Podemos ser super(héroes), por Rodrigo Fresán
Podemos ser super(héroes), por Rodrigo Fresán
Rodrigo Fresán

"Podemos ser héroes / apenas por un día”, cantaba, entre épico y sentimental, un David Bowie que apenas unos años atrás había atomizado a su doble personalidad de alien epifánico-suicida Ziggy Stardust. Nosotros, ni siquiera eso. Ninguna grandeza en la renuncia que nos toca o tocará; porque jamás nos ofrecieron ni nos ofrecerán ese trabajo de salvar a la humanidad para justificar nuestra singularidad. Nos parecemos mucho más al deprimido y golpeado narrador de aquella “( Wish I Could Fly Like) Superman”, de The Kinks, en la que un hombrecito gris y común lamentaba la impotencia de no contar con coloridos superpoderes y un traje ajustado y músculos que lo llenasen. La única ventaja es que la kriptonita no nos afecta en absoluto.
     Así es: en la noche oscura del alma nos preguntamos qué haríamos (las encuestas han determinado que estos son los dones más deseados por los frágiles mortales con fecha de vencimiento) de tener fuerza de titán y poder viajar por el tiempo. Y nos respondemos quedándonos dormidos.
     Sí, soñamos y leemos y vemos superhéroes (una reciente edición de "Los mitos griegos", de Robert Graves, en la Penguin Classics tuvo la gran idea de ponerle una portada donde Zeus & Co. son virados al trazo y estética de un cómic vintage) para distraernos de la pesadilla de nuestros días y de la angustia de que Dios no existe o que no acude al llamado de nuestra batiseñal. Discutimos acerca de si Ben Affleck será o no un buen Batman para escapar de esa existencia de la que —según Tarantino casi al final de "Kill Bill"— se burla Superman al escoger la máscara del opaco y débil Clark Kent para confundirse con nosotros. 
     Sí, como no podemos ser ellos no podemos vivir sin ellos. Y así es como, de continuar a este ritmo, pronto se estrenará una película de la Marvel o de la DC (el yin y el yang del asunto) por semana. Y todos iremos a verlas. Y nos quedaremos allí, sentados en la oscuridad hasta el final de esos créditos de cierre eternos (verdaderos ejércitos de profesionales trabajan para hacer volar estos divertimentos) y disfrutar de esa microdosis de salida donde se nos anticipa lo que vendrá o, mejor dicho, lo que (continuará…).
    Y nunca es suficiente. Y todo vale y se cruzan y giran cross-overs y spin-offs que, comparativamente, hacen lucir a las frondosas y enramadas genealogías dinásticas de J. R. R. Tolkien o de George R. R. Martin como minimalistas arbustos podados por Samuel Beckett. No hace mucho, un sketch de Saturday Night Live —a partir del descomunal éxito de la adaptación cinematográfica de líneas muy secundarias como "Guardianes de la galaxia" o "Ant-Man"— se burlaba de que la Marvel pudiese llegar a producir una película sobre absolutamente cualquier cosa.   
     Y así la idea del paladín de la justicia trasciende sus propios límites. Y muta en deconstrucciones como "Watchmen", de Dave Gibbons & Alan Moore (quien no hace mucho declaró que “los superhéroes son una catástrofe natural”), en superficiales profundidades como "Birdman", de Alejandro González Iñárritu, y en el genio metaficcional de "Unbreakable", de M. Night Shyamalan. O asciende a los cielos en novelas celebratorias del mito como la pulitzerizada "Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay", de Michael Chabon, y la no menos asombrosa "Muy pronto seré invencible", de Austin Grossman. O utiliza su visión de rayos X en profusos tratados corporativos como "Marvel Comics: La historia jamás contada", de Sean Howe, o sociológicos como "Supergods", de Grant Morrison, o biográficos como The Secret History of Wonder Woman, de Jill Lepore, donde se cuenta la saga doméstica de William Moulton Marston, creador de la princesa Diana de Themyscira (próxima a ser ‘resucitada’ para Batman versus Superman) pero también gran defensor del bondage, bígamo convencido e inventor del detector de mentiras.
     Y yo los busco y los encuentro a todos. Y los disfruto.
     Lo que más me ha entusiasmado en los últimos tiempos acerca de esta especial especie en mucho tiempo ha sido el reciente libro "The League of Regrettable Superheroes", de Jan Morris. Aquí —por una vez— comulgamos ellos y nosotros. Porque lo que Morris investiga y enumera —desde los principios del género hasta casi nuestros días— es un abundante puñado de superhéroes “a medio cocer” que fracasaron en su intento de imponerse. Ergo: personajes tan absurdos como Fatman (un nerd-geek gordo con la ‘habilidad’ de convertirse en… ovni), The Eye (un ojo incorpóreo y kafkiano que anda dando vueltas por ahí y que todo lo ve), Doctor Vampire (que a pesar de llamarse así combate a los vampiros), Madame Fatal (un actor y maestro del disfraz que se transforma en… octogenaria), Doctor Hormone (¿tiene sentido que lo explique?) y muchos y muchas más. 
     Hojeándolos entre risas incrédulas se alcanza el más frío que tibio consuelo de comprender que por cada X-Men hubo diez Z-Guys que no dieron la talla y que se quedaron por el camino.
     Grant Morrison en su ya mencionado libro —parte exploración total del género, parte tractat filosófico, parte apasionada autobiografía— apunta y dispara que, históricamente, los superhéroes tienen mayor éxito entre los mortales en tiempos de graves crisis económicas. Shazam!: son nuestras debilidades las que los hacen invulnerables. Es entonces, parece, cuando necesitamos creer más y mejor en todos ellos y nos imaginamos cómo sería eso de parar un tren con el pecho, o de volver atrás para corregir viejos errores, o de lanzarnos hacia adelante para averiguar qué será de nuestro amor y, ya que estamos, anotar el número ganador de la lotería.
     De ser así, de ser cierto, entonces todos ellos están salvados (nunca faltará la depresión de un crack financiero) y nosotros estamos perdidos. 
     Y solo nos queda mirar el cielo o a la pantalla o a la página y esperar, una vez más, a que nos salven. 
     Apenas por un día.

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