De bolsillo
De bolsillo
Rodrigo Fresán

En el principio, los libros eran incómodos y nada portátiles: paredes de cuevas, pieles de animales extintos, pergaminos inflamables de bibliotecas imaginarias o no, pesados bestiarios a los que no se les permitía salir a jugar más allá de los claustros medievales, tomos de encuadernación rígida y costosa en esa habitación de la casa de campo donde siempre aparecía alguien asesinado por un tan leal mayordomo dispuesto a asumir la culpa por amor a sus dueños.
     Pero en algún momento —dejando de lado los enrollables folletines y penny dreadfuls y pulps de variados sabores— alguien tuvo la gran idea de hacer mutar a los clásicos. Tapas blandas y tamaño reducido y —sí, presto y abracadabra— apareció el bendito y nunca del todo bien ponderado libro de bolsillo. Un pequeño objeto pequeño capaz de contener todo el universo. Y —consiguiendo esta hazaña que desafía toda lógica espacio-temporal, detalle imprescindible— a un precio lo más justo que puede llegar a ser un precio.
     La historia del fenomenal fenómeno más o menos arranca a principios del siglo XIX con la introducción de la imprenta a vapor y firmas editoriales con nombres tan 
dickensianos como Simms & McIntyre y Routledge & Sons y Ward Lock & Co a ser distruibidos por W. H. Smith & Sons, y que se publicitaban como compañeros de viaje ideales en los trenes del imperio. Y sí, no hay aún hoy mejor medio de transporte para la lectura que el tren, con esa cadencia mezcla de mecedora y atracción de feria. Fue en 1857 que Shakespeare se pasó a este formato y a partir de entonces no hubo límites y se dejó oír el poderoso aleteo de la alemana Albatross Books, cuyo plumaje fue adaptado al Reino Unido por Penguin Books y la norteamericana Pocket Books y la francesa Le Livre de Poche.
     Pensaba y buscaba y encontraba todo lo anterior (gracias, Wikipedia) al enterarme días atrás de los 50 años de Alianza Editorial y de su colección Libro de Bolsillo. Y de darme cuenta de algo que siempre supe y sé y sabré: que mi deuda con este combinado creado e inicialmente coordinado por José Ortega Spottorno, Jaime Salinas y Javier Pradera es impagable, que todo lo que me ha dado es imposible de retribuir.
En Alianza —que cobija un catálogo que llega a los 3.500 títulos y sumando, los primeros de ellos costaban cincuenta pesetas— conocí a mi primer Borges y a mi primer Bioy Casares y a mi primer Cortázar. Y a mis primeros James y Hemingway y Fitzgerald y Faulkner. Y Proust y Stendhal y Flaubert. Y a mi primer Tolstói y a mi primer Chéjov y a mi primer Dostoievski. Y a mis primeros Dickens y Lovecraft y Hammett y Kafka y Calvino y Hesse y Conrad y Joyce y Nietzsche. Y a mi primer Platón. Y (en ediciones cuidadas y completas) a mi último Verne y a mi último Andersen y a mi último London y a mi último Grimm.
     Casi todos mis primeros de primera —Alianza era el sitio al que uno iba y volvía y regresaba una y otra vez para debutar cada vez mejor sin perder la ilusión temblorosa de la primera vez— estuvieron allí, en Caracas primero y después, de regreso, en Buenos Aires. Y, claro, siempre con las geniales portadas del enorme Daniel Gil (nunca me explicaré de quién ha sido la pésima idea de sucesivos rediseños cuando, por una vez en la vida, se había alcanzado el milagro de la más inteligente perfección desde el principio). Hoy, para mí, "Historia universal de la infamia" o "La boca del caballo" o "La llave de cristal" o "El guardián entre el centeno" o "El señor de las moscas" o "El cine según Hitchcock" son, también, obras de este diseñador español que se leía todos y cada uno de los textos antes de sentarse a sintetizarlos y potenciarlos y, a su manera, terminarlos, con una imagen que los resignificaba y cuyos objetos y partes sueltas a menudo encontraba en sus incursiones por 
     El Rastro madrileño. Diseños todos diferentes, sin el corset de ninguna maqueta fija y firme, tan solo hermanados por el logo de la editorial en lomo y contratapa y donde toda tipografía e imagen era posible. Obras de arte sobre obras de arte que, antes de la muerte de Gil, supieron ser expuestas en los salones de la Biblioteca Nacional. He perdido la cuenta de la cantidad de autores que descubrí solo porque Gil (1930-2004) me tentó desde la puerta de su portada.
     La actual directora del oasis constante entre tanto espejismo pasajero, Valeria Ciompi, declaraba días atrás que “Alianza es un bien común; no pertenece a nadie en concreto, es parte de la historia social y cultural de este país. Cada uno, sea lector, librero o periodista, tiene su propia relación con Alianza”. Y no miente. Y han sido muchos los artículos/efemérides que en estas semanas han destacado el valor invaluable de sus poderosos faros de bolsillo durante los grises y nublados años de la dictadura franquista. Fácil de comprenderlo, porque para mí significó lo mismo durante la dictadura de Videla & Co.
     Saliendo de la variedad excelsa (Alianza; y después, en mi biobibliografía, los ya mencionados Penguin y los Vintage) para retornar al género a secas y sin marca (el libro de bolsillo) me despediré apuntando una última (pero no en último lugar) virtud del producto en cuestión: el libro de bolsillo era muy fácil de robar. Y (en tiempos en los que tantos leían en tantos lugares estos objetos orgánicos y no plásticos, en páginas y no en pantallitas; ahora, me dicen, en España, el libro de bolsillo está en crisis y se vende cada vez menos, casi un 50% menos que hace tres años) yo robé tantos de ellos, espero, por una buena causa: la mía.
     Aquí, con casi tres años más que Alianza, cuando de pronto ya todo se hace más pesado de sostener, el libro de bolsillo es, además, el vehículo perfecto no solo para la lectura sino, también, para le relectura. Ahora mismo estoy releyendo "Lolita". Tamaño ideal para mejorar la escritura del tiempo que me trae de volver de dejar a mi hijo en el colegio y del tiempo que me lleva el ir a buscarlo. Está claro que no se trata del mejor y más apropiado libro a leer junto a la verja de un colegio privado y mixto mientras se espera que salga el ser querido. Pero, por su tamaño, se lo puede agarrar y abrir casi cubriendo por completo su título con una mano. Y, por supuesto, cabe en un bolsillo.