Alessandra Miyagi

7 de diciembre de 1916

Presiento que he de perder la vida antes del 1 de enero. Quiero dar a conocer al pueblo ruso, al padre [el zar Nicolás II], a la madre [la zarina] y a los niños aquello que deben entender. Si he de morir por la mano de asesinos comunes, especialmente por mis hermanos —los campesinos—, entonces tú, zar de Rusia, no has de temer por tus hijos, pues ellos reinarán por cientos de años. Pero si soy asesinado por nobles y aristócratas, sus manos quedarán manchadas con mi sangre durante 25 años, y se verán obligados a marchar al exilio. Los hermanos matarán a sus hermanos, las personas asesinarán y se odiarán unas a otras. Por 25 años no habrá paz alguna en el país. Zar de las tierras rusas, si has de oír el sonido de la campana que anuncie la muerte de Grigori, debes saber esto: si son tus allegados los responsables de mi muerte, entonces ninguno de tus hijos permanecerá vivo por más de dos años.

Y si viven, rogarán a Dios la muerte, pues verán la desgracia de Rusia: plagas, pobreza, iglesias destruidas y santuarios profanados cubiertos de cadáveres. Tres veces, por los próximos 25 años, el pueblo, la fe ortodoxa y la tierra rusa serán destruidos. Yo he de morir. No estoy más entre los vivos. Reza, reza, sé fuerte y piensa en tu familia bendita.

                                    Grigori Rasputín

Aunque el manuscrito de aquella carta, firmada con el puño y letra del propio Rasputín, nunca fue hallado, muchos investigadores insisten en su autenticidad y es citado en biografías y documentales. Algunos creen descubrir en ella una macabra prueba de los poderes sobrenaturales atribuidos al monje loco; otros, más escépticos, opinan que se trata de una astuta artimaña utilizada para cubrirse las espaldas ante un posible atentado contra su vida —ya a principios de ese mismo año, el ex ministro del Interior, Alexei Jvostov, había intentado asesinarlo—. Pero lo cierto es que, en efecto, el mismo día de Año Nuevo de 1916 —según el calendario gregoriano que es el que utilizamos actualmente—, el cuerpo semidesnudo y maniatado de Grigori Yefímovich Rasputín (1869–1916), el campesino siberiano que llegó a ocupar un lugar prominente en la corte imperial rusa, fue encontrado flotando en las aguas congeladas del río Nevka, a 140 metros del puente Petrovsky. Según la autopsia practicada esa misma noche por el experto forense Dmitri Kosorotov —cuyo reporte oficial permanece extraviado hasta el día de hoy—, el cadáver maltrecho presentaba tres heridas de bala: una en el pecho, otra en el abdomen y la tercera justo en  medio de la frente. Sus verdugos fueron tres importantes aristócratas rusos cercanos a la familia real. El príncipe Félix Yusúpov, esposo de Irina Aleksándrovna, sobrina del zar Nicolás II; el duque Dmtri Romanov, primo del monarca; y el diputado Vladimir Purishkevich, miembro de la Duma, decidieron acabar con la siniestra influencia que el monje loco ejercía sobre los gobernantes, con el fin de restaurar la deteriorada imagen de la monarquía.

Según relata el propio Yusúpov en sus memorias, publicadas en 1928, la noche del 30 de diciembre había invitado a Rasputín a su residencia, el Palacio de Moika, con la excusa de presentarle a su esposa Irina. En una habitación ubicada en el sótano del palacio, Yusúpov lo esperaba con suculentos pastelillos de crema batida y varias botellas de vino dulce, todos ellos mezclados con la cantidad suficiente de cianuro para matar a un hombre adulto. Durante más de una hora Rasputín comió y bebió a sus anchas, pero el veneno no parecía afectarle. Fue entonces que el príncipe tomó su pistola Browning y le asestó un tiro en el pecho. Cuando se aproximó al cuerpo para comprobar su muerte, este abrió sus penetrantes ojos y maldijo al traidor mientras intentaba estrangularlo. Yusúpov logró soltarse y corrió a avisar a los demás conspiradores, quienes entraron a la sala rápidamente. Rasputín, sin embargo, había logrado escapar hacia los jardines del palacio, donde se encontraba el portón que conducía a la calle. Segundos después, una bala disparada por Purishkevich atravesó su riñón derecho, y Rasputín se desplomó sobre la nieve. Pero solo después de la tercera bala, incrustada en su frente, el monje inmortal dejó de moverse. Luego arrojaron su cuerpo al río.

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1908. La zarina, Alexandra Feodorovna, y sus cinco hijos, acompañados por Rasputín. 

1908. La zarina, Alexandra Feodorovna, y sus cinco hijos, acompañados por Rasputín. (Wikimedia Commons)

Místico, curandero, degenerado, profeta, charlatán, santo, demonio y hasta espía alemán son algunos de los adjetivos que salían de las bocas de aquellos que pronunciaban su nombre: Rasputín, el monje loco; Rasputín, el amante de la zarina; Rasputín, el demonio de ojos hipnóticos.

