Manuela Sáenz ha pasado a la historia por su relación con Simón Bolívar y por haberse vestido de hombre. Se olvida que, sobre todo, cumplió un papel importante en el proceso independentista del Perú, incluso antes de conocer a Bolívar. Retrato de Manuelita Sáenz de la History Art Collection de Alamy Photo.
Manuela Sáenz ha pasado a la historia por su relación con Simón Bolívar y por haberse vestido de hombre. Se olvida que, sobre todo, cumplió un papel importante en el proceso independentista del Perú, incluso antes de conocer a Bolívar. Retrato de Manuelita Sáenz de la History Art Collection de Alamy Photo.
Katherine Subirana Abanto

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Sostiene la investigadora Sara Beatriz Guardia que la figura femenina como sujeto histórico constituye un hecho reciente. Su libro Mujeres peruanas: el otro lado de la historia, en el capítulo dedicado a la Independencia, señala que las mujeres habían aparecido en la historiografía como compañeras o amantes, o en calidad de mujeres excepcionales. Lo que no menciona en ese libro es que hay una mujer que ha pasado a la historia como las tres cosas a la vez. Se trata de Manuela Sáenz de Vergara y Aizpuru: Manuelita Sáenz.

Nació en Quito en 1797. Hija ilegítima de un español y una criolla, se crio entre conventos. En 1817, su padre la casó con el inglés James Thorne. Vivió sus últimos años en Paita, Piura y murió de difteria en 1856. Sus restos fueron enterrados en una fosa común.

La historiadora colombiana Consuelo Triviño, en un texto dedicado a Sáenz escribe sobre los prejuicios en torno a las mujeres que se desvían del papel asignado para ellas por la cultura: a Sáenz se le reconoce el título de Libertadora del Libertador, por haberle salvado la vida a Bolívar una noche de setiembre en Santa Fe de Bogotá, cuando este debió ocultarse debajo de un puente para escapar de sus asesinos. Pero, afirma Triviño, ella fue más que su guardaespaldas, como lo demuestra esta carta en la que lo anima a crear la república de Bolivia:

“Un pueblo agradecido con su espada y su voluntad de usted puede ser el abono más extraordinario para que fortalezcan la justicia y las instituciones republicanas [...] Permítame ayudar a multiplicar la libertad y juntos habremos logrado procrear una hija, que solo usted y yo sabremos es el producto de este sentimiento que desafía la barrera de los tiempos. Ahora que ya lo sabe, repréndame con indulgencia y con la dulzura con la que corrige los desvaríos de pueblos que aprenden a vivir su independencia. Su enojo será la mejor prueba de que la historia se construye con locuras de amor y de coraje. Y yo veré nacer una hija que mantendrá en la eternidad mi tributo de reconocimiento a usted, gestado entre los nueve meses que están pasando desde el triunfo de Ayacucho y el primer aniversario de Junín”.

Esta carta, impregnada de una profunda conciencia americana, comenta Triviño, nos indica que no sigue a un hombre sino a un ideal. Ataviada con ropas militares, armada y a caballo, emprende la campaña escalando la cordillera. “Con el grado de coronela, Manuela se instala en Lima, donde se comentaba que tenía amantes y Bolívar lo ignoraba. El odio hacia ella creció tanto que fue desterrada”, añade.

La mujer-hombre

La excepcionalidad del comportamiento de Manuelita Sáenz fue opacada en la historia oficial por encarnar un tipo de mujer completamente fuera del molde. Además, ella exhibía con orgullo su estatus de amante de Simón Bolívar. La opinión de la sociedad de la época se puede leer en una de las tradiciones de Ricardo Palma, en la cual la compara con Rosa Campusano, amante, a su vez, del libertador don José de San Martín y amiga de Manuela Sáenz. Escribe Palma: “Decididamente Rosa Campusano era toda una mujer; y, sin escrúpulo, a haber sido yo joven en sus días de gentileza, me habría inscrito en la lista de sus enamorados... platónicos. La Sáenz, aun en los tiempos en que era una hermosura, no me habría inspirado sino el respetuoso sentimiento de amistad que le profesé en su vejez. Campusano fue la mujer-acápite. La Sáenz fue la mujer-hombre”.

Condecorada con la Orden del Sol por San Martín por sus servicios a la lucha independentista, y respetada y venerada por Bolívar, la historia de Manuelita Sáenz se ha resumido para muchos en la primera frase de Nuestras vidas son los ríos, biografía novelada que sobre ella escribió el colombiano Jaime Manrique: “Nací rica y bastarda, y morí pobre y bastarda”. Entre un momento y otro, transcurrió una vida apasionada, maravillosa y libre.

Esta nota fue publicada originalmente el 29 de julio de 2020 a propósito de las Fiestas Patrias. Se ha actualizado y republicado esta nota el 25 de septiembre de 2020 a propósito del Día de Manuela Sáenz, Jonatás y Natán Sáenz, por decreto del Concejo Metropolitano de Quito.

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