"Fiesta" es el nuevo poemario de la escritora trujillana Denisse Vega Farfán (Foto de la autora por Lidia Farfán).
"Fiesta" es el nuevo poemario de la escritora trujillana Denisse Vega Farfán (Foto de la autora por Lidia Farfán).
Marco Gonzales Peralta

Denisse Vega Farfán (Trujillo, 1986) acaba de publicar Fiesta, su tercer libro. Ganó el “Premio Poesía Joven del Perú” el 2008, con el libro Una morada tras los reinos (Centro Cultural de España & Lustraeditores) y desde entonces ha publicado en otras lenguas. Además, poemas suyos han sido traducidos al inglés, francés, chino, italiano y alemán, apareciendo en diversas antologías y publicaciones especializadas.

Denisse considera que la poesía es un instrumento de interpelación, que lleva a lo íntimo, a los temas que no se quieren tocar. “Una de las cosas que ha saltado en esta pandemia es el aprender a convivir con nosotros mismos, no solemos tener un trabajo introspectivo. La poesía puede ser una formidable alternativa para auto-explorarse. Algunas personas pueden vivir más felices en el no pensar, pero es más difícil irse sin saber quién es uno”, dice convencida.

Uno de los versos del poemario dice: “Fiesta: el mundo ha explotado, / el confeti de sus vísceras te salpica en el rostro.” ¿A qué fiesta nos invitas, Denisse?

Empiezo explicándote cómo surgió la idea de Fiesta. Soy trujillana y vivo en Nuevo Chimbote desde 1995; tuve que cambiar de espacio, y fue aquí que encontré un grupo de amigos jóvenes, muy plural; había músicos, actores, activistas, también escritores, y nos reuníamos en torno a un amigo que es DJ (quien ha desarrollado la parte visual del libro) y organizaba unas fiestas culturales con un concepto transgresor. Con este grupo de amigos teníamos en común estas inquietudes insulares y esa fragilidad ante un estado de cosas que nos posterga como tales; además padecíamos este tiempo tan duro, incluso pre-pandemia, con todas sus crisis sociales, políticas y ecológicas. Por eso el libro tiene dos líneas: una fiesta como celebración de la vida, la camaradería y la naturaleza; pero también otra fiesta que celebra lo sórdido, lo corrupto, lo nocivo y lo perverso. En los versos que tú citas, la fiesta aparece como algo oscuro.

En una fiesta hay baile. El baile normalmente es un moverse sin ir a alguna parte, pero el baile que se propone en el poemario es un desplazamiento existencial. Escribes en el poema Cualquier noche: “Baila / antes que seamos solo cascajo, / una cifra, / una estadística en rojo.” ¿Es nuestro periplo vital un baile de redención?

En las fiestas culturales que te comento, la gente incluso bailaba sola, con espontaneidad y libertad. A mí me gusta bailar mucho, es algo liberador, algo que va más allá de lo físico; eso podría ser como una redención, como un salvamento de cualquier tipo de opresión. Cuando estás en el baile te liberas interiormente; es un festejo del aquí y el ahora, una vitalidad, una especie de fe. Los versos que aludes tienen que ver con la violencia que tiñe la historia. Vivimos en una incertidumbre constante, pero hay que celebrar lo que se es, a pesar de todo.

En toda fiesta hay música, pero en tu libro se mencionan explícitamente unas pocas canciones. Parece como si la armonía musical no se correspondiese con una realidad fracturada ¿cuál crees que es la banda sonora del siglo XXI?

Me gusta pensar en una banda sonora colectiva. A pesar de que tenemos muchas taras, en nuestro país hemos podido vivir lo que significa la solidaridad cuando se trata de enfrentar algo amenazante y perjudicial para todos. Eso no significa que tenga una visión completamente optimista, pero cuando todo parece hacerse una metástasis surgen también los lotos; como este grupo de amigos que encontré y fueron para mí una inspiración para escribir el libro. Soy una escritora observadora pero que suele sedimentar mucho, por ejemplo, la historia de mi migración a Chimbote era algo pendiente en mi poesía, y recién a raíz de este grupo que se armó y la pandemia, se abrió más mi historia personal y cambió el ritmo del libro, se hizo más meditativo, pero sin perder la idea de ese jolgorio dual que te comenté.

¿El grupo en el que se basó tu observación continúa a pesar de la pandemia?

