El instinto religioso y el misterio de la Navidad.
El instinto religioso y el misterio de la Navidad.
Victor Krebs

A la creencia de nuestro tiempo de poder llegar a develar el misterio de la existencia por medios científicos, el gran filósofo Ludwig Wittgenstein la llamó “la estúpida superstición de nuestro tiempo”. Cuando juzgamos al aborigen que hace la danza de la lluvia, por ejemplo, como un iluso que cree en el poder causal de su acción y pretende de ese modo propiciar la lluvia, evidenciamos esa superstición que ve a toda acción exclusivamente desde la razón. Si recordamos, sin embargo, que el mismo aborigen que actúa de ese modo es el que sabe construir su casa para protegerse del frío, o fabricarse armas y herramientas para lidiar con la naturaleza, es tonto creer que en el caso de la danza esté pensando de manera tan primitiva. Esa acción pertenece al ámbito de lo religioso, mediante la cual el ser humano se entrega al universo y se conecta con algo que lo supera. Ahí es la pura emoción irracional —lo que los griegos identificaban con la locura de Dionisio o lo que nosotros podemos entender como el rapto espiritual— lo que ocurre. Aflora ahí lo sagrado, que la mirada científica nos hace incapaces de reconocer.



“La piedra sagrada, el árbol sagrado no son adorados en cuanto tales; lo son [...] por el hecho de ‘mostrar’ algo que ya no es ni piedra ni árbol, sino lo sagrado”. —Mircea Eliade

Todos sabemos de ese pavor tan peculiar y súbito que sentimos frente a ciertas situaciones en las que nos reconocemos insignificantes y dependientes, “pobres criaturas” sujetas a algo tremendo que yace más allá de nuestra comprensión. Sabemos de esas experiencias que nos “erizan los cabellos”, o nos “hielan la sangre”, y más bien parecieran sugerirnos una sublimidad natural de la que surge el misticismo por el que encontramos seres divinos en todas partes, o incluso en el que nos encontramos ante la presencia de un dios vivo.

El ser humano ha conocido, desde que tiene conciencia, el sentimiento de lo sagrado, ese “terror de Dios”, ese sentimiento que nos pone en contacto directo con un ámbito trascendente, irreducible a ninguna categoría racional. Ese primitivo pavor demoniaco o espectral no desaparece en absoluto con la civilización; sigue presente perennemente en la conciencia humana. Tenemos, por decirlo así, un instinto irreductible para lo sagrado.

La ciudad sagrada de Jerusalén, la cuna de las tres religiones monoteístas: el judaísmo, el islam y el cristianismo.
La ciudad sagrada de Jerusalén, la cuna de las tres religiones monoteístas: el judaísmo, el islam y el cristianismo.


—La irrupción de lo racional—

Junto a ese instinto convive la razón en nosotros. Ella puede seducirnos con la convicción de que, de alguna manera, en el conocimiento que nos proporciona, podemos librarnos de nuestra dependencia de esa dimensión desconocida, desmontándola y neutralizándola bajo la luz de la ciencia. Pero suponer que los predicados naturales traducen realmente lo irracional es desconocer la verdadera naturaleza de esta experiencia, negar un orden de nuestra existencia sin el cual esta se hace presuntamente más segura, menos incómoda, pero al mismo tiempo más superficial.

El ‘cientificismo’ nombra a aquella convicción de acuerdo a la cual todo eventualmente será develado por el conocimiento científico, donde lo sagrado, como cualquier fenómeno natural desconocido, es algo conquistable por los poderes de la razón. Esa actitud moderna está detrás de nuestra familiar sospecha de todo lo “espiritual”, por la que, como lo ponía Wittgenstein también, “nuestro mundo parece como envuelto baratamente en celofán y apartado de todo lo importante; de Dios, por así decirlo”.



El ser humano ha conocido, desde que tiene conciencia, el sentimiento de lo sagrado, ese “terror de Dios” [...] que nos pone en contacto directo con un ámbito trascendente.

Es, precisamente, desde ese naturalismo secular que podía proclamar Zaratustra que Dios había muerto, anunciando así el comienzo de nuestra era. Esa muerte no es sino el resultado de la invasión de la razón al ámbito de lo sagrado, la cual asume —ya sea por soberbia o por miedo de lo desconocido— su propia omnipotencia. A Dios lo ha matado su compasión por nosotros.

