Sería la gracia de Dios la que, en última instancia, salva al hombre más allá de la conducta que este haya seguido a lo largo de su vida.
Sería la gracia de Dios la que, en última instancia, salva al hombre más allá de la conducta que este haya seguido a lo largo de su vida.
Pedro Cornejo

En su libro titulado Dios no nos debe nada, el filósofo polaco Leszek Kolakowski estudia una de las cuestiones centrales de la antropología filosófica cristiana: “La paradójica dificultad de reconciliar dos dogmas: que Dios es omnipotente y es imposible imaginarse que su voluntad pueda ser desbaratada por los hombres, y que los hombres son responsables de su condena y salvación”. Una aporía que se funda en la distinción jerárquica establecida por Pablo de Tarso entre la libertad soberana de Dios y la libertad personal (o libre albedrío) de los seres humanos.

Agustín de Hipona, por su parte, también afirmaba que el hombre goza de libre albedrío, es decir, que tiene la capacidad de actuar en un sentido o en otro sin que haya nada en la naturaleza que se lo impida. En La gracia y del libre albedrío, señala: “Nadie, por consiguiente, haga a Dios responsable cuando peca, sino cúlpese a sí mismo. Ni tampoco, cuando bien obra, juzgue el obrar ajeno a su propia voluntad, porque si libremente obra, entonces existe la obra buena”.

II

No obstante, el mismo Agustín subraya que, si bien la libertad es una condición ontológica del hombre, no tiene carácter absoluto, pues está restringida por la soberanía y omnipotencia divinas. El hombre, en consecuencia, no puede hacer, sin límite alguno, lo que quiere. En tal sentido, su salvación no dependería, según el obispo de Hipona, de lo que hace o deja de hacer. Sería la gracia de Dios la que en última instancia salva al hombre independientemente de la conducta que este haya seguido a lo largo de su vida, de ahí la polémica de Agustín con el herético monje británico Pelagio, quien afirmaba que la posibilidad de la redención humana está en directa y exclusiva relación con los méritos morales que el hombre acumula a lo largo de su existencia. Pero, como sostiene Kolakowski: “Si es así, Dios ya no es soberano, sino que por deber está obligado a obedecer algunas reglas, le guste o no”. Frente a esta postura, Agustín reafirmaba la absoluta soberanía de Dios y sostenía que esta no es incompatible con la libertad humana. Basta que no haya coacción para que el acto humano sea libre en la medida en que no ha sido hecho contra su voluntad. En tal caso, el hombre es moralmente responsable, para bien y para mal.

III

Para salvarse, entonces, el hombre debe actuar bien, pero también y, sobre todo, debe reconocer que, para que tal salvación se produzca, es necesaria la gracia divina. Ahora bien, ¿de qué manera opera Dios en el corazón de los hombres para inclinar sus voluntades en un sentido u otro, sin que ello suponga coacción, es decir, la anulación de su libre albedrío? La respuesta de Agustín es de antología: “Acontece todo esto por una secreta providencia de Dios, cuyos juicios son insondables, e inescrutables sus caminos”. Ello conduce a la idea de predestinación, según la cual la suerte de los seres humanos estaría echada, es decir, decidida de antemano por una Providencia Divina que, ciertamente, nos da la libertad de actuar, pero dentro de un esquema ya trazado y que desconocemos por completo. ¿Paradoja resuelta?


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