(Ilustración: Víctor Aguilar)
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Pedro Cornejo

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¿Qué es el poder? En uno de sus primeros libros, Para la anarquía y otros enfrentamientos ( 1977 ), Fernando Savater respondía lo siguiente: “El poder es lo separado que revierte coactivamente sobre nosotros. El poder nos asalta desde fuera, coactivamente, pero a la vez niega que podamos tener otro dentro que no sea la conciencia solidificada del poder. Sigue estando fuera aun cuando sus órdenes parecen salirnos de dentro: nos secciona, nos divide, nos hace extraños y hostiles a nosotros mismos”.

¿Existe alguna manera de confrontar al poder sin caer en una nueva forma —necesariamente ajena, cosificadora y hostil— de poder? Bajo la notoria influencia de Nietzsche, el filósofo español acuñó la categoría de simpoder para esbozar una nueva dinámica de las relaciones humanas. A diferencia de la impotencia —que es “el poder visto desde cualquiera de las metas que su organización nos impone”—, el simpoder “renuncia al poder” y reivindica la fuerza como aquello que haría posible alcanzar libremente nuestros propios fines.

Cuando Savater habla de fuerza, la entiende como sinónimo de vigor, energía, brío, potencia, lozanía y, especialmente, vitalidad, y, por ende, como lo opuesto de debilidad, laxitud, inconsistencia. La fuerza pues, nada tiene que ver aquí con lo que el DLE define como fuerza bruta: fuerza material, en oposición a la que dan el derecho o la razón. Entendida de ese modo, la fuerza “nombra lo que el poder nos quita”. Esa fuerza surge de nuestro interior y potencia la diversidad de “intensidades y cualidades” que habitan en cada uno de nosotros y que aún no han sido exploradas suficientemente. Si el poder quiere “un dominio esencialmente coercitivo, basado en la instrumentación de lo dominado, en su conversión en cosa”, la fuerza, en cambio, vivifica lo dominado en lugar de convertirlo en algo inerte, sin vida. Por ejemplo, cuando un artista domina el objeto de su trabajo creador, lo enriquece y vivifica del mismo modo que lo hace con quienes aprecian su obra.

Según Savater, el término simpoder hace, pues, referencia a una actitud ética, es decir, a una forma de vida cuya finalidad no es otra que obrar bien y hacer feliz al que la pone en práctica. Y es que, originalmente, “obrar bien” y “ser feliz” (euprattein, en griego clásico) son dos expresiones para nombrar una misma cosa: la virtud o excelencia moral (areté). En tal sentido, el simpoder busca “crear condiciones negativas ideales para la libre proliferación de la fuerza” (tal y como esta ha sido definida en el párrafo anterior) en “todos los campos de juego posibles de la vida comunitaria”.

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