Contra esa arrogancia o hybris (como la llamaban los griegos), que como una semilla sediciosa en el centro mismo de la razón pretende subvertir a lo sagrado, naturalizándolo, se alza la experiencia del misterio, que asoma por todas partes en la existencia humana, recordándonos nuestra insignificancia, la idea de que “del polvo somos y al polvo volveremos”. La experiencia de lo sagrado, la irrupción de ese sentimiento irracional frente al misterio, nos obliga al reconocimiento de la fragilidad, la mortalidad, la falibilidad y división interna del paradójico ser humano, suspendido entre esas dos realidades inconmensurables de la razón y lo sagrado.

El templo del dios Horus, en Egipto. Se le representa como un  halcón.
El templo del dios Horus, en Egipto. Se le representa como un halcón.

—El advenimiento de lo espiritual—

Para el animal, lo que vive y lo que él es son lo mismo; para este existe solo el efímero presente o, lo que es lo mismo, la pura eternidad. Pero para el ser humano el advenimiento de la conciencia lo desarraiga en su existencia; lo separa de esa unidad primaria y ocasiona una ruptura del suelo primordial gracias al cual vive el animal su cómoda inconsciencia. Es de ese quiebre original que nacen en el alma humana sus angustias, inquietudes y luchas internas, y se enclava la aspiración por lo trascendente, esa suerte de nostalgia por el hogar perdido que siempre acosa nuestra existencia. Es también sobre esa experiencia y su profunda resonancia en nosotros que se predica toda religión. De la percepción del misterio más allá de lo natural, es decir de la percepción de lo sobrenatural, surge lo espiritual.



“El ser humano es un espejo en el que Dios se contempla, o bien el órgano sensorial mediante el que se introduce en su Ser”. —Carl Jung

Pero mientras la razón, con su promesa de claridad científica, puede obnubilarnos al misterio y prevenirnos contra lo espiritual, es la ciencia misma también, en sus formidables descubrimientos, la que puede abrir un espacio para aquella experiencia en la que aflora el sentimiento religioso. Carl Sagan, el célebre científico estadounidense, reflexionando sobre los descubrimientos de la astronomía, escribe que el hecho de que la Tierra sea un escenario tan pequeño en la vasta arena cósmica disloca “nuestra importancia imaginaria, la ilusión de que ocupamos una posición privilegiada en el universo”, por lo que, como observaba, “la astronomía es una formadora de humildad y carácter [una] demostración de la locura de los conceptos humanos”.

El poder racional, nuestra ciencia y tecnología, pueden tener en sí una semilla de desmesura y soberbia que lleva al ser humano a desconocer lo inconmensurable y lo sobrenatural, pero el elemento daimónico y sagrado de los misterios de la existencia también se hace presente en su seno.


—La vida, la muerte y el renacimiento—

Tanto la celebración cristiana de la Navidad como la danza de la lluvia con la que empezamos esta reflexión pertenecen al orden de los ritos, al instinto religioso. Estos rituales que le dan forma a nuestra relación con lo trascendente derivan de patrones en la psique que Carl Jung, el padre de la psicología analítica, llamó arquetipos. A través de ellos, logramos escenificar aspectos de nuestra relación con lo insondable y darle expresión a la paradoja de nuestro ser, oscilando, como lo está siempre, entre lo natural y lo numinoso, entre la razón y la fe, entre la ciencia y la religión. Ellos redimensionan nuestra experiencia, sincronizando nuestra vida cotidiana con la inmensidad del universo; pertenecen, en otras palabras, al dominio de lo divino.



“Dios ha muerto” Friedrich Nietzsche quiso explicar con esta frase que la verdad o los principios absolutos no existen más. (NDR)

Alrededor, por ejemplo, del arquetipo del niño divino se tejen rituales como los de Isis, en Egipto, donde, en el solsticio de invierno (que corresponde al tiempo de nuestra Navidad), se celebraba, mediante una procesión con la imagen del divino Horus en brazos de su madre virgen, el misterio de la aurora y el ocaso solar, el ciclo sagrado del nacimiento, la muerte y el renacimiento de la Naturaleza.

La Navidad, estructurada en torno al nacimiento de otro niño divino, es también representación del misterio al centro de nuestra existencia, del nacimiento, la muerte y la resurrección; es un símbolo de lo extraordinario en lo ordinario, de lo sobrenatural encarnado en lo natural, de lo divino hecho carne en el ser humano.



Nuestra cultura contemporánea se encuentra tan desconectada de lo espiritual, que perdemos de vista el sentido arquetipal de esta festividad.

