CIUDAD DE MÉXICO. Fotografía que muestra un Cristo y el Santo Sudario, durante una exposición en la Catedral de la Ciudad de México (México). La muestra La Sábana Santa, considerada la exposición más grande que se ha hecho dedicada a esta reliquia histórica, podrá visitarse de manera virtual el Jueves y Viernes Santo desde su sede en Ciudad de México. Foto: EFE/ Adriana Aristizábal.
CIUDAD DE MÉXICO. Fotografía que muestra un Cristo y el Santo Sudario, durante una exposición en la Catedral de la Ciudad de México (México). La muestra La Sábana Santa, considerada la exposición más grande que se ha hecho dedicada a esta reliquia histórica, podrá visitarse de manera virtual el Jueves y Viernes Santo desde su sede en Ciudad de México. Foto: EFE/ Adriana Aristizábal.
Rafael de la Piedra Seminario

Magíster en Teología Pastoral por la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima

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La muerte siempre fue una invitada de palo, sin embargo, la dolorosa realidad de la pandemia mundial nos ha acercado demasiado a esta señora no querida. La realidad del dolor —desgraciadamente yuxtapuesta en estos tiempos— también está presente con un protagonismo lacerante. Todos tenemos o hemos tenido un familiar o amigo con COVID-19 y que, lamentablemente, haya fallecido.

Eso nos emplaza a una realidad nueva e inmanejable: el dolor y la muerte. Y entonces descubrimos que hay diversas facetas del dolor humano y que es un estado realmente misterioso: lo conocemos, pero siempre hay algo más por conocer. No lo podemos abarcar y mucho menos dominar. Se nos escapa de las manos.

C. S. Lewis decía: “El dolor insiste en ser atendido. Dios nos susurra en nuestros placeres, también nos habla mediante nuestra conciencia, pero en cambio grita en nuestros dolores, que son el megáfono que Él usa para hacer despertar a un mundo sordo”.

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Entonces, nos damos cuenta es que hay diversas facetas del dolor humano: el físico, el psicológico y el espiritual. Como escribía un amigo: “¿Cómo hacer para que me oiga? ¿Rezar? No basta, no... Tendría que haber otro conducto que permita preguntarle sobre el porqué de tantas desgracias, una tras otra, como si se tratase de la única manera de someternos a la verdad, al creer sin haber visto. Lo atosigante es la forma. Expuestos al dolor. Al llanto. Al miedo”.

Entonces, emitimos un grito al cielo hasta rozar con la afonía: “Elohim, elohim, lama sabachthani” —Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado—. Es el grito que nos recuerda la humanidad de aquel que no debió morir: Jesús de Nazareth y que nos habla del abandono del Padre.

La fe y la ciencia

¿Cuánto sufrió Jesús en su agonía? ¿Podemos llegar a saberlo? ¿Cómo fue su agonía final? ¿Realmente sufrió como hombre? Y ante estas preguntas tenemos el camino de la fe y de la ciencia. Podemos leer los relatos de los evangelios y hacernos una idea muy clara de lo que sus amigos y testigos han podido recordar sobre lo que padeció el maestro de Galilea. Pero también tenemos un objeto que nos puede introducir de manera insospechada y científica a esta realidad: el manto de Turín.

Estamos hablando de una tela que se encuentra desde 1578 en la Catedral San Juan Bautista de la ciudad de Turín, al norte de Italia.  Es una tela enorme de 4 m y 41 cm de largo por 1 m y 13 cm de ancho que contiene quemaduras, manchas de agua, manchas de sangre y la imagen de un crucificado con todas las características y detalles que leemos en los Evangelios acerca de la Pasión y Muerte de Jesús.

Es una tela mortuoria que ha envuelto a un hombre desnudo que ha sido torturado, flagelado, golpeado y, finalmente, crucificado pero que no presenta ningún signo de descomposición física. Es decir, ha permanecido envuelto no más de 36 horas y las manchas de sangre —arterial, venosa e hipostática— calzan perfectamente donde anatómicamente tienen que estar.

Un perfecto negativo fotográfico

Esta misteriosa tela apasionó a la ciencia desde que en 1898 se tomó la primera fotografía de ella, revelando así que la imagen tenue que se ve directamente se comporta como un negativo fotográfico perfecto, revelando datos realmente insospechados.

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Luego se han descubierto polen (casi el 80 % de plantas que solamente crecen en Palestina), áloe y mirra (sustancias aromáticas para embalsamar cadáveres según las costumbres judías), polvo aragonito (un carbonato cálcico que se encuentra a las afueras de la ciudad de Jerusalén); entre otras sorprendentes investigaciones. Tal vez la más impresionante fue la que John Jackson y Eric Jumper, físicos asimilados a la Fuerza Aérea Norteamericana, descubrieron en 1977: ¡la imagen tiene información tridimensional!

Finalmente, lo más impresionante de este cuerpo del crucificado, totalmente desgarrado, con más de 5.000 puntos de sangre y 1.000 marcas de algún tipo de azote, es el rostro sereno de aquel que ha sido capaz de enfrentar y vencer a la enemiga más cruel: la muerte. Benedicto XVI, en su visita a la ciudad de Turín, nos decía: “La Sábana Santa es un icono escrito con sangre; sangre de un hombre flagelado, coronado de espinas, crucificado y herido en el costado derecho. La imagen impresa en la Sábana Santa es la de un muerto, pero la sangre habla de su vida. Cada traza de sangre habla de amor y de vida. Especialmente la gran mancha cercana al costado, hecha de la sangre y del agua que brotaron copiosamente de una gran herida provocada por un golpe de lanza romana, esa sangre y esa agua hablan de vida”.

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