Tomando distancia de la creciente euforia neoliberal que celebraba por anticipado “el fin de la historia”, Octavio Paz entendía que lo que llegaba a su fin era la historia concebida como progreso incesante hacia un escenario de grandes rupturas revolucionarias y de novedades absolutas: la historia, pues, entendida como drama teleológico universal.
Tomando distancia de la creciente euforia neoliberal que celebraba por anticipado “el fin de la historia”, Octavio Paz entendía que lo que llegaba a su fin era la historia concebida como progreso incesante hacia un escenario de grandes rupturas revolucionarias y de novedades absolutas: la historia, pues, entendida como drama teleológico universal.
Pedro Cornejo

Treinta años después de la caída del muro de Berlín (9 de noviembre de 1989), que para muchos significó el fin del socialismo como alternativa al capitalismo, viene a cuento recordar lo que, ese mismo año, dijo el nobel de Literatura ( 1990 ), el poeta y reconocido liberal mexicano Octavio Paz en su discurso por el Premio Alexis de Tocqueville. Antes que nada es preciso tener presente que el autor de El laberinto de la soledad siempre supo diferenciar la utopía socialista de lo que él mismo denominó en Tiempo nublado ( 1986 ) “la dictadura burocrático-militar que, por un colosal equívoco, llamamos socialismo”. No es casual su insistencia en afirmar que lo que había llegado a su fin era “la idea de revolución en su última y desventurada encarnación bolchevique y de su engendro, el estalinismo”.


II

Y es que, aun cuando era obvio que el liberalismo había salido fortalecido como resultado de los cambios producidos en la política internacional durante las décadas de 1970 y 1980, Paz era consciente de que podía tratarse de una victoria pírrica. Ya en Tiempo nublado había advertido que “la modernidad, en sus dos versiones, la capitalista y la pseudosocialista de las burocracias totalitarias, está herida de muerte en su centro mismo: la idea de un progreso continuo e ilimitado”. Porque, como también sabía Paz, el desarrollo económico no es un fin sino un medio. ¿Para qué? Es la pregunta que las sociedades que se autodenominan liberales son incapaces de responder. Los fines últimos, señalaba Paz en ese mismo libro, no aparecen en el horizonte colectivo sino tan solo en el dominio privado. El notable ensayista subrayaba, en el mencionado discurso, que eso es un gran logro, pues reafirma la autonomía de la conciencia individual y de la conciencia de los otros, que es la base de la tolerancia. Pero reconocía también que ello conduce a un solipsismo, es decir, a un aislamiento, a la ruptura del puente con los otros y, de ese modo, a la profundización del abismo entre la libertad y la fraternidad, entre libertad y justicia.



El desarrollo económico no es un fin sino un medio. ¿Para qué? Es la pregunta que las sociedades que se autodenominan liberales son incapaces de responder.


III

Paz concluía señalando que el reto para el pensamiento político era encontrar el punto de convergencia entre esas esferas hoy separadas pero, en realidad, inseparables. Y añadía en su discurso lo siguiente: “Debemos repensar nuestra tradición, renovarla y buscar la reconciliación de las dos grandes tradiciones políticas de la modernidad, el liberalismo y el socialismo”. Ello supone, ciertamente, dejar de concebirlas como tradiciones incompatibles o excluyentes. Tomando distancia de la creciente euforia neoliberal que celebraba por anticipado “el fin de la historia”, Paz entendía que lo que llegaba a su fin era la historia concebida como progreso incesante hacia un desenlace final, es decir, como el escenario de grandes rupturas revolucionarias y de novedades absolutas: la historia, pues, entendida como drama teleológico universal. Desde esta perspectiva, esa hipotética reconciliación del liberalismo y el socialismo tampoco sería una suerte de happy ending, sino tan solo una apuesta —riesgosa e incierta— como la historia misma.

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