el voto del Ejército Libertador”. San Martín no intuyó los nuevos retos que enfrentaría en el Perú, no solo a nivel militar, sino, principalmente, en la esfera de la política. Y mucho menos este hombre nacido en Misiones y formado en España logró prever que un general caraqueño, Simón Bolívar, tomaría la posta de su obra para dar en Ayacucho (1824) el puntillazo final al imperio donde jamás se ponía el sol.

Lo inconcluso de su gesta no debe hacernos olvidar al menos dos hechos concretos: primero, la magnitud de una obra colectiva —en la que se vieron involucrados miles de peruanos—; y segundo, la voluntad, convicción y determinación que se demandaron de una empresa transnacional para conmover profundamente los cimientos de una estructura política secular. La que fue desafiada por una escuadra republicana cuyos gestores entendieron tempranamente de geopolítica, pero también atendieron el llamado de la historia, inscrita en esa frase de Tom Paine (“los tiempos nos han encontrado”) que ya circulaba en los panfletos de una Lima sitiada por las fuerzas expedicionarias.

Y vaya si este encuentro entre necesidad histórica y oportunidad política fue en verdad excepcional y, con todas sus limitaciones del caso, digno de rememorar y celebrar. Especialmente en estos tiempos en que la ciudadanía de nuestra región reclama por una redefinición de un pacto republicano, que nació en el lejano siglo XIX prometiendo igualdad, justicia, bienestar y felicidad que todavía no llegan a todos.

¿Cuál fue la importancia de las logias?

Responde el historiador Gabriel Cid: “Las logias y sociedades patrióticas se convirtieron en una maquinaria política itinerante altamente funcional para una revolución de dimensiones atlánticas. En efecto, en ausencia de partidos políticos este tipo de sociedades secretas vino a cumplir un rol necesario dada la envergadura de la empresa independentista. Entre sus funciones se cuentan la formación de cuadros políticos y militares; una acción política coherente y de alcance continental; y, por último, su capacidad para surtir cuadros burocráticos ideológicamente afines a la institucionalidad de las nuevas naciones. En ese sentido, eran sociabilidades que tenían la capacidad de migrar con la guerra e instituir en los nuevos territorios una nueva administración política. Así estas sociedades, originalmente fundadas en Cádiz y Londres, a fines del siglo XVIII, cruzaron el Atlántico hasta el Río de la Plata y después arribaron a Santiago y Lima”.

El papel de San Martín

Responde la historiadora Beatriz Bragoni: “La firme convicción de San Martín por la causa de América se puso de manifiesto en 1816 cuando condicionó su obediencia al gobierno de las Provincias Unidas a la reunión de un congreso soberano y a la declaración de la independencia como requisito primordial para modificar el carácter de la guerra contra las fuerzas realistas, y reorientar la estrategia militar por fuera de la jurisdicción rioplatense.

Esa empresa exigía formar un ejército profesionalizado, bien pagado, disciplinado y entrenado para cruzar el macizo andino y librar una sola batalla al pie de la cordillera. Esa construcción de poder local se tradujo en la reunión de recursos e información, el reclutamiento y entrenamiento militar, el regular control de la población, y el conocimiento preciso de huellas, aguadas y pasos cordilleranos.

Asimismo, el manejo de la opinión mediante líderes comunitarios, la red de espías afines a la causa esparcida tras la cordillera y el modo de limitar o vetar a sus adversarios constituyen evidencias de un ejercicio político basado en el cálculo, la oportunidad y en una extraordinaria osadía. Una sincronía de acciones que permite apreciar una ingeniería no solo militar sino sobre todo política. Una política impulsada, sin duda, por el patriotismo revolucionario que habría de reeditarse en la expedición libertadora al Perú. La desvinculación de San Martín de las autoridades rioplatenses en 1820 introdujo más de un dilema al desempeño del ejército en el Perú, y gravitaría decisivamente en la abdicación del protector en 1822 sin haber consolidado la extinción del poder colonial en América del sur”.

MÁS DATOS

Congreso internacional

  • El Proyecto Especial Bicentenario realizará el lunes 25 y el martes 26 de noviembre un congreso internacional sobre la importancia de la expedición libertadora de San Martín.
  • Participarán historiadores peruanos y extranjeros
  • Lugar: Centro Cultural de San Marcos (parque Universitario s/n, Lima). Ingreso libre