Mi Nashville
Mi Nashville
Rodrigo Fresán

¿Moriré sin conocer nashville? Nunca se sabe, pero todo parece indicar que sí. Cada vez me gusta menos viajar. Y, hasta donde sé, no hay en Nashville ninguna feria del libro de esas que te invitan a dejar de escribir por unos días para —paradoja tan inquietante como atendible— hacer de escritor. Pero, ahora que lo pienso, tal vez sea mucho mejor así: que mi Nashville tenga para mí la textura que la Patagonia tuvo para Jules Verne o Malasia para Emilio Salgari. Un geográfico state of mind. Un sitio —36°10′00″N / 86°47′00″W— al que volar con la imaginación: ese vehículo tanto más cómodo que los aviones de última generación y que no corre el riesgo de ser bajado por un misil que nadie admite haber disparado. Así, mi Nashville aparece y desaparece en los momentos más inesperados. Mi Nashville es —parafraseando una gran canción grabada en un estudio de ahí mismo— “el fantasma de la electricidad aullando en los huesos de mi rostro”. 
     Nashville es, por supuesto, Music City. La anfitriona del histórico Ryman Auditorium y del radial Grand Ole Opry en cuyos definitivos escenario y micrófonos Patsy y Dolly y Reba y Roy y Bill y Johnny y June y Hank (no hacen falta los apellidos) subían a hacer de las suyas.
     Y yo supe de ella, de Nashville, mucho antes de aficionarme al old country y al alt-country, cortesía de uno de esos grandes filmes corales de Robert Altman. Alguien a quien nunca se le reconocerá el haber inventado el tempo y el fraseo y la dicción y las conversaciones encimadas de la nueva televisión emitida por la HBO & Co. y la (des)estructuración de buena parte del cine del gran Paul Thomas Anderson. En Nashville (1975, por fin en la canónica DVD Criterion Collection), Altman consiguió una obra maestra del cine norteamericano y su idea surgió cuando alguien le sugirió que, sí, fuese a Nashville. Altman (con la nada desdeñable ayuda de la guionista Joan Tewkesbury; aunque se sabe que Altman no era muy bueno ni buena gente a la hora de respetar guiones ajenos) fue y vio y acabó filmando un tan patético como desopilante fresco musical de los Estados Unidos filtrados por el sonido y la poética campesina de una ciudad rara, psicótica, donde no se sabe donde termina un cowboy y empieza un indio, y donde todos viven para cantarla.
     A esa ciudad, a los estudios locales de la CBS, llegó en 1966 para grabar su séptimo disco un Bob Dylan poco conforme con cómo iban las sesiones en New York. Así que él y su guitarrista Robbie Robertson y su tecladista Al Kooper aterrizaron y no demoraron en ser puestos en órbita por un plantel de curtidos músicos de alquiler locales que habían tocado con viejos héroes pero que sintonizaron a la perfección con ese joven en llamas con peinado de hongo atómico que pronto miraría raro y desenfocado desde la portada (no hace mucho murió su revolucionario diseñador gráfico, John Berg) del primer álbum doble de la historia del rock: el legendario y nashvillero "Blonde on Blonde", cuyas sesiones y descartes (junto a los de los precedentes e igualmente todopoderosos "Bringing It All Back Home" y "Highway 61 Revisited") se reúnen y ordenan y publican en un nuevo bootleg oficial de Dylan Inc: "The Cutting Edge 1965-1966", en edición de dos, seis y dieciocho cidís. Ustedes eligen cuánto gastan y cuánto van a ganar gastándolo. Pero lo verdaderamente interesante allí será seguir las idas y vueltas del llamado The Nashville A-Team. Un puñado de comandos figurativos (varios de ellos volverían a tocar con el monstruo en el oscuro y bíblico John Wesley Harding y en el mucho más campesino y supuestamente doméstico y feliz "Nashville Skyline") intentando complacer los pedidos abstractos de un genio expresionista. “Se iban a un rincón, conversaban por unos minutos, volvían y ya tenían arreglo e idea para la canción”, se asombró entonces Dylan. Ahí, esos artesanos sónicos como, entre otros, el multiinstrumentista Charlie McCoy, Charlie Daniels, Jerry Reed, Pete Drake, David Briggs, Joe South, quienes (Dylan, como siempre, puso de moda eso de ir a Nashville) pronto sonarían en discos de Leonard Cohen, Simon and Garfunkel, Neil Young, J. J. Cale, George Harrison, Ringo Starr, The Monkees, Paul McCartney, The Byrds, Eric Clapton y que pase el que sigue. (Su vivísimo legado ha sido recientemente antologado en el CD "Dylan, Cash, and The Nashville Cats" que arranca con el casi pachanguero “Absolutely Sweet Mary” donde se dictaminó aquello de “para vivir fuera de la ley debes ser honesto”).
     Aquí y ahora —claro, oscuro— decir “Nashville” equivale a la asociación inmediata y al reflejo automático de una de las peores/mejores series de TV: "Nashville". Algo que arrancó con saludables pretensiones de exposé de la escena local con soundtrack curado por el alguna vez colega de Dylan, 
T. Bone Burnett y Elvis Costello. Buena idea que —con guiones de Callie “Thelma & Louise” Khourie— ha ido degenerando en una suerte de cruza de "Dallas" con telenovela juvenil con caras bonitas y voces afinadas (especialmente detestable es la nívea y siempre lloriqueante y multipolar Clare Bowen como Scarlett O’Connor) donde todos se la pasan cambiando de pareja y de cama, cambiando pañales y miembros de sus bandas, cambiando de hospitales y de recetas de anfetaminas, cambiando de manager y de abogado, cambiando de idea y de discográfica, cambiando de look y soñando con que les pase lo que les pasó a Taylor Swift (las chicas) y a Ryan Adams (los chicos). Ver "Nashville" genera las mismas emociones que provocaba —a la hora de “descubrirnos” el mundillo de Broadway— la ya desaparecida "Smash": un (in)confesable placer culposo para paladear a solas mientras conversamos en público acerca de "The Wire" y de "Breaking Bad". De tanto en tanto, sin embargo, los nenes y nenas de "Nashville" se meten en un estudio y graban una bonita canción acompañados por unos cuantos cats de por ahí que aún siguen maullando. Una canción decididamente nashvillista. Una de esas canciones para llorar mientras se bebe una ráfaga de cerveza o un disparo de bourbon o se arroja un dardo contra una foto de esa niña modelo y Heidi de las praderas que alguna vez fuera Hannah Montana.
Y yo la escucho —esa canción que puede ser un standard imposible de estropear aunque se pongan a ello con todas las ganas del mundo— y me pregunto si moriré sin conocer Nashville.
Y me respondo que ya la conozco.

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