La maldad del mundo procede de “la perversidad del corazón humano, pues invierte el orden moral atendiendo a los motivos impulsores de un libre albedrío, y, aunque con ello puedan aún darse acciones buenas según la ley (legales), el modo de pensar es corrompido en su raíz (en lo que toca a la intención moral).
La maldad del mundo procede de “la perversidad del corazón humano, pues invierte el orden moral atendiendo a los motivos impulsores de un libre albedrío, y, aunque con ello puedan aún darse acciones buenas según la ley (legales), el modo de pensar es corrompido en su raíz (en lo que toca a la intención moral).
Pedro Cornejo

Como señala en su Invitación a la ética ( 1982 ), “el mal ha sido el gran desterrado de las diversas morales apoyadas en los avatares de la metafísica occidental, inalterablemente optimista hasta ”. Y no le falta razón. En efecto, es con el autor de El mundo como voluntad y representación que ese optimismo —que encuentra su máxima expresión en la célebre frase de Leibniz según la cual “vivimos en el mejor de los mundos posibles”— se quiebra definitivamente. Frente a la tradición filosófica anterior a él, que consideraba que lo verdaderamente real e inmutable es intrínsecamente bueno, y que únicamente lo perecedero y corruptible es malo (porque el bien no está presente en él), Arthur Schopenhauer plantea que el motor de lo existente es una voluntad ciega que lo desea todo, sin distingos de ninguna clase. Nada hay que se sustraiga al apetito de esta voluntad metafísica que, por ende, no es buena ni mala. Simplemente es.


II

Sin embargo, para , el mal existe como tal en el ser humano, y no como un defecto de su libre albedrío ni como una equivocada opción moral, sino en la esencia misma de una voluntad egoísta que también lo quiere todo, pero que, a la vez, se afirma como una presunta individualidad particular e ilusorio centro del mundo. De ahí que, para , el bien y el mal sean siempre relativos “a una tendencia determinada de la voluntad” y que llame “perverso” al hombre “que, no contenido por fuerza alguna exterior, no desperdicia ocasión de obrar injustamente” y “que no se limita a afirmar su voluntad de vivir tal como se manifiesta en su cuerpo, sino que llega a negarla en otros individuos, tratando de emplear las fuerzas de estos en el servicio de la voluntad y destruirlos cuando a ella se oponen”.


III

Está claro que un planteamiento como el de Schopenhauer se fue incubando desde los albores de la modernidad. Ya Thomas Hobbes había planteado, en su clásica obra titulada Leviatán ( 1651 ), la hipótesis de que el estado de naturaleza de la humanidad, lejos de ser un paraíso, habría sido un estado de “guerra de todos contra todos”, motivado por el egoísmo fundamental del hombre (“un lobo para el hombre”) en su afán de satisfacer a cualquier costo sus deseos individuales. Incluso un filósofo como Kant —que todavía afirma que “el mal es pura negación”— reconocía, en su libro La religión dentro de los límites de la mera razón ( 1793 ), que la maldad del mundo procede de “la perversidad del corazón humano, pues invierte el orden moral atendiendo a los motivos impulsores de un libre albedrío, y, aunque con ello puedan aún darse acciones buenas según la ley (legales), el modo de pensar es corrompido en su raíz (en lo que toca a la intención moral)”. Más allá de Kant, no obstante, puede decirse que lo bueno solo puede visibilizarse sobre el telón de fondo de lo malo (y viceversa). En este caso, bien y mal serían predisposiciones opuestas pero complementarias que son inherentes a la condición humana.


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