La juventud, en todos los tiempos y más aún actualmente, trata siempre de construir sus propios ideales.
La juventud, en todos los tiempos y más aún actualmente, trata siempre de construir sus propios ideales.

Durante mi adolescencia, frecuentemente escuchaba esta expresión: “Los jóvenes no tienen valores”. Ahora, siendo adulto, escucho a mis coetáneos sentenciar con el mismo juicio a la nueva generación. Si, según los adultos mayores, mi generación carecía de valores, ¿quiénes somos nosotros ahora para descalificar de igual modo a nuestros sucesores? Probablemente cada generación repite la misma censura de la que fue víctima. Pero ¿quiénes sí tuvieron valores? La respuesta es simple: todos.

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Los valores se han convertido en una categoría central para la educación, la política, los negocios, la comprensión social y otros asuntos de primer orden. Sin embargo, existen varios problemas filosóficos respecto de su definición, validez o naturaleza que frecuentemente soslayamos como si todo estuviese absolutamente claro. No es así. Por ejemplo, ¿los valores son eternos o cambiantes? ¿Universales, válidos para todos los pueblos, o relativos según el contexto cultural? No existe una teoría ampliamente consensuada que resuelva definitivamente estas cuestiones.

LG Q60 es un celular gama media de LG. (Foto: Julio Melgarejo)
LG Q60 es un celular gama media de LG. (Foto: Julio Melgarejo)

—Abriendo el debate—
Sabemos que los valores sirven para evaluar, apreciar, estimar objetos, acciones, situaciones y otros. Ilustremos. Adquiero un celular veloz, ligero y bello, porque valoro la velocidad, la portabilidad, la belleza. Censuro el soborno por ser contrario a la honradez que aprecio. Admiro a un deportista por el esfuerzo y la disciplina que representa. Pero, preguntaba Nietzsche, ¿de dónde viene a su vez el valor de los valores? ¿Por qué la justicia o la libertad son valiosas? Algunos consideran los valores como entes universales y eternos; otros, al revés. Llamemos universalistas a los primeros; relativistas, a los segundos.

Veamos a los primeros. Aunque Platón no hablase estrictamente de valores, este enfoque podría remontarse hasta él, puesto que sostenía la existencia de entes o ideas eternas como la justicia o el bien. El cristianismo ha difundido una versión cercana, aunque hablando más bien de virtudes: humildad, generosidad, castidad, etc. Como Dios es eterno, sus principios o valores también lo son. Quien sentencia que “los jóvenes no tienen valores” asume esta posición —universalista— para aplicársela a otros y concibe los ideales como absolutos, inmutables y válidos para cualquier generación: los ancianos de ayer y los niños de hoy.

¿No será, más bien, que los jóvenes poseen otros valores? ¿Ostentan el derecho a crear los suyos? Para los relativistas, sí. Decía Nietzsche que el hombre vive creando valores, es el ser que otorga valor a las cosas. Ideales o principios no se originan en la voluntad de Dios —cuya misma existencia siembra dudas—, sino en las prácticas sociales. Los romanos tenían unos; los judíos, otros. Las culturas y las generaciones crean o actualizan sus valores, pero no somos conscientes de este ejercicio recreativo que todo el tiempo realizamos. Por ejemplo, hoy han aparecido y se han posicionado entre los jóvenes valores como la flexibilidad o adaptabilidad por influencia del continuo cambio tecnológico.

Charles Taylor. Autor de La ética de la autenticidad, libro que indaga las formas y las causas del individualismo ético moderno frente a la valoración de determinadas tradiciones culturales.
Charles Taylor. Autor de La ética de la autenticidad, libro que indaga las formas y las causas del individualismo ético moderno frente a la valoración de determinadas tradiciones culturales.

—Ética de la autenticidad—
El filósofo canadiense Charles Taylor ha dicho que las juventudes contemporáneas no carecen de valores, sino que albergan un poderoso ideal moral: la autenticidad. Luchan por ser ellas mismas y no repetir moldes anteriores. No están obligadas a repetir nuestras tradiciones, aunque nos cueste aceptarlo. No hay allí ninguna desgracia. Hasta podría ser un sano ejercicio de rebeldía.

Por un lado, ser auténtico significa acercarse al sueño que uno aspira para sí; no al que otro soñó para él. Claro que incluye la posibilidad de ser más egoístas en vez de solidarios; pero también de ser autónomos en vez de manipulables. Por otro lado, aunque parezca contradecir lo dicho, nadie puede ser auténtico, si no es en comunidad o con la ayuda de otros. Debo reconocer —con tanta gratitud como actitud crítica— los sueños que otros pusieron en mi camino. Tengo la posibilidad de abandonar mi país si no me identifico, alejarme de mi familia si no me siento más vinculado, cambiar de carrera o trabajo, etc. Pero prácticamente no sería nadie si no fuera por la identidad que nación, familia y colegas, entre otros, han construido en mí y conmigo.

En suma, cada generación debería juzgarse desde los valores que proclama. Es más honesto que enjuiciar a otros. ¿Qué tan coherentes han sido los adultos de ayer respecto de sus propios ideales? ¿Cuánto lo son los actuales en relación con los suyos? Bien pueden las diferentes culturas y generaciones aconsejarse entre ellas, ayudarse a revisar y realizar sus valores. Pero la imposición de los mismos es contraproducente; cuando no, injusta. ¿Por qué alguien debe vivir como yo quiero que viva?