"Existen conexiones entre la música afroperuana y el jazz"
"Existen conexiones entre la música afroperuana y el jazz"
Jorge Paredes Laos

Al otro lado de la línea, Gabriel Alegría habla con entusiasmo. A pesar de ser nieto e hijo de hombres de letras, desde niño se dedicó a la música. Vive actualmente en Nueva York, donde, con el Sexteto de Jazz Afroperuano, se ha ganado un sitio en el circuito jazzístico de Estados Unidos. La banda, integrada por Alegría (trompeta), Laurandrea Leguía (saxofón), Freddy “Huevito” Lobatón (percusión), Hugo Alcázar (batería), Yuri Juárez (guitarra) y Mario Cuba (contrabajo), fue catalogada en el 2015 como el mejor grupo de latin jazz del año, por The New York City Jazz; y como el mejor ensamble de jazz por el Hot House Magazine. El sexteto estrenará en Lima su disco titulado "10", un vinilo que rinde homenaje a la música criolla y la afroamericana. La presentación será el 12 de febrero en el Cocodrilo Verde.    

¿Por qué apuestan por el vinilo en este disco de aniversario?
Queríamos hacer algo especial. En el mundo ha habido un interesante resurgimiento del vinilo, acompañado de un movimiento audiófilo que gusta de este formato. Nosotros quisimos conmemorar los diez años del grupo con un disco de colección dirigido a esta corriente internacional.

¿Buscan una mejor calidad de sonido?
 Yo no diría que la calidad del vinilo sea mejor o peor, simplemente es distinta. El vinilo te da un timbre de otra época y la gente lo encuentra mucho más cálido. Lo real es que se trata de otra sonoridad y le permite a los fans del grupo —que tienen los discos compactos— comparar las versiones de los temas.

¿Qué novedades trae el disco?
Es un homenaje a las culturas afroamericana y afroperuana. La mitad de los temas son conocidos en Perú y la otra en Estados Unidos, y en un caso hemos combinado un tema norteamericano y uno peruano sobre una misma armonía. [Se refiere a “El cóndor pasa” y “Take Five”, de The Dave Brubeck Quartet]. 

Tu abuelo [Ciro Alegría] y tu padre [Alonso Alegría] son escritores. ¿Cómo decidiste inclinarte por la música?
En mi casa siempre se escuchó música. A mi papá le gusta el género criollo y mi tía María era profesora de piano. Yo soy quizá el primer profesional en la familia pero la música siempre estuvo. Al jazz llegué a través de la banda del colegio. Recuerdo que un disco importante de ese tiempo fue uno de Miles Davis. Me enamoré de la libertad que tenía para interpretar el jazz.

¿Y lo afroperuano?
Igual. De chico mi viejo me llevaba a espectáculos criollos y cuando crecí, con amigos como Hugo Alcázar, nos íbamos al Teatro Segura a ver a Eva Ayllón y Los Hijos del Sol, esas fusiones que se hacían en los ochenta. Eso despertó en nosotros la inquietud por las combinaciones. Después fue importante conocer a Huevito Lobatón, al maestro Pepe Villalobos, ir a la peña Don Porfirio. Para hacer jazz uno tiene que vivirlo.

¿Cuánto crees que has evolucionado desde que estuviste en la Orquesta Juvenil de Música Nueva hasta ahora?
En el caso de la orquesta fue más una experiencia de educador, no tenía todavía una carrera. Han pasado 15 años y el crecimiento ha sido enorme, pero, mientras más uno aprende, se da cuenta de que le falta saber mucho más. Es una realidad en la música. 
A mí me falta todavía aprender mil cosas.

¿Cuáles, por ejemplo?
Tocar mejor la trompeta y aprender a tocar el cajón. Como trompetista uno tiene el reto del instrumento físico y eso es algo casi inalcanzable. Se practica y aprende todos los días.

Manongo Mujica dice que la improvisación del jazz combina muy bien con la fantasía de la música afroperuana. ¿En ustedes cómo se manifiesta esta fusión?
Concuerdo con Manongo en que ambas corrientes tienen raíces comunes, por lo que se establece un diálogo de inmediato. Pero, además de lo musical, también está lo vivencial. Creo que existen ciertas conexiones espirituales entre la música afroperuana y el jazz. Ciertas intersecciones que nos permite hablar de ‘jazz afroperuano’.

¿Cuáles serían estas intersecciones?
En el género criollo hay un elemento indispensable que se llama el guapeo, que es la energía que un músico le transmite a otro. Ese “oye”, “toma”, “dale”, que uno escucha en un vals, se da también en el jazz, sobre todo en el más antiguo, que proviene de las iglesias negras del sur de Estados Unidos. Existen conexiones técnicas, pero lo vivencial es más importante.

La del estribo
Vienes con fans a quienes haces conocer nuestra cultura. ¿Cómo es esta experiencia?
Lo hacemos desde hace siete años. Es importante porque nos permite financiar la venida del grupo y también hacer conciertos especiales, como el que vamos a dar en Pamplona (13 de febrero), en la calle, donde estamos organizando un espectáculo gratuito para que la gente pueda disfrutar de nuestra música. El año pasado fue un tremendo éxito y estamos muy felices de repetirlo.