Cientos de personas marchan por las calles de Lima
Cientos de personas marchan por las calles de Lima
Victor Krebs

Filósofo

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Pareciera que no hay palabras que nos ayuden a remontar estas oscuridades en las que parecemos estar inmersos todos. Los argumentos ya de nada sirven, sino para alimentar las incontables y desquiciadas teorías conspirativas que engullimos de las redes a diario. Estamos infectados todos, no solo por el coronavirus que continua matando a miles de peruanos y peruanas, sino también por un virus psíquico que amenaza con aniquilar a la democracia y entregar a nuestro país a la peor de las locuras.

Por más débil y defectuoso, incluso enfermo, que esté nuestro sistema democrático, es mejor que nada. De perderlo, nos encontraríamos completamente indefensos frente al poder absoluto de alguno, tan desconocido por nosotros ahora como lo son nuestros futuros con cualquiera de lxs dos candidatxs de esa segunda vuelta.

Eso lo sabemos el 80% de nosotros que no quiso votar por ninguno de ellos en la primera vuelta, aun cuando en medio del trance nos cueste recordarlo. Nos estamos matando por candidatos que dicen defender nuestros intereses en lugar de juntos enfrentar a cualquiera de los dos defendiendo la democracia y el debido proceso para que nos proteja a todos de cualquier abuso que venga.

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Si una nave extraterrestre se posara en nuestro país y nos observara, pensarían que hemos perdido todos la razón o que somos criaturas de la muerte, animados por un impulso tanático inmisericorde. Imaginémonos ser ellos e intentemos, por un momento, tomar una pequeña distancia, como si estuviésemos considerando la trama de una serie de televisión cualquiera; veamos si así logramos reconocer lo que estamos haciendo, para despertarnos de este trance antes de desembocar en el abismo que está ya tan cercano y expectante.u

Nuestra tragedia es dramáticamente evocada por Las Ménades de Eurípides, sobre todo en aquella escena, en la que el rey Cadmus le hace ver a su hija, Ágave, que la cabeza que sostenía entre sus manos ensangrentadas era la de su propio hijo, a quien -ciega en su delirio- ella misma había desmembrado y decapitado. Esta escena de su amargo despertar seguido de un desgarrador e inimaginable sufrimiento es una de las más conmovedoras imágenes de la tragedia griega. Los mitos nos advierten desde más allá del tiempo.

Por más débil y defectuoso, incluso enfermo, que esté nuestro sistema democrático, es mejor que nada. (Foto: El Comercio)
Por más débil y defectuoso, incluso enfermo, que esté nuestro sistema democrático, es mejor que nada. (Foto: El Comercio)

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El miedo es siempre nuestro peor enemigo y este se alimenta de la imaginación que, desconectada de la realidad, no produce sino monstruos y pesadillas. Las imágenes que nos asaltan son todas de la dominación nuestra por parte del otro. Somos siempre las víctimas en esos escenarios. Los campos de concentración del tercer Reich; el Apartheid Sudafricano; la miseria de Venezuela bajo un perverso régimen; la opresión de las libertades individuales en Cuba o el control tiránico de China.

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Nuestras pesadillas son creaciones propias, en la que hacemos realidad nuestras más oscuras pasiones. Ellas no son otra cosa que los miedos, las culpas, los traumas que guardamos resistiéndonos a reconocerlos o a metabolizarlos. Empozados en el alma, van creciendo como monstruos, hasta que ya no podemos contenerlos e irrumpen destructivamente en nuestras vidas, embargándonos de pánico, ira y violencia.

Pan era, efectivamente, el dios del pánico y de la pesadilla. Pero fue también él mismo, quien salvó a Psique, al alma, cuando esta se hallaba ya al borde del suicidio.

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Los dos candidatos por quienes nos estamos peleando son ambos autoritarios. Cada uno amenaza a la otra mitad del país. Ambos acusan al otro de lo que no ven en sí mismos. Pero nosotros —que no votamos por ellos en primera vuelta porque sabíamos de sus vicios y peligros— deberíamos ser más astutos y, en vez de pelearnos por defender sus intereses, deberíamos estar defendiendo nuestro bienestar todos juntos.

Pero es como si hubiésemos perdido, o quizás nunca hubiésemos tenido, la capacidad de imaginarnos unidos, dialogando, resolviendo nuestras diferencias, reconociendo nuestras faltas juntos, luchando contra el mismo enemigo. Nuestros pleitos, nuestras palabras, nuestros actos cargan con un odio de muerte. Tal vez sea eso lo único que nos puede ya distraer de los demonios dentro nuestro, impidiéndonos reconocer a los verdaderos enemigos que deberíamos enfrentar.

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¿Estaremos condenados como especie a repetir —como las águilas devorando diariamente el hígado eternamente regenerado del titán— todos nuestros sufrimientos infligiéndonos también a los demás? ¿No vemos, acaso, que nos estamos abalanzando hacia el mismo despeñadero al que han caído ya antes generaciones anteriores? Es que no hemos aprendido nada del pasado?

Ernst Jünger decía con lucidez en los años noventa, haciendo eco del poeta Hölderlin, que en el siglo XXI entrábamos ya a la época de los titanes. Incapaces de reconocer nuestros excesos, insensibles al penar del otro y carentes de compasión y sentimiento, podríamos seguirnos devorando hasta devorarnos a nosotros mismos

La pregunta es ¿por qué?

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“La realidad” , escribe el psicoanalista Massimo Recalcati, hablando de los efectos de la pandemia, “se ha vuelto más grave que el delirio”. Pues ese delirio se ha vuelto nuestra realidad. Y en lo que podríamos ver como una nueva capa del delirio, ya muy nacional, estamos cumpliendo nuestro bicentenario, literalmente, en el infierno.

Tal vez viéndonos así, tomando conciencia del patético espectáculo que estamos escenificando como país, dándonos cuenta de nuestra inconsciente impulsividad y desproporcionada violencia de la que estamos poseídos, despertemos como Agave lo hizo gracias al rey de Tebas.

Sea como sea, necesitamos despertar de este trance en el que nos encontramos descontrolada y ciegamente aventándonos todos a un abismo, por la ciega irracionalidad de pasiones que no podemos ver y que empiezan a convertirse ya en almas penándonos. Defendamos a la democracia sin identificarla con ninguna posición, pues ella, como la justicia debe ser ciega ante las diferencias.

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