Provocadores e independientes, los cínicos heredaron de Sócrates su ideal de buscar, ante todo, la virtud. (Ilustración: Víctor Aguilar)
Provocadores e independientes, los cínicos heredaron de Sócrates su ideal de buscar, ante todo, la virtud. (Ilustración: Víctor Aguilar)
Pedro Cornejo

En uno de sus ensayos, llamado “El sacerdote y el bufón”, incluido en su libro El hombre sin alternativa ( 1970 ), el pensador polaco Leszek Kołakowski distinguía dos actitudes filosóficas: por un lado, la postura sacerdotal que trata de explicar el mundo a partir de un fundamento unitario, monista y absoluto, que haría que la realidad se vuelva transparente e inteligible de una manera racional, sistemática y totalizadora; por otro lado, el talante bufonesco que socava los cimientos de las teorías que parecen más sólidas, cuestionando sus presuntas certezas, descubriendo en ellas inadvertidas contradicciones y despertando, una y otra vez, la duda y el asombro como disposiciones originarias del espíritu filosófico. Consciente de que ambas actitudes son indispensables para la continuidad y renovación del quehacer filosófico, Kołakowski admite, sin embargo, su inclinación “por la filosofía del bufón, es decir, por la actitud de lúcida desconfianza ante todo absoluto”.

Entre los más célebres bufones de la historia de la filosofía, se encuentran, sin duda, los cínicos, con Diógenes de Sínope (400-323 a. C.) como su figura más emblemática. Como señalan Carlos García Gual y María Jesús Ímaz en su libro La filosofía helenística (1986), los cínicos fueron filósofos callejeros, desarraigados, populares, que rechazaban los convencionalismos sociales y buscaban un nuevo ideal de vida basado en la libertad, la austeridad y la autosuficiencia. Su nombre ya lo decía todo: kynikós, en efecto, era un adjetivo que, en griego, significaba ‘perruno’, y que se utilizó para describir, en forma despectiva, a los miembros de esta “secta” filosófica que, como los perros, hacían en público lo que la gente “decente” hacía solo en privado. Desvergonzados, impúdicos y escandalosos, los cínicos proponían un retorno a la naturaleza más cruda, y despreciaban sin ambages los tabúes, artificios, lujos e instituciones de la vida civilizada. La propiedad privada, el matrimonio, la familia, la religión, la patria, las leyes, etc., eran, pues, objeto de escarnio para estos insolentes alborotadores.

Con su sonrisa desdeñosa y sardónica, su existencia nómade y mendicante, los cínicos predicaban la libertad radical del individuo —que no debe someterse a otras normas que las de la naturaleza— y se reconocían como “ciudadanos del mundo”, y gestaron así la noción de cosmopolitismo. No les preocupaba elaborar grandes doctrinas y destacaban más bien por la sencillez de sus postulados. Provocadores e independientes, los cínicos heredaron de Sócrates su ideal de buscar, ante todo, la virtud; de sospechar de todo aquello que tuviera perfume de verdad; y de utilizar la ironía como una herramienta filosófica para lanzar sus impertinencias, despreciando los valores de la sociedad de su tiempo.

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