Los otros, por Rodrigo Fresán
Los otros, por Rodrigo Fresán
Rodrigo Fresán

De nuevo, una vez más, flamante variación sobre aria tan antigua como la práctica del asunto: la posibilidad de que un escritor haya escrito y publicado algo con un nombre que no es el suyo. Ahora le toca al de por sí ya muy esquivo Thomas Pynchon. Aparece por ahí una novela muy “pynchoniana”, una farsa de campus llamada "Cow Country", de un muy difícil de rastrear Adrian Jones Pearson. Quien hizo sonar la alarma fue un periodista de "Harper’s" que dice estar seguro de su “descubrimiento”, pero no presenta evidencia sólida más allá de su entusiasmo y ciertas similitudes estilísticas. Ya había sucedido con una recopilación de cartas de una vieja medio loca. Editorial y representante de Pynchon lo niegan todo, de nuevo, pero sin demasiada firmeza. Y así "Cow Country" hoy es el libro de Pynchon (o no de Pynchon) más vendido en Amazon. El chiste, está claro, durará lo que un suspiro y, ah, aquí tengo yo mi valiosa edición de "Amazons", memorias apócrifas de la inexistente jugadora de hockey Cleo Birdwell tras la que, en 1980, sí se escondió otro autor poco dado a mostrarse: Don DeLillo. El propio DeLillo me la firmó, con un gruñido resignado, cuando presenté hace unos años, en Barcelona, su Cosmópolis. “Pero no se lo digas a nadie”, me dijo. Y yo no se lo digo a nadie, ja. Y la historia continúa y (continuará…).
     Me refiero a la pulsión y compulsión de un narrador por ser y sentirse otro por un rato. Lo de antes: nada nuevo. Las Brontë tuvieron que masculinizarse (como George Eliot, nacida Marian Evans) por exigencias de un mercado editorial machista. Jane Austen tuvo que estrenarse con un “By a Lady”. La aristócrata Karen Blixen devino en el muy popular Isak Dinesen y más tarde bromeó que “de haber sido hombre no hubiese dudado en enamorarme de una mujer escritora”. Y Patricia Highsmith mutó a Claire Morgan para debutar y publicar en 1952 sin ser observada el gran best-seller lésbico de su tiempo: Carol.
     Charles Dickens fue Boz antes de ser universalmente célebre y Mark Twain dejó de ser Samuel Clemens para convertirse en marca registrada. Y vaya a saber uno quién fue Homero o —como canta Leonard Cohen— cuál era el apellido de “el pequeño judío que escribió la Biblia”. 
     Mucho más cerca nuestro, Stephen King se disfrazó de Richard Bachman (intrigado por descubrir si lo suyo vendería tanto con otro DNI, y lo cierto es que mientras pudo mantener la fachada vendió bastante); John Banville no la pasa mal escribiendo sus policiales como Benjamin Black; y Richard Price se ha arrepentido mucho de encimarle a su firma la de Harry Brandt en su reciente "The Whites" (su justificación inicial era la de que “pensaba que sería un libro diferente; pero al final es otro maldito libro mío”). Y por ahí andan todos esos alias de Pessoa “para nunca alcanzar el fondo de Pessoa” y ese otro Borges que es —según su creador— “a quien le ocurren las cosas… Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica… No sé cuál de los dos escribe esta página”.
     Pero, por repetido, el complejo no deja de ser complejo. 
     Y difícil de diagnosticar. 
     La necesidad de ponerse una máscara sobre la máscara que ya lleva un escritor y que, por naturaleza, ya carga con demasiadas vidas encima: su vida de escritor, su vida de lector, su vida pública y su vida privada. 
     Pensé en todo eso (y vuelvo a pensar ahora) cuando, unos meses atrás, acompañé a John Banville en Madrid. El autor irlandés venía a presentar "La rubia de ojos negros" donde la cosa se complicaba aun más: Banville firmaba esa novela como Benjamin Black quien, por su parte, se hacía pasar por Raymond Chandler para proponerle una coda a aquel "El largo adiós", protagonizada por Philip Marlowe.
     En ese viaje, también, me llevé para leer en el tren de ida y vuelta desde/a Barcelona "Nom de Plume: A (Secret) History of Pseudonyms", de Carmela Ciuraru. Una buena aproximación a esta bastante (in)sana patología que no es otra cosa que la versión exclusiva y glorificada de la pulsión de los lectores que leen, también, para ser otros, para experimentar en papel y tinta lo que difícilmente experimentarán en carne y hueso. 
     Allí, Ciuraru abre invocando una cita de Virginia Woolf de aires hamletianos (“Nunca ser uno mismo y al mismo tiempo serlo siempre: ese es el problema”) para enseguida ponerse a rastrear las raíces latinas del alter ego como forma permitida de transmutación a los mortales hasta llegar a casos recientes como el del “inexistente” JT LeRoy. Y, nada es casual, el libro de Ciuraru llevaba un blurb de Banville: “He aquí un libro fascinante sobre un tema fascinante. Todos tenemos otros yoes, pero solo algunos entre nosotros les damos un nombre y los dejamos sueltos en el mundo”.
     Y existe una cepa más tóxica e intrigante del virus: la del creador convirtiéndose en criatura; la de la persona derivando en personaje que todo lo ve y todo lo sabe. Susan Sontag apuntó que todo autor acaba siendo, al mismo tiempo, Viktor Frankenstein y monstruo. Y —con diferentes modales de escuela proustiana— ahí tenemos, a la búsqueda de sus tiempos perdidos, al nórdico Karl Ove Knausgård empeñado en que libremos su lucha y lo conozcamos hasta el último detalle de su tedio, el napolitano anonimato público de Elena Ferrante, a Ben Lerner como instalación en letras de sí mismo, y al sureño Ricardo Piglia quien, en el primer volumen de sus magníficos diarios, ejecuta el sacrificio definitivo: poner toda su vida al servicio de Emilio Renzi, quien lo acompañó todos estos años (tener claro que el nombre completo del argentino es Ricardo Emilio Piglia Renzi). 
Y al final —por encima de marcas y rasgos— se comprende lo más importante, la seña definitiva: solo la buena literatura consigue cambiarnos, mejorarnos, convertirnos en otros.
     Sí: el lector, se sabe, es el otro al que buscan todos aquellos unos. Ese otro que, leyéndolo, termina el libro. Y le pone 
su nombre. 

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