A más de medio siglo de La pandilla salvaje.
A más de medio siglo de La pandilla salvaje.
Ricardo Hinojosa Lizárraga

“No bebáis vino o bebidas alcohólicas a solas o en compañía de vuestros hijos. Si no queréis morir, no contempléis el vino cuando tiene color rojo y cuando manifiesta su color en la copa, adquiriendo movimiento propio, ya que os morderá como una serpiente que os clavará su colmillo”, dice un anónimo predicador del viejo Oeste mientras la pandilla de marras cruza el pueblo lentamente, y esa admonición no parece otra cosa que Peckinpah —director y coguionista del filme— hablándose a sí mismo: era bien sabido que la botella le gustaba tanto como la cámara.

La envejecida pandilla cruza el pueblo lista para un nuevo golpe, que se convertirá en una larga huida de los cazarrecompensas que la acechan en plena Revolución mexicana. En su ruta inicial, un grupo de niños tortura a unos escorpiones, dejando que una multitud de hormigas se los coma vivos. Qué más sádico preámbulo para lo que viene que saber que el mal ha acabado con toda inocencia.



“No tenía conciencia de hacer un wéstern, sino un comentario sobre nuestros tiempos. Algo que, desgraciadamente, se ha convertido en una realidad”. —Sam Peckinpah

Sam Peckinpah tenía 44 años y tres largometrajes previos, también wésterns, cuando dirigió la que muchos consideran su obra maestra. Sin embargo, su particular genio podía mostrarse en facetas no tan generosas: en menos de una década se había hecho fama de autodestructivo, reservado, iracundo, sagaz, paranoico e irremediable, constante y fervientemente capaz de sumergirse en una espiral de decadencia personal, tal como muchos de los protagonistas de sus filmes. Un outsider de Hollywood que, en menos de una hora, podía decir: “¡Acción!”, “¡Corten!”, y mandarse a la mierda con productores, actores o trabajadores de la producción. En sus proyectos, las balas parecían correr hacia ambos lados de la pantalla. Esta intensidad, además, hallaba regocijo en el ralentí que prolongaba la duración de la (de su) violencia.

Solo durante el primer gran tiroteo de La pandilla salvaje (1969), que dura cinco minutos, podemos ver 325 planos, en un espectacular ejercicio de montaje y foto fija que convierte a la cámara lenta en dinámica ceremoniosa de la muerte a casi un cuadro por segundo. Según el crítico español José María Sesé, en total, La pandilla salvaje tiene más de 2.700 planos, lo que significa, aproximadamente, un plano cada tres segundos. Como si actuara como director y corazón del filme, Peckinpah conocía el adecuado fluir de la sangre. Por eso, aunque solo fueron 81 días de rodaje, se pasó seis meses al lado de su editor. Por eso, también, se convirtió en influencia para Quentin Tarantino y, ahora, para Mel Gibson.

“Si se mueven, mátalos”, dice William Holden, el protagonista, antes de aquella épica secuencia. Pocos directores clarifican tan bien la profundidad de sus filmografías en solo 300 segundos. Aunque, evidentemente, los disparos hayan sido muchos más. En casi dos horas y media, su ritmo, el nervio de sus personajes, su atmósfera y ese modo crudo en que la cámara no solo observa, sino interpreta las emociones de sus actores, definieron, en gran parte, la manera en la que el cine confrontó la violencia en el futuro e influenció a numerosos directores, para bien y para mal.

¿Cómo piensa Mel Gibson superar algo así?


Peckinpah era un genio detrás de una cámara, en el mundo real podía ser iracundo, paranoico y violento.
Peckinpah era un genio detrás de una cámara, en el mundo real podía ser iracundo, paranoico y violento.

—Sangre de mi sangre—

“Nunca he entendido Hollywood. Solo he entendido cuánto deseo hacer cine y qué privilegio es hacer una película”, dijo alguna vez, confirmando su difícil aclimatación a una industria que tampoco lo entendió, ni quiso entenderlo nunca. Por eso, Bloody Sam los saboteó y con ello se saboteó a sí mismo, como si la propia historia de sus proyectos cinematográficos fuera un wéstern crepuscular de final incierto. “Sam Peckinpah es una figura mucho más poliédrica y compleja de lo que ha trascendido históricamente”, ha dicho el español Pedro González-Bermúdez, director de Peckinpah Suite, documental desde la mirada de su hija Lupita, recientemente estrenado por TCM. “Me dijeron que tenía un estilo y yo dije: ‘¿Sí?’. Me daba absolutamente igual. Eso no me preocupaba —confesó—. Yo no hago nada calculado. Todas mis entrañas, toda mi vida, todo lo que soy, están en esa pantalla”.

Peckinpah nació en Fresno, California, en 1925, y murió en diciembre de 1984. A fines de la Segunda Guerra Mundial, fue enviado al Pacífico Sur como parte del cuerpo de marines, pero nunca peleó una batalla. Volvió a casa, estudió teatro y para 1958 ya estaba dirigiendo algunos episodios en series de televisión. En 1961 hizo Deadly Companions, el primero de los 14 filmes que logró (o le dejaron) llevar a cabo, sea por la negativa de los estudios a contratarlo por su carácter conflictivo o porque decidían recortarle las películas después de que él acababa su propio montaje, inconformes con el resultado. Durante la filmación de Major Dundee (1965), por ejemplo, Charlton Heston tuvo que renunciar a su sueldo, para que el estudio no despidiera a Peckinpah por excederse en el presupuesto (y en la bebida, en su irascibilidad, en la marihuana, etcétera).

El carácter de Peckinpah debería ser una veta rica en emociones para Mel Gibson: él también ha vivido sus propias polémicas ante el público y los estudios. Eso, sin mencionar su debilidad por la espectacularidad hemorrágica y la cámara lenta. La nueva versión será escrita y dirigida por Gibson, y aunque aún no se ha confirmado si estará situada en el oeste o trasladará la historia a otra época, ya se mencionan los nombres de Michael Fassbender, Jamie Foxx y Peter Dinklage para el reparto.

Basta mencionar a estos buenos actores, para recordar algunos grandes nombres que trabajaron con Mad Sam: Steve McQueen, James Coburn, Bob Dylan, Kris Kristofferson, David Warner o Jason Robards, outsiders también a su manera, además del elenco original, compuesto por William Holden, Warren Oates, Ben Johnson, Robert Ryan, Ernest Borgnine, Emilio Fernández, L. Q. Jones, Strother Martin o Edmond O’Brien. Todos ellos, junto a Peckinpah, eran verdaderamente The wild bunch.

Porque si el oeste era salvaje, Peckinpah podía ser más salvaje aún.


Los Datos

  • 2.700: planos tiene La pandilla salvaje, casi un plano cada tres segundos.
  • Filmografía: Otros títulos destacados en la filmografía de Peckinpah son Ride the high country ( 1962 ), Straw dogs ( 1971 ), The getaway ( 1972 ), Pat Garrett & Billy the Kid ( 1973 ) o Cross of iron ( 1977 ).