“El alma se ejercita continuamente observando cosas desconocidas y nuevas” (Ilustración: Giovanni Tazza)
“El alma se ejercita continuamente observando cosas desconocidas y nuevas” (Ilustración: Giovanni Tazza)
Pedro Cornejo

Sabido es que los prejuicios no solo condicionan nuestra comprensión sino que la encasillan dentro de los provincianos confines de la tradición que heredamos. Según afirma Michel de Montaigne ( 1533-1592 ) en sus célebres Ensayos, dichos prejuicios provienen, ante todo, de la costumbre que, una vez internalizada, se convierte en un poderoso grillete que nos vuelve incapaces de juzgar o de actuar de manera independiente y autónoma.

Así, prejuzgamos como imposible o inaceptable aquello que simplemente nos resulta insólito, y aceptamos como verdades consagradas las opiniones que nos han inculcado desde niños. Perdemos de vista, entonces, el carácter arbitrario y contingente que posee toda creencia basada en la “autoridad” de la tradición. Frente a esto, lo que busca el filósofo francés es liberar el juicio de las ataduras que lo constriñen a una determinada manera de ser, caracterizada por su intolerancia hacia los otros, es decir, hacia aquellos que tienen distintas formas de vida.

Montaigne no pretende intercambiar un dogma por otro, mucho menos postular una nueva y única verdad. Lejos de aferrarse a la empobrecedora y falsa seguridad de una doctrina, Montaigne ofrece la inabarcable diversidad del mundo con el propósito de ensanchar los límites de nuestra visión de la realidad hasta el punto en que podamos incorporar y hacer nuestras todas aquellas culturas que no se encuentran en nuestro ADN. Para lograr este objetivo claramente cosmopolita, los libros son una herramienta necesaria pero insuficiente, así como lo es recorrer por medio de la imaginación aquellas tierras que nos resultan ajenas o exóticas. Es preciso viajar y conocer in situ las otras culturas, sumergirse en su idiosincrasia colectiva y en sus prácticas cotidianas: en resumen, vivir como lo hacen los individuos que las conforman. Solo así “el alma se ejercita continuamente observando cosas desconocidas y nuevas”.

Como señala Montaigne, “no conozco mejor escuela para formar la vida que presentarle sin cesar la variedad de tantas vidas, fantasías y costumbres diferentes, y darle a probar la tan perpetua variedad de formas de nuestra naturaleza”. De ese modo, se podrá corroborar que nuestro modus vivendi no es ni el único ni el mejor, sino uno entre muchos otros. Llegados a ese punto, reconoceremos que nuestra acrítica identificación con determinados valores es más bien azarosa y profundamente restrictiva. Habrá que dejar de lado la soberbia y la ignorancia que subyacen a todo nacionalismo, y abrirse con humildad y generosidad a disímiles formas de convivencia, pues, como sentenció Montaigne, “nada hay de bárbaro ni de salvaje en ellas; lo que ocurre es que cada cual llama barbarie a lo que es ajeno a sus costumbres”.

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