Pero nuestra cultura contemporánea —regida siempre por nuestra mentalidad cientificista que, con el materialismo y el consumismo, azuza la soberbia y desmesura de nuestra época— se encuentra tan desconectada de lo espiritual, que perdemos de vista el sentido arquetipal de esta festividad. Olvidamos, en otras palabras, que esta celebración con su imagen del nacimiento de Jesús, es expresión de lo religioso en nuestra existencia. Es conmemoración, en otras palabras, de lo irracional y numinoso en el corazón del ser humano, a lo que la cultura debe adherirse en su fundamento, si ha de evitar su completa banalización.


Para saber más

  • Lo santo: lo racional y lo irracional en la idea de Dios (Rudolf Otto)
Un acercamiento a la naturaleza de la religión y a la de idea de lo numinoso como aproximación a ella.
Un acercamiento a la naturaleza de la religión y a la de idea de lo numinoso como aproximación a ella.
  • Observaciones a La rama dorada de Frazer (Ludwig Wittgenstein)
A partir de los conceptos de magia y religión, se establecen semejanzas entre lo primitivo y civilizado.
A partir de los conceptos de magia y religión, se establecen semejanzas entre lo primitivo y civilizado.
  • Símbolos de transformación (Carl Jung)
El autor explora el pensamiento simbólico y mítico como algo consustancial al hombre.
El autor explora el pensamiento simbólico y mítico como algo consustancial al hombre.


Fragmento

Dios y el hombre

“En las esferas occidentales del pensamiento y la metáfora mitológica, bien sea en Europa o en el Levante, el fundamento del ser se personifica generalmente en un Creador, cuya criatura es el Hombre, y los dos no son iguales; de modo que aquí la función del mito y el ritual no puede ser la de catalizar una experiencia de identidad inefable.

El Hombre solo, vuelto hacia sí mismo, según esta interpretación, solo es capaz de experimentar su propia alma de criatura, que puede estar debidamente relacionada o no con su Creador.

Por tanto, la función superior del mito y el ritual occidentales es establecer formas de relación de Dios con el Hombre y del Hombre con Dios. [...] No obstante, surgen ciertas complicaciones, exclusivamente occidentales, del hecho de que, donde se enfrentan dos términos extremos tan contradictorios como Dios y el Hombre, el individuo no puede conceder toda su lealtad a los dos. Por una parte, como en el Libro de Job, puede renunciar a su juicio humano ante lo que cree la majestad de Dios: ‘¡Mirad!, yo importo poco; ¿qué debo responderte?’. O, por otra parte, a la manera de los griegos, puede permanecer del lado de sus valores humanos y juzgar, según estos, el carácter de sus dioses. Al primer tipo de piedad la llamamos religiosa y la reconocemos en todas las tradiciones del Levante: zoroastrismo, judaísmo, cristianismo e islam. A la otra la llamamos, en el sentido más amplio, humanista, y la reconocemos en las mitologías nativas de Europa: griega, romana, celta y germánica”. Joseph Campbell en Las máscaras de Dios. Volumen III (Atalanta, 2018 ).


Enfoque

La sacralización de la muerte

“A lo largo de la historia, las religiones y las ideologías no sacralizaron la vida. Siempre sacralizaron algo situado por encima o más allá de la existencia terrenal y, en consecuencia, fueron muy tolerantes con la muerte. De hecho, algunas de ellas directamente profesaron afecto a la Parca. Debido a que el cristianismo, el islamismo y el hinduismo insistían en que el sentido de nuestra existencia dependía de nuestro destino en la otra vida, consideraban la muerte una parte vital y positiva del mundo. Los humanos morían porque Dios así lo decretaba, y el momento de la muerte era una experiencia metafísica sagrada que rebosaba de sentido. Cuando un humano estaba a punto de exhalar su último aliento, había llegado la hora de avisar a sacerdotes, rabinos y chamanes, hacer balance de la vida y aceptar el verdadero papel de uno en el universo”. Fragmento de Homo Deus, de Yuval Noah.


En tres filósofos

  • Aristóteles: Es pensamiento puro (nous), inmutable, inmóvil, inmaterial, causa primera de todas las cosas.
  • Spinoza: Es substancia infinita y causa inmanente de todas las cosas. Todas las cosas están en Dios y se mueven en Dios. Dios es naturaleza.
  • Alfred North Whitehead: Es una realización conceptual ilimitada de la potencialidad absoluta.


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