Lo siento, alcalde, Lima no será destruida
Lo siento, alcalde, Lima no será destruida
Jerónimo Pimentel

¿Qué Lima? ¿Cuál de ellas?
    Hay una primera, previa a la llegada de los españoles, hacia 1534, que aprovechaba el río Rímac y cortaba el desierto costero. El curaca Taulichusco, al mando de 3.000 indios, fue alertado de la llegada de Pizarro y evitó una defensa militar que, por otra parte, habría sido inútil. Fue amable con los españoles pero, como resguardo, ordenó a su pueblo dispersarse. “No vamos a desaparecer”, dijo, según la leyenda. Sobre su casa se erigió Palacio de Gobierno; sobre su huaca, Puma Inti, se levantó la Catedral de Lima; y su corral de llamas fue el solar sobre el que se edificó la Municipalidad. 
    Unas décadas después, veinte espadachines al mando de Diego de Almagro irrumpieron en la casa del viejo Pizarro en busca de venganza por la muerte de su padre. La mayoría de quienes acompañaban al conquistador huyó, pero él opuso resistencia. Mató a tres antes de que una estocada le atravesara la garganta. Tenía casi setenta años. Es probable que también haya querido gritar “¡No vamos a desaparecer!”, pues ese bien pudo ser el significado de su último gesto: con la sangre derramada dibujó una cruz católica en el suelo y lloró por la muerte de Cristo. 
    En 1746, un terremoto devastó Lima. Las aguas alcanzaron la Plaza Mayor y el puerto del Callao quedó sumergido. Ante el temor a las réplicas, el virrey Juan Manso de Velasco ensilló su caballo y salió al paso de la multitud, que abandonaba la ciudad para refugiarse en los cerros. Un cronista podría haber descrito su cabalgata como un clamor: “No vamos a desaparecer”.
    En 1904, Manuel González Prada proclamó: “El negro parece que disminuye, el chino va desapareciendo, el canaca no ha dejado huella, el japonés no da señales de prestarse a la servidumbre; mas queda el indio, pues trescientos a cuatrocientos años de crueldades no han logrado exterminarle; ¡el “infame” se encapricha en vivir!”. Léase, ¡no desaparece!
    Cuarenta años después, César Moro fechó su poema “Viaje hacia la noche” en un lugar llamado “Lima, la horrible”. El epíteto eternizó a una ciudad que se degrada, pero que no se extingue.
    Sebastián Salazar Bondy recogería el hallazgo y lo usaría de título para su ensayo epónimo, en el que contrastaría la nostalgia huachafa por la “tres veces coronada ciudad de los reyes”, una imagen mítica a la que llamó “Arcadia colonial”, con otra urbe, en tránsito, informe, inacabada, por hacer (haciéndose, no deshaciéndose).
Hacia mediados de siglo XX los migrantes andinos empezaron a retomar Lima en un proceso que el antropólogo José Matos Mar analizó en "Desborde popular y crisis de Estado" en el que, con otras palabras, se preguntaba si esa fealdad, en realidad, no sería otra forma de belleza. 

    ¿Qué Lima, entonces? ¿Cuál de ellas?
    ¿La Lima emprendedora de Villa El Salvador, Los Olivos y Villa María del Triunfo, cientos de miles de peruanos que se han impuesto, con todo y contra todos, al desierto y a la mirada criolla? 
    ¿Los residuos de la rancia Lima aristocrática, aquella que solo considera como iguales a las familias que demostraban no haber trabajado durante cinco generaciones seguidas?  
    ¿La gran Lima con la que soñó Arguedas? 
    ¿La que se pregunta todos los días, a poco de despertar, como una oración o un mantra, en qué momento se jodió el Perú?
    ¿La andino-tropical, que baila al son de la cumbia y aún no ha sido literarizada? 
    ¿La que no sabe si encajar u olvidar la violencia política? 
    ¿La conciliada en el capitalismo predador, donde se unen el laissez-faire de la derecha empresarial y la informalidad en plan sobrevivencia? 
    ¿La Lima subdividida en conos que son a su vez centros de nuevas urbanidades? 
    ¿La Lima atiborrada de las pías y beatas y catedrales que nutrieron las ensoñaciones de Martín Adán?
    ¿La Lima anochecida, entre el Queirolo y el Cordano, a un pisco de un descalabro y a dos de renacer? 
    ¿La Lima que, como anuncia National Geographic, desaparecerá en 5.000 años producto del cambio climático? 

Como las preguntas, para variar, exceden a las respuestas, habrá que remitirse al símbolo, al trofeo. 
    Taulichusco permanece como una piedra gigante que tributa su ausencia. Aún hoy es posible verla en el pasaje Santa Rosa, a media cuadra de la Plaza Mayor, como una señal de advertencia y conciliación. 
    Pero ¿puede una roca prometer el destino de un pueblo sobre una tierra? ¿Puede una piedra hablar y decirle al paseante, en un lenguaje lítico y mágico, pero a la vez histórico y frontal: tú y yo no vamos a desaparecer? 

    Alcalde, debe saber: nuestra historia es una forma de resistencia. Lima está por encima de usted.