En vida, su figura ya se encontraba envuelta en una maraña de rumores y datos dudosos que crearían una imagen tan repulsiva como atrayente, y que lo perseguiría hasta el final de sus días. Se decía que Dios lo había bendecido con el don de la clarividencia y la facultad de curar animales enfermos mediante la imposición de manos. Pero se decía también que su lascivia no conocía límites, que se acostaba con todas las mujeres que podía y que era un amante extraordinario. Incluso estando casado seguía manteniendo aventuras que jamás se molestó en ocultar. Hasta hoy incluso los hechos que rodean su muerte siguen envueltos en un halo nebuloso, construido por los testimonios de aquellos que lo conocieron, pues tras el estallido de la Revolución rusa muchos documentos oficiales fueron destruidos o extraviados. Después de muerto, su fama siguió creciendo hasta hacer desaparecer casi por completo a la persona real detrás de la leyenda. De hecho, sobre su figura se han escrito novelas, biografías, películas, obras de teatro, óperas, series y documentales que combinan la realidad con la ficción.

Lo cierto es que Rasputín fue el quinto hijo de una próspera familia campesina de Pokróvskoye, un pequeño pueblo ubicado en la Siberia Oriental. Desde joven estuvo envuelto en incidentes escandalosos como robos de poca monta, actos de vandalismo y agresiones relacionadas con su excesiva afición por el alcohol. En la década de 1880, sin embargo, decidió emprender una ardua peregrinación hasta el monasterio de Vertjoture, donde permaneció varios meses como una penitencia autoimpuesta. Fue ahí que Makari, un viejo sabio, lo indujo al desarrollo de su vocación religiosa. Al poco tiempo se unió a un grupo de peregrinos con quienes recorrería el país por 15 años, visitando sitios sagrados para orar. Se dice que durante estos viajes se volvió muy observador y aprendió a analizar la conducta y personalidad de la gente, habilidad que, sumada a su carisma y poder de persuasión, le permitiría después manipular a su antojo la voluntad de sus allegados.

A principios de 1905, sus viajes lo llevaron a Petrogrado —hoy San Petersburgo—, donde, por intermedio de la duquesa Milica de Montenegro, conocería al zar y la zarina, cuya confianza se ganaría poco tiempo después gracias a un don misterioso. Alexei, el único heredero al trono, padecía de hemofilia, una rara enfermedad congénita que impedía la coagulación de la sangre y le provocaba insoportables hemorragias internas que le presionaban los huesos y los músculos. Muchos médicos y curanderos habían tratado al niño pero ninguno había conseguido aliviarlo, excepto Rasputín. Aun hoy se desconoce qué métodos utilizaba, sin embargo, su habilidad lo convirtió en un servidor indispensable para la pareja real, quienes, para cuidar la estabilidad política, mantenían en secreto la enfermedad del zarévich.

Así, aunque Rasputín nunca llegó a ejercer un cargo oficial en la corte, poco a poco fue ganando cada vez más poder de decisión sobre los asuntos políticos del país, llegando incluso a determinar la designación o destitución de altos cargos gubernamentales. Pero fue especialmente su conducta escandalosa y su nefasta reputación las que le ganaron la enemistad de influyentes miembros de la aristocracia y la política. Sus borracheras constantes, su actitud altanera, su perturbadora intimidad con la pareja real y, por supuesto, su enfermizo apetito sexual estaban socavando profundamente la dignidad y la autoridad divina del zar ante los ojos del pueblo, en un momento especialmente crítico de la historia rusa —por ese entonces, la Primera Guerra Mundial se encontraba en pleno desarrollo y Rusia estaba siendo aplastada—. Rasputín se había convertido en uno de los hombres más odiados del imperio, en el blanco de ataques tanto de los nacionalistas, como de los liberales y los aristócratas. Debía ser eliminado, y así fue.


Recreación de los últimos momentos de Rasputín en el Palacio de Moika, San Petersburgo. 

Recreación de los últimos momentos de Rasputín en el Palacio de Moika, San Petersburgo. (Wikimedia Commons)

Una reciente y polémica investigación, a cargo de los historiadores ingleses Richard Cullen y Andrew Cook, afirma que el asesinato de Rasputín fue organizado por el agente de inteligencia británico Oswald Rayner, antiguo compañero de estudios del príncipe Yusúpov. Rasputín había persuadido más de una vez al zar de mantener a Rusia alejada de cualquier conflicto bélico, lo cual perjudicaría seriamente a Inglaterra, pues si se firmaba la paz entre Rusia y Alemania, más de 35.000 tropas alemanas serían enviadas a luchar contra las fuerzas aliadas en el frente occidental. Aunque esta teoría es una de las pocas que cuenta con evidencias, muchos investigadores descartan su veracidad ya que faltan elementos claves para corroborarla, como una serie de documentos oficiales y, sobre todo, el cuerpo de la víctima. Y es que meses después de su asesinato, cuando los soviéticos tomaron el poder, el cadáver de Rasputín fue exhumado de su tumba e incinerado.

Actualmente, los únicos vestigios físicos que quedan del monje loco se encuentran en el lugar donde fue asesinado, el sótano del Palacio de Moika, convertido en un museo público. Entre los muebles del salón, unas estatuas de cera recrean eternamente la macabra escena narrada por Yusúpov. Una escena que probablemente contenga grandes dosis de ficción, pero que, sin embargo, mantiene viva la leyenda de ese monje endemoniado que se resiste a morir.

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