Pedro Cornejo

I

Según Hans Walter Wolff, en su Antropología del Antiguo Testamento, hay en el ser humano hasta cuatro niveles o aspectos de lo mismo: 1) ruah: espíritu; 2) leb: corazón, pensamiento; 3) napas: alma (psyché), y 4) basar: unidad psicosomática. Basar designa todo el cuerpo humano, tanto en su interior como en su exterior. De ahí que basar caracterice la vida humana como efímera, débil, caduca, subrayando el poder limitado y deficiente de los hombres por comparación con el poder ilimitado de Dios, del cual depende completamente no solo para empezar a vivir, sino para mantenerse con vida. Basar significa también rostro, postura, manos, carne, todo lo cual brinda una impresión de lo que somos por dentro. Pero basar no solo da un indicio de lo que la persona es, sino que también oculta y engaña. Por lo tanto, hay que sobrepasar esa primera barrera para llegar a una dimensión más profunda (napas), el ámbito de la psicología individual que engloba no solo las necesidades y deseos del hombre, sino toda la gama de sus sentimientos: el temor, la desesperación, el desaliento, el agotamiento, la vulnerabilidad, la tribulación, la amargura, el odio, el amor, la alegría, etc.


II

Pero es únicamente en la dimensión del corazón (leb) donde se da la concordia. Leb se traduce normalmente por ‘corazón’, pero no se entiende en el sentido médico actual, sino como órgano central que hace posible la movilidad de los miembros y, de acuerdo a su función, equivaldría más bien a ciertos sectores cerebrales. El corazón sería el lugar donde se decide lo fundamental de la vida. Lo que lo define son sus funciones racionales. Esto quiere decir que el corazón está ahí para entender, buscar el conocimiento, pensar, reflexionar y meditar. En el corazón se sitúa la conciencia y la memoria. “Abrir el corazón” significa, entonces, comunicar todo el saber del que uno dispone. Ahora bien, si el corazón conoce, el corazón también elige; es decir, es órgano del entender y del querer. Hacer las cosas “de todo corazón” significa hacerlas con conocimiento, voluntad e intención.



“Abrir el corazón” significa, entonces, comunicar todo el saber del que uno dispone. Si el corazón conoce, el corazón elige.

III

Leb es la frontera entre lo psíquico, ya libre de conflictos, y el espíritu (ruah), dimensión esta que ya no nos pertenece, que ya no es parte del ego. Ruah es, pues, fuerza vital creadora, una cualidad extraordinaria que le confiere sabiduría, entendimiento, consejo, ciencia pero también fortaleza anímica. Pero ruah también es entendido como el vehículo de la voluntad, de la acción. No hay que olvidar, sin embargo, que, en el Antiguo Testamento, el ruah humano depende de Dios, es decir, que su vitalidad en cuanto espíritu no le viene de sí mismo. De esta manera, señala Wolff, “se realiza algo así como la liberación del individuo de la sugestión del colectivo, de la polis, de la gens; mediante su confrontación con la voluntad de Dios el hombre empieza, entonces, a comprenderse a sí mismo individualizándose, desprendiéndose de ciertas ataduras, con lo cual se abre paso, según dice Aaron Gurevich en Los orígenes del individualismo europeo, “la doctrina de la dignidad individual” y la concepción del hombre como “persona”, tal y como todavía la entendemos hoy.

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