¿Cómo vemos las políticas culturales en nuestro país? (Ilustración: Enrique Gallo/ El Comercio)
¿Cómo vemos las políticas culturales en nuestro país? (Ilustración: Enrique Gallo/ El Comercio)
Jerónimo Pimentel

Uno de los efectos que ha tenido esta catástrofe ha sido invisibilizar los numerosos problemas de nuestra sociedad en favor de solo dos: la salud y la economía. Es entendible, pero insuficiente. Una consecuencia nociva de esta visión limitada se ve en algunas propuestas de candidatos, como aquella que busca incorporar el Ministerio de Cultura al de Educación bajo la falsa idea de que contraer el Estado es eficiente o técnico.

La dolorosa verdad ha sido otra: el portafolio de Cultura ha atendido a las industrias culturales de una manera mucho más efectiva de lo que hizo su contraparte de Educación. En plena pandemia, logró hacer una ambiciosa compra de libros para abastecer cientos de bibliotecas y espacios de lectura a nivel nacional, a la vez que realizó una valiosa encuesta sobre el efecto económico de la pandemia.

Del Minedu, que contó con recursos vía decreto de urgencia para nutrir bibliotecas escolares, no se sabe nada hasta ahora. Los retos de Educación son complejos y diversos en esta coyuntura, pero tan atendible como ello es que las industrias culturales cuenten con un ministerio que atienda su problemática específica.

Impulsar la producción cultural y facilitar su acceso a la ciudadanía es una obligación republicana. Dos crisis recientes renuevan este deber: los ataques a Mayra Couto por obtener un premio, y la polémica alrededor del documental La revolución y la tierra. Sobre lo primero: es ocioso discutir sobre un acto cultural que aún no ocurre; hacerlo solo revela prejuicio. Reducir la obra de Couto a una burla por su empleo del lenguaje inclusivo —guste este o no— es inútil: la intervención ortográfica, tipográfica y gramatical es un recurso lícito e incluso tradicional en el medio político y artístico (que, en el Perú moderno, se puede rastrear hasta González Prada). Si la valoración del proyecto la hizo un jurado independiente y sin intervención gubernamental y, si el proyecto aún no se realiza y, por tanto, no puede ser valorado, ¿en qué consiste la polémica? ¿Y cuál es la crítica?

Sobre lo segundo, es grotesco que se decida reprogramar la emisión de un documental solo porque una facción lo considera inadecuado. ¿Qué no lo sería bajo ese criterio? Solo desde la inseguridad de una gestión política débil y con poca legitimidad, como lo es por definición un gobierno de transición, es posible justificar esa excesiva prudencia que trata a una obra de arte como si fuera un acto de propaganda.

No lo es. La revolución y la tierra tiene muchos méritos, acaso el principal sea entender la historia como una construcción variable, un campo de batalla sobre el que combaten distintas narrativas, como bien lo ha explicado Gonzalo Benavente, su director. La manera de contestar su discurso es justamente con más documentales, más historiografía, más publicaciones, y no con temores ni concesiones. Algunas planchas apuestan por un Estado en el que las dinámicas culturales son fundamentales para entender quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos. Otras, no tanto.

* Jerónimo Pimentel es director de Penguin Random House Perú.

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