Profesionalismo
Profesionalismo
Jaime Bedoya

Son las tres y cinco de la mañana de un martes y hay solo cuatro personas presentes en uno de los salones vip del Aeropuerto Internacional Jorge Chávez. Para el caso, no importa cuál.
    Dos de esas personas intentan dormir arropadas en su propio cuerpo, pudor derrotado por una boca abierta babeante, y los ojos protegidos por una chompa del evangelio de noticias sosas o terribles de rigor con que a esa hora CNN recuerda al mundo, con cierta nocturnidad y ventaja, que nada tiene sentido. 
    Una tercera persona mira esta escena absorta. Y la cuarta, la persona clave, está parada en medio del salón meditando acerca de sus últimas acciones. No parece conforme.
     Esta persona clave es una mujer joven correctamente vestida al estilo que hoy se denomina business casual: pelo recogido en moño, aretes discretos pero llamativos, y lentes que aportan seriedad a su aspecto y a su labor. Obviamente, esta persona clave trabaja en el salón vip. Ha pasado los últimos 20 minutos moviendo unas pequeñas lámparas apenas unos centímetros, acomodando las mesitas que no necesitaban ser acomodadas, volviendo a poner las lámparas tal como estaban antes, e interviniendo el orden en que las naranjas del exprimidor automático llegan a su destino final (para ser exprimidas), asistencia innecesaria pues por algo el artefacto se jacta a todas luces de ser automático. Esa madrugada, la persona clave dedicará los próximos 32 minutos de su vida a hacer un trabajo inútil, innecesario e hipnótico: ordenar el orden.
    Al minuto 33, interpretando libremente aquella necesidad ajena de caos, la tercera persona —anteriormente mencionada— de manera semiintencional deja caer al suelo un plato con cereal integral. Uno de los durmientes se despierta sobresaltado con el hilo de baba balanceando rítmicamente en su boca, retando a Newton. Decenas de hojuelas anárquicas destruyen la utopía imaginaria. Y la persona clave se yergue victoriosa, disimulando una sonrisa que amenaza en la comisura de los labios, para con pulcrísimo gesto visual de aceptación gozosa transmitir un mensaje claro y directo al perpetrador del despropósito: gracias, hombre que el destino puso en mi vida esta madrugada. Gracias.