Frank sabe
Frank sabe
Jaime Bedoya

A Frank Underwood, presidente ficticio en "House of Cards" e ídolo del mal, se le ha visto hacer cosas execrables. Escupir a un crucifijo, orinar sobre la tumba de su padre, asesinar a un congresista que había convertido en esclavo, lanzar a su amante a las vías de un tren en movimiento. Barbaridad esta última que ni el atenuante de que la susodicha fuera periodista hace menos repudiable.
    Apenas presentándose en el primer capítulo estrangula con sus propias manos a un perro atropellado. Aprovecha la ocasión para hablarle a la cámara rompiendo la convención de la cuarta pared y presentar su teoría sobre el sufrimiento: existe en dos tipos, el útil y el inútil. El primero deja una lección de vida. El segundo requiere ser terminado a toda costa. Pensamiento que podría serle provechoso a la ONPE en sus futuras labores.
    Dado que el streaming ha transformado la manera de ver televisión, había postergado la maratón de la cuarta temporada de "House of Cards" para después de la campaña presidencial peruana. Inocente, esperaba encontrar en ella algunos reflejos, aunque sea precarios, de maquiavélica estrategia operando sofisticadamente bajo el radar. En absoluto. El regalo de tápers con diez soles en su interior, o pedirle prestada la tarjeta de crédito a una amiga para hacer compras personales son bajezas que horrorizarían al presidente Underwood y a su primera dama Claire. 
    Los dos mil minutos invertidos en los 39 capítulos de las tres primeras temporadas de la serie suponen una inmersión provechosa en las transgresiones que algunos están dispuestos a incurrir con tal de adquirir poder. La calidad de su guion —adaptación de una serie británica inspirada, a su vez, en un libro del inglés Michael Dobbs— es resultado del conocimiento real que los involucrados en esta historia tienen de los apetitos políticos. Dobbs fue asistente de Margaret Thatcher. Beau Willimon, el guionista norteamericano, lo fue de Bill Clinton. Kevin Spacey, actor con apropiada dosis de truculencia en su vida real, convivió una temporada con el whip del partido republicano para absorber los modos internos de Washington. Los parlamentos transpiran influencias shakesperianas de "Macbeth", "Otelo" y "Ricardo III", obra en la que Spacey se distingue por haber rendido un extraordinario papel como el rey usurpador, hipócrita y conspirativo. Escribir cada capítulo supone siete meses de trabajo, lo que explica por qué tantos nos malogramos el sueño, postergamos el sexo e incurramos en la tendinitis a favor del consumo compulsivo de sus capítulos.
    En marzo de este año, anunciando el lanzamiento de la cuarta temporada, la National Gallery de Washington acogió en su sala de presidentes de EE. UU. el único retrato de un primer mandatario imaginario, Francis Joseph Underwood. Obama, cuya mirada al poto de una brasileña en una reunión del G8 fue replicada en un episodio de la serie donde Underwood hace lo propio con los glúteos de Zoe Barnes, es fan declarado de la serie. El propio Spacey ha confesado que cada que vez que le habla a la cámara a quien imagina como interlocutor es al inefable Donald Trump. No es elegante, pero tengo un amigo que cuando está molesto con su mujer dice imaginar que le habla a Lourdes Alcorta.
    Inicialmente pensé que Alejandro Toledo podría ser el equivalente peruano de Underwood. Pero solo daría para una versión porno en clave humorística. Vladimiro Montesinos sería lo más parecido, si no peor, a un Underwood local. De alguna manera ya lo fue, recordando su guiñada de ojo a la cámara de uno de sus videos documentales. Lo sigue siendo ahora con celular desde la cárcel.
    Le daba vueltas a qué hubiera hecho Frank Underwood, de ser fujimorista, con los destinos de Kenji Fujimori, José Chlimper y Hernando de Soto. Pero en aras de la necesaria reconciliación nacional lo más prudente sería no ahondar en ello en estos momentos.