Sí. Con mis amigos músicos incluso tenemos un proyecto para musicalizar algunos poemas de Fiesta, mi amigo DJ se animó a explorar lo audiovisual y el día de la presentación vamos a lanzar un video-poema de uno de los textos. Yo creo que todo se mantiene intacto, por ejemplo, el año pasado nos reencontramos en las marchas contra el golpe de estado, esa fue también una celebración. En el libro hay un poema que se llama Marcha, ese poema estuvo inspirado en una marcha LGTB. Yo sentí que fue una festividad de lo diverso, de lo plural. En ese poema yo hablo de que a pesar de la hostilidad existe esa corriente humana que hace arte y puede generar cambios.

En el poema Nacimiento se versa sobre la concepción y la transición del ser humano al mundo externo: “Luces adentro abrazo la incertidumbre de no saber qué soy: / ¿un meteorito, una tumoración?”. ¿Sabemos en algún momento qué somos o estamos sentenciados a vivir en permanente desconcierto?

En muchos momentos me pregunto ¿Quién es realmente Denisse? No sé si sea más divertido encajar en la pluralidad que plateaba Fernando Pessoa. El poema que citas es autobiográfico, mi madre me contó que no quería nacer, le hicieron cesare y me encontraron dormida; esa resistencia a salir al mundo está en el poema, porque la vida es un goce, pero también un sufrimiento.

¿Crees que depende únicamente de la voluntad el tener más momentos de goce que de sufrimiento, o tienen que ver el azar y la Providencia?

La visión de vida que uno tenga va a influir mucho en cómo tomemos el devenir, pero siempre hay circunstancias externas que pueden perturbar ello. Yo no creo en que la felicidad solo depende de uno mismo y uno es feliz porque sí, porque lo decide.

Recorre el libro un imaginario personal de Chimbote. Está la fiesta de San Pedro, las islas cercanas a la costa, la contaminación de las aguas, pero también la amistad y el descubrimiento permanente. ¿Qué es Chimbote para ti?

Cuando vine a Chimbote yo viví un cambio cultural y por muchos años no me sentí en casa. Soy muy onírica y soñaba con mi casa en Trujillo, me faltaba un arraigo, y ese arraigo lo encontré en los amigos y en el redescubrir la ciudad más allá de sus prejuicios (muchas veces he escuchado que Chimbote es pequeña, huele mal y está contaminada); ver la cantidad de fauna que tenemos, la labor de los pescadores, para mí fue como una limpieza. Ya no me siento extraña.

En tu libro el mar parece ser es el útero del mundo, pero a la par un lugar tan incierto como el continente. Hay un verso en el poema Isla Blanca que dice: “Lo que retorne el mar no será la misma criatura. / Como en la vida, me adentro sin saber nadar”. ¿Está el ser humano poco capacitado para las aguas de la existencia? ¿A qué destreza nos podemos aferrar: la fe, la imaginación, la experiencia?

Creo que la mejor manera de resistir son las pasiones. En mi caso, desde que recuerdo siempre he estado escribiendo algo y me he aferrado a la escritura en la situación más gozosa y en la más angustiada. Pero cada uno tiene una manera de sobrellevar las cosas, con su particular don, oficio o virtud. En el poema que mencionas hago un paralelo entre el mar, con su vastedad, y la vida, que también es así, pero de todas maneras tienes que atreverte a ingresar a ella. Tienes que arrojarte a vivir, no puedes esperar no hacerte daño con nada o no confrontar las crisis. Yo siento que escribo para confrontar la realidad, no para evadirla, sino para encararla de una manera menos asfixiante, como si se purificara el aire y ganase una verdad que no me la puedo otorgar con el razonamiento del día a día.

Cómo contrastas eso con el verso: “Poetas encorvados por exceso de gravedad, / aunque se especule que tentamos siempre las alturas.” ¿Cuál es tu visión del oficio de poeta?

Esos versos tienen una doble lectura. Busco desmitificar la figura del poeta como alguien que siempre está en armonía, cuando es como cualquier otra persona, pero tiene una manera diferente de ver. La figura de poeta que me gusta es la de alguien anclado en lo que sucede. El poeta es una especie de heliogábalo que se alimenta de todo, no solo se nutre de cosas selectas. Un poeta que me gusta es Mark Strand, siempre reviso sus entrevistas; él se sentía más cómodo no como un poeta que hace tal cosa sino como una persona que escribe poesía. Partir de allí, de lo humano.

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