A propósito del #8M una adolescente venezolana da testimonio de su vida en el Perú. (Fotocomposición: El Comercio)
A propósito del #8M una adolescente venezolana da testimonio de su vida en el Perú. (Fotocomposición: El Comercio)

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Vanesa, 16 años*

Hace 3 años mi familia tomó la decisión de salir de Venezuela. Las necesidades se hacían cada vez más evidentes: vivíamos con 6h de luz diarias y teníamos agua cada 3 meses. Hacíamos largas colas para conseguir alimento y esto nos desgastaba cada vez más. Las ganas de tener un mejor futuro y una mejor calidad de vida era una necesidad. Con 13 años tomé un avión con destino a Perú el cual me iba a alejar de todo aquello que era conocido para mí. Ser una adolescente migrante resultó ser lo más difícil de todo.

Según experiencia propia, ser migrante, mujer y adolescente es una triple tragedia, ya que no es solo afrontar todos los problemas que conlleva ser migrante y las crisis existenciales de la adolescencia, sino que también debemos afrontar las desigualdades, prejuicios y generalidades que se han formado en torno a la mujer venezolana en Perú. Actualmente en el Perú hay 1.2 millones de migrantes venezolanos, y 46% de ellos son mujeres, niñas y adolescentes que sufren rechazos, xenofobia y abusos.

En estos 3 años me han hecho todo tipo de preguntas: ¿es verdad que todas las venezolanas se operan para ser más bellas?, ¿Te vas a casar con alguien de aquí para que te den la residencia?, ¿Tú y tu mamá se han tenido que prostituir alguna vez? A raíz de esto, me pregunto yo: ¿en qué momento pasamos a ser todas las venezolanas prostitutas, mujeres de mal vivir y aprovechadas, cuando no es así? Me vinieron a la mente 2 respuestas, estereotipos y sexualización.

Los estereotipos deshumanizan a la mujer migrante venezolana, convirtiéndolas en objetos sexuales. Somos hipersexualidas por un entorno liderado por hombres y medios de comunicación amarillistas que fomentan todo tipo de xenofobia. Nos hacen ver como una “novedad”, como mujeres “fáciles” e interesadas, indocumentadas que buscan la “mala vida”. Esto crea y reproduce una imagen negativa de nosotras, totalmente lejana de quienes somos en realidad, minimizan nuestros verdaderos valores, como el ser luchadoras, audaces, empoderadas y aguerridas ante las adversidades. Soportamos día a día miradas despectivas, comentarios fuera de tono, llenos de rechazo y prejuicios, en donde primero miran nuestros cuerpos y acento para luego darnos una respuesta.

Son muchas las mujeres y adolescentes migrantes que no conocen sus derechos, y esto las hace aún más vulnerables, pues no saben qué pueden reclamar. Bajan la cabeza ante amenazas, abusos y cualquier otro tipo de explotación para que su situación migratoria no quede en evidencia. Se ven expuestas a todo tipo de situaciones, donde su salud física y mental está en peligro desde la travesía de llegar al país, donde quedan expuestas a la trata, raptos y muchas cosas más.

Ser una adolescente migrante no es fácil, muchas veces parece un castigo, quedas triplemente vulnerable a cualquier tipo de situación de riesgo, en donde tu vida y la de tu familia queda en peligro. Esto va dirigido a todas aquellas personas, migrantes o no migrantes que quieran hacer un cambio, a todos los medios de comunicación amarillistas y a todas las instituciones que ignoran los gritos de ayuda. La migración no discrimina, es severa y contundente y está en nuestras manos hacer algo para que todo cambie o no, basta de estereotipos, basta de desinformación, ser migrante no te hace una mala persona, si de por si el proceso es difícil, ¿por qué complicarlo más?

* Integrante del proyecto de la asociación